
Ni pizca de Almodóvar
"Esa maldita costilla" (Argentina-España/1999). Presentada por Líder Films. Fotografía: Alfredo Mayo. Música: Leo Sujatovich. Intérpretes: Susana Giménez, Luis Brandoni, Rossy de Palma, Loles León, Betiana Blum, Rodolfo Ranni, Fabián Gianola, Guillermo Nimo y Guillermo Francella. Guión: Marcos Carnevale, sobre una idea de Carnevale y Antonio Barrio. Dirección: Juan José Jusid. Duración: 90 minutos. Para mayores de 13 años. Nuestra opinión: regular.
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Algo parece haber cambiado en la eterna batalla de los sexos. Cierto es que las tropas de uno y otro bando siguen en perpetua procura mutua, pero el propósito -según parece sugerir "Esa maldita costilla"- ya no es la conquista amorosa del adversario, sino su dominación, su sometimiento incondicional, quizá porque como aconsejan las leyes de la competencia, lo único importante es ganar. En esta pragmática realidad finisecular, el vencedor sólo busca adueñarse del vencido, usarlo... y tirarlo a la basura, o cambiarlo por algún nuevo modelo, como se hace con cualquier mercadería.
Claro que el registro elegido por el film no es el de la pintura realista y que sus trazos vienen sobredimensionados deliberadamente en busca del disparate, pero suponer que existió la intención de deslizar una ácida crítica de costumbres sería ponerse a hilar demasiado fino en un producto que sólo busca entretener un rato y, si es posible, hacer reír.
En principio, la presencia en el elenco de Loles León y Rossy de Palma, el enredo organizado en torno de cuatro personajes femeninos, el clima vertiginoso y desenfadado y la visible búsqueda de una estética kitsch parecen remitir a Almodóvar. Pero bastan unas pocas situaciones marcadas por la sobreexcitación y el griterío para advertir que el modelo seguido está bastante lejos del desparpajo ocurrente del manchego y bastante más cerca de las estridencias del canal de "Videomatch". Cuya presencia es, por otra parte, bien notoria, a través de rostros y voces reconocibles de la emisora.
Cuatro mujeres para Adán
Aunque se trata del vehículo elegido por Susana Giménez para su regreso al cine, el film no está puesto al servicio de la diva. Aquí no hay un protagonista, sino varios, todos maltrechos después de unos cuantos fracasos en el amor, si es que cabe llamar amor a esta suerte de fiebre erótica que padecen como si fuera una enfermedad molesta e incurable. Para cada uno de ellos el espécimen del otro sexo es un mal necesario, una especie de alimento generalmente indigesto, pero del que no puede prescindirse.
Las cuatro mujeres -solas, maduras y apetecibles- comparten edificio y complicidad. A ninguna le ha ido bien con los hombres. Una ensaya formas de suicidio preferentemente fotogénicas porque acaba de ser abandonada por su marido; a otra, eterna enamorada de David Copperfield, sus poderes de vidente no le alcanzaron para advertir que su evangelista esposo iba a fugarse -como lo hizo- con la feligresa adolescente a la que acababa de exorcizar; a la tercera, una temible comehombres que ejercita sus dotes seductoras como operadora de una 0-600, no hay candidato que le dure; la cuarta carece absolutamente de experiencia y por eso se refugia en los libros y se derrite frente al televisor cuando Guillermo Nimo recita poemas.
Tampoco el galán en cuestión tuvo suerte: hace siete años que padece las jaquecas, la pereza, el mal humor y el hambre insaciable de su regordeta mujer. Pero el taxi que conduce y el azar se encargan de cruzarlo -una por una- con las cuatro temperamentales señoritas, para las que representará el papel del esperado príncipe azul, adaptado a cada necesidad. Todo bien, hasta que el embuste se descubra y las cuatro víctimas se conviertan en verdugos que lo someterán al secuestro, el abuso y la humillación.
Como se ve, hay alguna ocurrencia en el planteo, pero el ingenio no abunda y ya se sabe que la exageración no conduce necesariamente al delirio cómico: el disparate también exige cierto rigor, aquí ausente. Si los responsables de la película pusieron el acento en la estridencia habrá sido considerando los buenos dividendos que cosecha en la TV este tipo de comicidad exaltada y no precisamente sutil.
Y además dieron por descontado el atractivo de los comediantes, a quienes se induce a participar en un nervioso torneo de desbordes y vociferaciones del que sólo alcanzan a liberarse, en contados momentos, Rossy de Palma, Loles León y Luis Brandoni.
Puede suponerse, no obstante, que entre el desparpajo y la simpatía del elenco, las situaciones descabelladas, el ritmo acelerado, el barroquismo caricaturesco de la imagen y algún chiste más o menos eficaz, muy pocos de los innumerables fans de la diva de los teléfonos -principales destinatarios del entretenimiento- echarán de menos el ingenio que cabía esperar de un film anunciado como "desopilante comedia romántica".
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