
Tony Allen, el afrobeat y un milagro en Niceto Club
A Carl Lewis, un exitoso atleta de los años 80, le decían "el hijo del viento". A pesar de sus 70 años, nos tienta decirle a Tony Allen, la leyenda de la batería que el martes pasado tocó por primera vez en Buenos Aires, "el hijo del ritmo". Pero él no es hijo de nadie: no lleva ni marca ni sostiene. Tony Allen es el ritmo. El propio Fela Kuti dijo que sin el aporte del baterista nunca hubiera existido el afrobeat.
Allen presentó un tributo groovero a su héroe, el jazzero Art Blakey, emblema del hard bop, ese género que combinaba la destreza malabarística del bebop con el aura espiritual del gospel. Lo que podría entenderse como un pequeño milagro (un boliche de rock colmado para escuchar standards de jazz en un marco de groove celestial), no es más que la consecuencia de un fenómeno que, impulsado por el Festival Latinoamericano de Afrobeat (FELA), instaló al género en el centro de la escena porteña. El concierto de Allen, que también tocó esta semana en el festival Ecuador Jazz, inaugura el ciclo Black que Niceto Club dedica a las músicas de raíces afro (sigue el 2 y 3 de mayo, con los canadienses de BadBadNotGood).
A fines de los años seenta, el periodista uruguayo Enrique Cuadrado Gambardella instauró el término afrobeat para referirse al grupo El Kinto, de Rubén Rada y Eduardo Mateo. En la versión de Allen de "A Night in Tunisia" (Dizzy Gillespie), el notable saxofonista Irving Acao se hace a un lado, y el tecladista Jean Philippe Dary solea en formato trío. Hay un aire a Opa, el grupo que, en los setenta, llevó el candombe a una dimensión sideral. En ese momento, una visión, un deseo, una epifanía: escuchar a Hugo Fattoruso al frente de una orquesta de afrobeat. Sería grandioso.







