Turandot: con la magia de Puccini y el talento de Verónica Cangemi

Turandot
Turandot Crédito: Arnaldo Colombaroli/Teatro Colón
Pablo Kohan
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26 de junio de 2019  • 13:57

Turandot, ópera de Giacomo Puccini, con María Guleghina (Turandot), Kristian Benedikt (Calaf), Verónica Cangemi (Liù), James Morris (Timur), Raúl Giménez (el emperador) y elenco. Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Régie: Roberto Oswald (repositor: Matías Cambiasso). Dirección: Christian Badea. Función del Gran Abono. Teatro Colón. Nuestra opinión: muy bueno

Turandot es la última ópera de Puccini y en la que pone en práctica un lenguaje avanzado, una orquestación sorprendente y, sorprendentemente, unos planteos musicales y teatrales muy propios de la antigua grand opéra francesa. Al mismo tiempo, es la que más alejada está de ese verismo que supo cultivar y del cual se erigió en su figura más destacada. En contra de las propuestas claves del verismo -historias en tiempo actual, personajes reales y cotidianos, dramas de amores palpables si no francamente pasionales-, Turandot transcurre en una China legendaria y antigua, completamente estereotipada, con personajes absolutamente irreales y cuyas conductas reflejan tanto el romanticismo más acendrado, como conflictos psicológicos con los cuales Freud hubiera tenido material para algún tratado o algún congreso.

Pero este libreto tan incongruente está vestido, maravillosamente, con las magias que sólo Puccini sabía implementar y con mano maestra. La música, la combinación de texto y música, los avances dramáticos y los escasos momentos de canto solista son admirables y ponen todas las ridiculeces argumentales de Turandot en un segundo plano. En esta representación del Colón, hubo coherencia teatral, una buena dirección orquestal, muchas voces correctas y una brillante.

Turandot
Turandot Crédito: Máximo Parpagnoli/Teatro Colón

Matías Cambiasso tuvo a su cargo la reposición de una antigua régie de Roberto Oswald que, según era su tendencia habitual, apuntaba a la espectacularidad, a escenografías descomunales, a vestuarios pomposos y a escenas con abundante profusión humana cubriendo cada centímetro del escenario. Como siempre, sus puestas operísticas estaban bien realizadas y derrochaban consistencia. A la vez, esa concepción teatral tendiente a lo estático y lo aparatoso, implicaba previsibilidades inevitables y una rutina de movimientos actorales mínimos y reiterados, en realidad, librados a las posibilidades propias de cada cantante. En esta puesta, en el fondo del escenario, hay un gong gigantesco cercado por un dragón bicéfalo terrorífico y, a un costado, dos esculturas monumentales que enmarcan casi una decena de plataformas escalonadas, una de ellas inclinada, por las cuales todos desfilan lentamente luciendo atuendos lujosos. La Versailles de Luis XIV, con su pompa y su magnificencia, fue transportada a la China milenaria. Los soldados, los sirvientes, el pueblo de Pekín, las doncellas y las damas de compañía, derrochando tules, gasas, sedas y oros, ingresaban o marchaban en desfiles ceremoniales siempre iguales hasta estacionarse en todos los rincones. Además, los varones, en sus manos, portaban pendones o estandartes colosales. El atosigamiento y la reiteración visual sólo desapareció en las escasas escenas de monólogos o de diálogos en las cuales no se pudo apreciar alguna dirección actoral que evitara movimientos corporales estereotipados, caminatas de ida y vuelta a pura gesticulación o, por el contrario, algún apoltronamiento o inmovilidad para desplegar el canto.

La dirección orquestal fue irreprochable, como así también las actuaciones de la orquesta y el coro. Y dentro del elenco, sobresalió, largamente, el talento de Verónica Cangemi que se valió de su cuerpo y de su voz para hacer una Liù impecable. Lírica, afinadísima, con diferentes tonos y registros, construyó una esclava/princesa deliciosa y memorable. María Guleghina apeló a un vibrato punzante y a cierta estridencia para dotar de frialdad y malignidad a esa reina frígida y detestable. Con todo, en el tercer acto, denotó otras capacidades vocales y una mayor ductilidad cuando se vio derrotada y asumió que otras venturas podían derrotar su obstinación. Kristian Benedikt hizo su Calaf apoyándose en una voz tan enérgica y altisonante como monocorde. Si bien su personaje es un superhéroe victorioso, debería haber mostrado otras posibilidades cuando el libreto lo muestra apesadumbrado o temeroso. Por último, el gran James Morris, un bajo barítono que transita sus últimas etapas, volvió a mostrar todo su talento y esa voz, hoy un tanto menguada, que la llevó victoriosa por todo el planeta. Una pena que al gran Raúl Giménez, cuya voz no es la de sus tiempos gloriosos, tuviera que cantar desde un lejanísimo y lateral sitio en el cual Oswald ubicó al emperador.

Los amantes de la grandilocuencia y la espectacularidad, ciertamente muy bien conducida, tienen en esta Turandot una cita obligatoria. Quienes ven a la ópera como un espectáculo musical de búsquedas multidimensionales, podrán sentirse complacidos sabiendo que la música de Puccini es extraordinaria y que puede ser disfrutada aun cuando lo que se espera que suceda en el escenario sea más variado y más interesante. Y además, porque está Verónica Cangemi, una cantante talentosa y superior.

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