
Acerca del ocaso de un general y un almirante alguna vez poderosos, que hicieron que los argentinos conocieran los horrores de la tortura y el absurdo de la guerra, y quienes años después descienden a su propio Infierno, el de la muerte.
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Los recuerdos de la infancia vienen al caso. El primero es del terremoto de Caucete en San Juan, en 1977, y es en blanco y negro. Vivía en Caballito en un edificio de seis pisos. A las siete y cuarto salía todos los días para la escuela, peinado con Lord Cheseline y con una valija negra marca Primicia, con trabas plateadas, en mi mano. A las siete y cuarto mucha gente salía de ese edificio para ir a aprender algo. Entre otros, un vecino alto y flaco, con bigote y cadenita de oro que me caía muy simpático. Ese día bajaba la escalera inusualmente exaltado comentando "se me movió la araña" y dando detalles fantásticos. Fue lo primero que supe del terremoto, pues en mí casa no se había movido nada. Más tarde hubo un gran despliegue de información: habían muerto sesenta personas aunque, para mi sorpresa, un especialista aseguraba que sólo en los edificios muy altos fue posible recibir alguna onda del sismo. Aprendí, sin embargo, que no hay nada comparable a sentirse parte de algo importante, de algo que estremece. Ese hombre estaba fundando una de las anécdotas de su vida y yo lo envidié todo el día hasta la hora del noticiero.
El segundo recuerdo es de 1982, en colores, yo con 14 años y rulos y el dedo pulgar orientado al helicóptero que transportaba a Alexander Haig, secretario de Estado norteamericano, quien, perversamente, se había ofrecido para intermediar entre nosotros y los ingleses. El pulgar decía "caete, hijo de puta" y éramos miles en la Plaza de Mayo haciendo lo mismo. Era el 10 de abril, hacía ocho días que habíamos tomado las Malvinas. Sé que el plural irrita, pero las habíamos recuperado. Mucho tiempo después, Fogwill, el escritor, contó en un reportaje cómo empezó a escribir su novela Los Pichiciegos. Durante los cañonazos de mayo del 82, su madre lo llamó para decirle: "Quique, ¡hundimos un barco!". Escritor, Fogwill escribió: "Hoy, mamá hundió un barco". Luego, en una sentada que duró pocos días, escribió una de las grandes novelas argentinas. La historia que se cuenta en Los Pichiciegos es la de unos soldados nuestros que desertan en las Malvinas y comienzan a traficar mercadería con los ingleses. Por eso el libro merece leerse, y también porque mamá hundió un barco.
Y porque hace poco murió Galtieri, el que dio la orden de hundir el barco que hundió mamá. Murió de cáncer, como morbosamente se encargó de subrayar, una y otra vez, la prensa, contribuyendo de ese modo a agrandar, infantilmente, la estatura mítica del cáncer, una enfermedad curable en muchos casos y que no tiene en cuenta las calidades personales de los afectados por el tumor.
Retirado de la vida de todos los días y de la vida de todos y para siempre, Galtieri, con su muerte, a diferencia de otros señores malos, no abrió el campo para una biografía compensada. Como esas donde se dice: "Masacró argelinos pero ¡qué estadista!" o "Desertó de la vicepresidencia pero qué bien jugaba al tenis con Arturo Maly". Estos militares berretas que gobernaron entre el 76 y el 83 no dejan, en la hora final, lugar a duda. Entre los malos, fueron los peores.
igual, siempre hay grietas para algunas observaciones que desmitifiquen la historia; para que la historia argentina no sea como una mala película argentina. No fue el whisky el que inspiró a Galtieri a tomar las Malvinas. Los norteamericanos conocían y estimularon la idea de la guerra, que se pergeñó entre muchos hombres de armas para estirar el régimen militar. Políticos, artistas, periodistas y deportistas acompañaron, en pleno uso de sus facultades mentales, el dispositivo patriótico que toda guerra promueve para estimular a las tropas.
Además, el whisky, sobre todo el más caro, es una bebida preciada y difundida por los periodistas en las páginas de buenas costumbres y hedonismo de los diarios y revistas. Hace veinte años que me pregunto qué empeoraba o agravaba que Galtieri tomara scotch. Por qué sobrecalificar a una persona cuyo de prontuario es lapidario: dictador, ladrón de bebés, secuestrador, asesino.
muertos dos estrellas Los "para que se entienda su maldad", tuvieron un punto muy alto en las necros de Galtieri que destacaron su lugar de vacaciones: Miramar. Una localidad bonaerense cuyo máximo atractivo es el balneario del Automóvil Club Argentino. Por si no se entendió que Galtieri murió y que en su lamentable vida fue torturador, asesino y ladrón de bebés, los diarios destacaron que pasaba "largas vacaciones en Miramar".
