Virtuosismo sinfónico en la orquesta alemana
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Orquesta Sinfónica NDR de Hamburgo. Director: Christoph von Dohnányi. Programa: Ligeti: "Atmosphères"; Wagner: Preludio del 1er. acto de Lohengrin; R. Strauss: "Las travesuras de Till Eulenspiegel, Op. 28"; Beethoven: Sinfonía Nº 7 en La mayor, Op. 92. Concierto organizado por el Ceamc. Teatro Colón.
Nuestra opinión: Muy buena
Según sus países de origen y las tradiciones que en ellos existen, las orquestas pueden tener un color, un perfil y un sonido general distintivos. Así, las orquestas alemanas, inscriptas en cierta historia, son diferentes de las rusas, las inglesas o las estadounidenses. La NDR de Hamburgo, con su centenar de músicos, ofreció una muestra de las mejores virtudes del "sonido alemán". Una tras otra, desfilaron la espesura, la homogeneidad, la exactitud, la transparencia, incluso detectable en las texturas más complejas, la afinación irreprochable en todas sus líneas y la capacidad para desarrollar infinitas dinámicas, con crescendi y diminuendi de una progresividad perfecta. Pero además, de la mano, la osadía y la fantasía de Christoph von Dohnányi, la orquesta de Hamburgo ofreció un programa que combinó lo frecuente con lo inusual, que incluyó una decisión interpretativa increíblemente arrojada. No sólo decidió comenzar el concierto con una obra maestra de György Ligeti sino que la hizo funcionar como obertura a un preludio de Wagner.
Dada la relativa escasez o la renuencia de Pierre Boulez en la composición, el fallecimiento de Luciano Berio y la reiteración conflictiva y un tanto aislada de Stockhausen, Ligeti ha quedado como el compositor vivo más trascendente de aquellos que comenzaron sus trabajos hacia 1950. Pero, esencialmente, el húngaro nunca pudo ser incluido dentro de aquella vanguardia serial por un incondicional apego a un tipo de creación sensible, más espontánea y alejada de cualquier planteo que hiciera primar lo especulativo por sobre lo emocional. "Atmosphères" es una obra que responde a este concepto y cuya propuesta continúa vigente, más allá de las modas y los "ismos" que, con velocidad pasmosa, se fueron dando a partir de la posguerra europea.
La interpretación que ofreció la NDR fue de gran musicalidad, lejana a cualquier ejecución que consista en un simple armado. Pianissimi mínimos y palpables, búsquedas expresivas, planteos de estatismo no sacudidos por ninguna urgencia y densidades texturales siempre claras confluyeron para crear, literalmente, todas las atmósferas pensadas por Ligeti. Los únicos sonidos destemplados, molestos e irreverentes no provinieron del escenario, sino de las butacas, de las gargantas y de los programas de mano de los oyentes que, tal vez incómodos por una propuesta de difícil decodificación, no atinaron a conservar una compostura más silenciosa.
Sin que nada lo hiciera intuir, Dohnányi no hizo pausa y, tras el final de "Atmosphères", seguido de un silencio prudencial, separador y cargado de tensión, comenzó directamente con el Preludio de Lohengrin. Por un lado, no pareció justo transformar a la obra de Ligeti en una introducción a una obertura wagneriana. Sin embargo, por el otro, la alianza no quedó nada mal y la continuidad, de una nobleza musical hacia otra, tuvo coherencia. También hay que hacer mención que el altísimo nivel demostrado con Ligeti, se extendió, aunque diferente en su realización, sobre la obra de Wagner, con fraseos impecables, ultraexpresivos y presentando admirablemente toda la belleza de una obra sublime, de intensidades casi íntimas y carente de cualquier tipo de aparatosidad.
Con efecto especiales
La perfección del funcionamiento de la orquesta, una consumada exhibición de virtuosismo sinfónico, llegó con "Las travesuras de Till", de Strauss, una obra rebosante de "efectos especiales" que permitió que la NDR hiciera alarde de su potencia, su exactitud milimétrica y su confiabilidad, y a Dohnányi exponer una vitalidad envidiable y un dominio categórico.
Un poco de esa exaltación straussiana, que debería haberse quedado en los camarines, afloró en la segunda parte, en la interpretación de la séptima sinfonía de Beethoven que tuvo algunas estridencias llamativas y un tanto innecesarias, sobre todo en el primer movimiento. Para denotar que también son humanos y falibles, en la introducción se filtraron algunos desajustes y algunos desequilibrios mínimos. Fragoroso, Dohnányi continuó entremezclando un sonido robusto, macizo y muy beethoveniano con algunas grandilocuencias que pueden haber impactado en el público, pero que no parecieron imprescindibles. Fuera de programa, la NDR tocó la sinfonía (la obertura) de "Las bodas de Figaro", de Mozart, y la "Danza eslava Op. 46, Nº 8", de Dvorak.




