
Un puñado de canciones escondidas en las bateas

Podría haber tantas canciones como cantantes. Porque en la manera de crearlas e interpretarlas se descubren mecanismos inagotables. Luego, la realidad, que suele desvanecer cualquier utopía, nos muestra que la industria de la música tiende a estandarizar modelos y las modas conspiran contra la originalidad. Sin embargo, cuando hay algo para decir y la inspiración se impone, la canción sigue dominando el mundo de la música, como sucedía hace siglos. Incluso, sucede con la canción más pequeña.
Estos son apenas tres ejemplos de canciones muy diferentes, de música popular argentina, publicadas recientemente.
Un viejo trovador (lo de viejo es cariñoso) recupera toda una escena musical en un disco que llamó Ronda. Es Julio Lacarra, que a los 70 años echó un vistazo a la producción propia (aquí grabó "Candombe herido", "Sangre surera", "A quién doy" y "El río está llamando"). También tomó de su generación y de otras, por eso están las firmas de Hamlet Lima Quintana, Delfor Sombra, Adrián Goizueta, el brasileño gaúcho Luiz Carlos Borges, Daniel Toro y Ariel Petrocelli, Orlando Miño y Rafael Amor, entre otros. Y transforma, más allá de disparidades en algunas versiones, todo eso en una manera de escribir y de cantar, en un discurso con bases que trascienden épocas, como aquel tema del Coplanacu Roberto Cantos que dice: "Canción de fuego que no se apaga nunca / Hay cosas irrompibles todavía, como la luna".
Pablo Fauaz grabó muy bellas canciones en Arreando lunas, su segunda producción discográfica. Un disco bien acústico que hace juego con su voz pequeña y, al mismo tiempo, cálida. Lo suyo va por el lado de la veta folklórica. Escribió chacareras truncas y dobles, chamarritas, zambas, tonadas y aires de huayno y de milonga. "Yo canto porque vivo en la pregunta y pienso que la fiesta es de papel", impone como sentencia, apenas comienza el álbum. Y más allá de que hay varios lugares comunes de vindicaciones del canto, no hay exageraciones poéticas; todo lo contrario: la sencillez y el buen gusto (muy preciso y justo es Fauaz con su labor guitarrística) se imponen claramente en las canciones de Arreando lunas. Y también en instrumentales como el que le da título al CD.
El pianista Andrés Marino y la cantante Lucía Boffo comenzaron con un proyecto de dúo hace tres años. Fueron ambiciosos porque la idea no sólo fue hacer canciones de la manera más convencional. Se propusieron experimentar. Lo que no se sabe al sólo escuchar el CD es si los nueve títulos que lo integran son algo así como las conclusiones o, más bien, una parte de ese proceso que valía la pena compartir con el oyente que accede al disco.
Casi como una fórmula homeopática, en Diente de León hay muchas síntesis. Eso que puede ser entendido como pinceladas del jazz (el scat del último tema es un claro ejemplo de esta experiencia), de los procedimientos de la música académica, del recurso poético spinetteano, de la construcción armónica y de la estética de las canciones de Carlos "Negro" Aguirre o de la Orquesta Sudamericana.
Andrés y Lucía pudieron ser más concretos con las letras; menos etéreos (algunas de sus canciones dicen, pero en definitiva, no están diciendo demasiado). Sin embargo, Diente de León no es un disco de una sola escucha. En varios paseos por los nueve tracks se descubre algo nuevo y siempre interesante.