Cuando Rolling Stone esté en la calle, quizá Emilio Massera ya esté colgado en alguno de los círculos del Infierno junto a Galtieri. Si no, seguirá en el Hospital Naval con el numerito en la mano, ya descerebrado, ya irrecuperable. Lo mismo da, ciertamente. Interesantes nuestras bestias locales: mueren acobardados en las sábanas de hospitales públicos (el Hospital Militar y el Naval lo son), en habitaciones con hotelería dos estrellas, sin viajes relámpago a la Clínica Mayo de los Estados Unidos. Y mueren en el país. Sin velorios y enterrados en los camposantos más populares. Sus vidas de los últimos veinte años fueron jalonadas de escraches, de prisiones, desconfiando de cualquier médico no castrense. Los pocos ratos que estuvieron libres, ensayaron formas de vida pública, pero, una y otra vez, perdieron por goleada. Unificados en la muerte, Massera y Galtieri quedan como nombres sin discusión, encajonados en la unanimidad del repudio.
Obvio, permanece el coro, o el eco del coro, de los que hunden barcos y a quienes se les mueve la araña, quienes son, casi siempre, los que le suben o le bajan el pulgar a estos muertos y a algunos vivos.
Los vivos Jueves 16 de enero. Estoy en el balneario cr en la zona norte de Pinamar. Me acomodo en un balconcito a espiar a los veraneantes. Esta es la playa a la que vienen los políticos, según informan los diarios, y algunos de ellos son tan berretas que les hacen caso y vienen. Lo veo a Osvaldo Mércuri, presidente de la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires, en su carpa, con un melón partido al medio al que raspa con una cuchara sopera. Se lo nota feliz y realizado, en cortas vacaciones en Pinamar, rodeado de cuatro o cinco joyitas que van desde la escala de luchador de sumo en retiro efectivo hasta la de abominable hombre de las playas.
Días antes compartí un jugo de frutillas con Daniel Scioli y su novia Karina Rabolini. Le pregunté a Scioli dónde quiere llegar. Me explicó que "la política está llena de vagos" y que a él le "encanta trabajar". No tiene dudas de que en breve plazo eso le redundará éxito personal. Lo he visto: los veraneantes adoran a Scioli, "¡tan luchador!", "¡por lo que ha pasado!" y "que suerte que volvió con Karina, ¡tan linda pareja!". ¿Qué piensa Scioli? Epa, eso es otro precio.
Son pobres anécdotas, lo sé. Pobremente políticas. Pasé veinte días en babia en Pinamar. Por suerte me acordé que la política es aquello que el hombre hace para tramitar su relación con otros hombres sin que se maten a palos. Busqué por ahí, entonces. Y me di cuenta de que el día más político de todos los de enero en Pinamar ocurrió cuando los dueños del Blue Bar, un restaurante ubicado en una de las lomaditas que ladean la avenida Bunge, resolvieron que los periodistas ya no cenarían gratis allí. Era un martes y todas las revistas y diarios ya habían salido sin sacar notas en las que el lugar apareciera mencionado. Los periodistas, en ronda de chismes, coincidieron: "Se cortó la onda en el Blue Bar". Lo descubrieron después de estar un rato sentados, esperando el gesto del dueño a las mozas ("son mis amigos") y ver que el dueño hacía pucherito sin mirarlos. Esta forma de aproximación a las fuentes de información se conoce como "periodismo sanguchero".
(Aclaración 1: El Coco Basile dijo que los códigos de vestuario hay que respetarlos. Pero son para los futbolistas, no para el gremio de prensa que tiene la petulancia de ir a llorar a tribunales internacionales cuando alguien los mira fuerte.)
Cuando se ve un patrullero con la sirena a todo trapo, el chiste es que se les enfría la pizza, pero cuando uno ve a un periodista corriendo de un lado a otro con su anotador o a un fotógrafo, a puro flashazo, queda habilitada la broma de que se les calienta el cóctel de camarones. Doy fe. Los periodistas que persiguen celebridades en vacaciones son especialistas en esto. Y los más grotescos, posiblemente. Cuando uno trata de hablar de estas cosas, presentan una justificación del tipo de "en nuestros medios salen los productos que ellos quieren promover, es normal que algunos de esos productos terminen en nuestras carteras o en nuestros estómagos". Igual que los polis e igual que los pizzeros, a no equivocarse. "Este pibe va a terminar poniendo el pecho por mi negocio si lo quieren asaltar, es normal que le dé una pizza." "Es normal que me la coma sin pagar", piensa el poli. No muy distinto funciona la prensa. El punto es: o le perdonamos la vida a la cana o somos justos.
