Un pianista milagroso

El austríaco Ingolf Wunder abrió el Festival Chopiniana
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1 de septiembre de 2008  

Recital del pianista Ingolf Wunder. Programa: Sonata Nº 14, Claro de luna, en Do sostenido menor, Op. 27, Nº 2 de Ludwig van Beethoven (1770-1827); Mazurkas Op 7, Op. 30 y Op. 33, preludio de La gota de agua y Andante Spianato y Grande Polonaise de Frédéric Chopin (1810-1849); Preludios Op. 32 Nº 5 y 6 y 23 de Sergei Rachmaninov; Sposalizio, Soneto de Petrarca 104, Funérailles y Rapsodia Húngara II. Organizado por Fundación Chopiniana. Teatro Santa María.

Nuestra opinión: excelente

No bien el pianista austríaco Ingolf Wunder posó sus manos sobre el teclado y surgió el adagio sostenuto inicial, se sintió una sensación extraña. El sonido delicado y el fluir lento de la conocida melodía de la sonata Claro de luna, de Beethoven, tantas veces incomprendida, ahora nos pareció una confesión angustiosa, y cuando en esta presentación en Buenos Aires el artista dejó escuchar el allegretto , se percibió un momento delicado, de gracia vacilante y tímida. Ya impulsado el presto agitato , toda la sonata que se ofrece en un continuo sin pausa nos dio las imagen de un impulso de libertad, acaso una manera del autor de desear huir del dolor y la tristeza que lo agobiaba en 1802.

Al mismo tiempo que surgían esas imágenes, se escuchaba una ejecución de prístina claridad, impecable en la articulación, emotiva por la belleza del sonido, sorprendente por la enorme riqueza de matices que el joven lograba de manera natural, como si fuera un pintor combinando colores en su paleta, que busca aumentar y disminuir intensidades de luces y sombras. De inmediato, después del primer aplauso, comenzó una experiencia conmovedora.

Es que las Mazurkas , el famoso preludio bautizado como La gota de agua y el complejo Andante Spianato y Gran Polonesa, de Chopin, se escucharon en un plano de virtuosismo excepcional que no fue infalibilidad mecánica, sino estilo preciso, refinamiento y elegancia, belleza cautivante de sonidos con tersuras diferentes, amplio rango dinámico, un touch mágico, en fin, una catarata de virtudes que hacen presagiar a uno de los más relevantes pianistas de nuestro tiempo.

Pero aún más notable resultó Wunder (pocas veces un apellido en idioma alemán que significa ´milagro ha podido calificar con tanta precisión a un artista) en las entregas de los preludios de Rachmaninov y en las páginas de Liszt elegidas, todas ellas resueltas con apabullante riqueza de intensidades y dominio de la articulación, tanto como nunca antes se había podido oír. Así se refirmó que la nobleza del mecanismo del piano como instrumento es una realidad de infinita bondad y perennidad.

Cuando el ramillete de asistentes asombrados manifestaba su beneplácito, Ingolf Wunder agregó páginas fuera de programa, a cual más brillante, pocas veces -creemos que nunca, pero no se puede afirmar-, oídas en un realmente milagroso (wunderbar) concierto de la temporada musical de Buenos Aires.

Frente al aplauso del público, el virtuoso sumó notables versiones de una página en arreglo del pianista Volodos sobre la Marcha turca, de Mozart, Etincelles, del polaco Moritz Moszkovski, y una polca de Sergei Rachmaninov, y todo quedó dicho de modo rondo.

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