
Un siglo y medio de tradición rusa
Un 15 de febrero como hoy, pero de 1857, moría uno de los artífices del nacionalismo musical ruso. Mikhail Glinka nunca tuvo suerte con su salud. Tampoco con su vida conyugal. Pero en cambio el destino le regaló la inmortalidad -por algo lo recordamos a ciento cincuenta años de su muerte- gracias a su situación histórica, como fenómeno cultural musical de una época en evolución, como pieza maestra de ruptura espiritual y artística respecto del pasado. Algo así como el hombre justo en el momento preciso. Como el "accidente feliz", por recordar la expresión darwiniana.
Pensemos que el nacionalismo cultural es una realidad en el siglo XIX, producto del ideario romántico. Un sano sentimiento patriótico, la revalorización de las mejores tradiciones de los pueblos, la liquidación del internacionalismo propuesto por la estética racionalista y el ansia de encontrar una forma de expresión literaria y artística que los identificase ante el resto del mundo dieron como resultado ese maravilloso movimiento que abarcó tanto las altas culturas como aquéllas en vías de desarrollo.
Ese ideal tuvo en algunos países su propio cuerpo doctrinario y convencidos cultores, cuya convicción se mantenía a veces dentro de límites mesurados; pero en otros casos podía llegar a una xenofobia negativa e inferiorizante.
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Pese a sus estudios musicales en San Petersburgo y a sus contactos con los mejores músicos que se encontraban en Rusia, Mikhail no parece haber superado el nivel de un talentoso autodidacta que viajó por Europa, se puso en contacto en Italia con Donizetti, Bellini, el empresario Ricordi y con grandes cantantes, y se detuvo en Berlín para algunos breves estudios.
Pero el aire de los nuevos tiempos, ese romanticismo que marcaba a fuego desde las primeras décadas del siglo, ese culto por todo aquello que de puro y espontáneo tiene el canto popular, y al cual Herder había dado sustento filosófico, marcó su destino. Glinka retornó a su país nada menos que para componer una ópera nacional rusa. Y lo hizo con La vida por el zar .
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La manera como Glinka compuso su obra inmortal es insólita: compuso primero la música, sirviéndose de un esquema narrativo prefijado, pero sin basarse en un texto. Y sólo cuando dio por terminada la obra, confió a los libretistas la tarea de adaptar las palabras a sus melodías. Método arriesgado sin duda. Pero La vida por el zar , llamada Iván Susanin durante las décadas comunistas, abrió el camino.
Dargomijsky, que hizo exactamente lo contrario, "calcó" sus melodías sobre la natural acentuación del idioma ruso, y un genio como Mussorgsky recibieron su herencia como un legado ideal, sintiendo que la música de Glinka significaba una ruptura espiritual y artística respecto del pasado, atado a los moldes de la tradición italiana. Glinka fue algo así como el disparador de un movimiento llamado a dar definitiva fisonomía a la música artística rusa y a sustentar una doctrina básicamente fundada en la exigencia de apartarse de la servidumbre cultural, dejando volar las potencialidades ínsitas en el canto, las danzas y las tradiciones de su pueblo.
Con él, la música rusa toma conciencia de sí misma, de su predestinación y de la materia prima inestimable que le ofrece su excepcional patrimonio folklórico. En ese desierto, apenas poblado de un pequeño número de individualidades, le tocó a él abrir el camino.