Aunque los faranduleros no son los más cínicos. Ninguno de ellos baja línea sobre cómo tiene que funcionar la sociedad. Un periodista de política de cualquier diario percibe entre 1.500 y 3 mil pesos por mes. Pero ("loco, tengo pibes") no le alcanza. Y necesita un programa de cable o uno de radio para conseguir publicidad y ganar más plata. Los auspicios suelen venir, en gran medida, del Estado, bancos oficiales, Loterías, etc... Esas empresas las manejan políticos, y sobre políticos es que se escribe en esos diarios. ¿Se ve? Un periodista de economía suma a las empresas privadas su red de contactos. Por eso en las radios hay tantos programa económicos como deportivos, con la diferencia de que nadie sabe qué es un redescuento.
Así, están los periodistas de Aníbal Ibarra, los de Néstor Kirchner, los de Alberto Pierri, los de Telecom, los de Aguas Argentinas y los de todos. Que son los imprescindibles.
(Aclaración 2: No todos los periodistas son así, somos así, ni los políticos ni los faranduleros ni los económicos. Pero los que forman opinión pública, los que predominan en los diarios, en las radios y en la tele, ellos, casi todos, sí.)
En la novela Los diarios, de Henry James, uno de los periodistas protagonistas dice: "Lo hacemos lo peor que podemos por lo que nos pagan". La recomiendo.
Estos días en Pinamar vi a un hombre brindar una lección acerca de cómo manejar una crisis combinando las mismas fichas. Su nombre es Mike Cameroni y está a cargo de las relaciones públicas de distintas marcas que llegaron a Pinamar a promocionar sus productos.
Un precioso lunes de enero, Cameroni debió poner su talento para lograr que Charly García, vieja ficha, diera un recital en una casa alquilada por una marca (centenaria) de cervezas para realizar eventos. Pero Charly, en su delirio, nunca toca como consecuencia de un pacto sino cuando él quiere. Había que lograr que el niño García tocara creyendo que lo hacía porque tenía ganas. Como Charly no desea periodistas cerca, Cameroni debió ingeniárselas para mantener a la prensa lo suficientemente lejos de la estrella como para que no se enojara, pero lo suficientemente cerca como para que pudieran robar fotos del íntimo recital; que luego pudieran dar fe de que eso existió.
Durante la negociación con García, Cameroni debió hablar reiteradamente con los periodistas y también con las marcas a las que representa en Pinamar, para que, de ocurrir el recital, se sintieran partícipes. Al mismo tiempo, como el show se hacía en una terracita que daba al mar, había que asegurar que la gente que llegara desde la playa no se entrometiera en la casa. Y una cosa más: a Charly el Código Penal lo tiene sin cuidado, pero al resto de los mortales, en general, no. Cameroni debía cuidar que nada de lo que pasara allí diera lugar a denuncias. Había que mezclar muchas cosas. Algunas contradictorias. Finalmente, Charly tocó porque le dieron ganas, las empresas quedaron chochas, los periodistas se llevaron su foto, la gente no entró en la casa, la policía no vio nada. Cameroni hizo política como el mejor.
Y regreso a ese estado de babia, bobalicón, de los días de playa, cuando se altera la rutina y por las tardecitas se hace del cuba libre una religión laica. Sí, es hermoso cuando nada importa. Es irreprochable sentir eso de cuando en cuando, sentirse libres de toda moral capturante.
Pero se fue enero en ese estado y sé de personas que pasan la vida entera haciéndose los sotas. Acá en Pinamar se vio a muchos este verano. ¡Y en Cariló! Ay. Los comerciantes estaban muy contentos y los turistas, incluso, festejaban que un café con leche costara 4 pesos. Es como que habían vuelto a vivir. Una nota en el suplemento económico del diario Clarín, en la primera semana de enero, dio perfecta cuenta de lo que pasó. Decía el matutino que las empresas que invirtieron en publicidad en la costa habían coincidido en hacer su marketing "como si nada hubiera pasado en los últimos años".
Como se ve, no siempre hace falta beber para olvidar.
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