Vibrante versión de la Novena

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15 de agosto de 2001  

Concierto sinfónico-vocal de la Orquesta Filarmónica de Israel. Director: Zubin Metha. Coro Polifónico Nacional preparado por Mario Marchese. Solistas: Paula Almerares (soprano), Cecilia Díaz (mezzosoprano), Darío Volonté (tenor) y Luis Gaeta (barítono). Programa: Sinfonía N° 1, Op. 21, en Do mayor y Sinfonía N° 9, Op. 125 "Coral", de Ludwig van Beethoven. Organizado con fines benéficos por "Unidos y Solidarios"; lucha contra la pobreza (OSFA-Wizo Argentina; Hogar Israelita Argentino para Ancianos; Fundación Tzedaká; Comunidad NCI/ Emanu-El y Asociación Amigos de la Orquesta Filarmónica de Israel (Argentina). Teatro Colón.

Nuestra opinión: excelente.

Así como el segundo concierto de la Orquesta Filarmónica de Israel, en el Colón, dirigido por Zubin Metha, había recibido una carga adicional emotiva por la circunstancia trágica que se vive en Jerusalén, provocando en el público un estremecimiento espiritual al escuchar la quinta sinfonía de Mahler, también el programa dedicado a Beethoven, con la significación de su Novena, provocó una atmósfera de hipersensibilidad.

El hermoso canto del último movimiento con el texto de la "Oda a la alegría", de Schiller, de múltiples significados (mensaje de hermandad entre los hombres, exaltación de los valores permanentes e inmutables de una humanidad que bien puede elevarse por encima del dolor) también predispuso a la concurrencia para una audición meditativa y recoleta.

Es cierto que frente a las horrendas y alienantes realidades de la historia pasada y las muchas que se viven hoy, ese mensaje beethoveniano parece haber caído indiferente para los hombres, razón por la cual cada vez que se lo escucha adquiere sólo el impulso de una luz de esperanza, una manifestación de deseo, un grito de atención o quizá, simplemente, el de un manifiesto sobre la fuerza incontenible de la belleza del arte, que para Beethoven tenía una valía fundamental sobre los hechos de la política y la vida en sociedad.

En la primera parte Zubin Metha ofreció la Sinfonía N° 1, terminada en 1800, cuando el genio de Bonn, todavía se encontraba imbuido del espíritu y el estilo de Haydn, pero ya con los anuncios de ideas novedosas de un creador inquieto, como por ejemplo, en el largo acorde inicial o en el minueto con un clima más cercano a los scherzi posteriores.

La versión fue profundamente respetuosa, robusta en la sonoridad y al mismo tiempo refinada en la expresión. Una vez más, tal como ha ocurrido en sus anteriores visitas y como se trasunta en sus versiones discográficas, el director indio expuso su carismática personalidad, su profundo conocimiento académico, su formidable ascendiente sobre la orquesta y su apabullante firmeza estética que no se aparte de conceptos interpretativos sin sobresaltos ni originalidades audaces.

Alguna vez se dijo que la Orquesta Filarmónica de Israel era como un guante para la mano de Metha, al punto que con ella podía obtener matices y transparencias afines con su sensibilidad, muy difíciles de lograr con otras agrupaciones. Y así sigue siendo, porque aún en obras tan formales y concretas como las de Beethoven, alejadas del sinfonismo de coloración poética con influencias del estilo oriental al modo de Rimsky-Korsakov, logra una sutil flexibilidad y momentos delicados de seductora realización.

Voces argentinas

La segunda parte del programa, además de la Novena en sí, sumó otro motivo de atracción, la actuación del Coro Polifónico Nacional y de cuatro de los más prestigiosos cantantes argentinos del momento ensamblados a la orquesta visitante para recrear el vibrante último movimiento en el que la voz humana irrumpe con todo su esplendor.

Fue un éxito contundente de la agrupación coral, preparada con idoneidad por su subdirector Darío Marchese, porque no se amilanó frente a la responsabilidad de engarzarse a una agrupación instrumental de primer nivel mundial y lo hizo con hidalguía, solvencia y buena sonoridad general, destacando justeza en las entradas y buen empaste de sonido.

Los solistas actuaron con el aplomo y la eficiencia de experimentados artistas, con buen lucimiento de cada uno a pesar de la brevedad de las intervenciones, Paula Almerares, de hermosa voz y cautivante fraseo, la mezzosoprano Cecilia Díaz, atinada y segura en la faz musical, el tenor Darío Volonté derrochando su apasionada expresión y contundencia sonora y el barítono Luis Gaeta, sin fisuras en la faz musical y de grata voz, conformaron un cuarteto de solistas idóneo como para provocar un legítimo orgullo.

La orquesta por su parte ofreció una cátedra de ejecución impecable, no tanto por la infalibilidad de las notas emitidas sino por la flexibilidad y calidad de todos sus sectores, destacando, en cada uno de ellos, solistas de muy alto rango.

En este aspecto no parece justo señalar algún sector en particular como el más notable, porque una de las razones que ubican al organismo entre los mejores de la actualidad es el parejo nivel de conjunto y la calidad de sus solistas que logra con naturalidad una conmovedora cohesión, no de tipo técnico sino espiritual. Aunque cabe reconocer, más allá del espíritu de cuerpo y de profunda amistad reinante en el grupo, que pocas veces se han escuchado virtuosos de tamaña envergadura en los primeros atriles.

La versión de Metha ha de ubicarse entre sus mejores realizaciones en nuestro país, no sólo por la sobriedad de su discurso, sino por haber trasuntado con absoluta claridad el momento de inflexión de su carrera como intérprete, ahora entrando en la plena madurez intelectual. Porque ratificó una actitud diferente al optar por el sendero de la sobriedad expresiva, alejándose del efectismo grandilocuente, detalle que augura una segunda etapa de su vida artística aún más brillante.

El Coro Polifónico Nacional hizo leer por la representante Consuelo Alvarez una protesta antes de comenzar su actuación, autorizada por Metha, que recibió un aplauso del público y al final de la magna obra de Beethoven, en medio de la impresionante ovación para todos los protagonistas que lógicamente los involucraba por igual, desplegaron una pancarta con la leyenda "No a un Estado genocida de la cultura".

No fue el momento ni en el lugar adecuado para ese gesto. El Teatro Colón es, exclusivamente, un recinto consagrado a las más altas expresiones de la música. Por otra parte el concepto de genocidio, con su carga de profundo dolor para la humanidad y, en particular, para los músicos visitantes y la mayoría del público asistente, no parece el más apropiado para designar el ajuste presupuestario que acaba de poner en marcha el Gobierno.

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