
Noches perdidas de bohemia
Valle Inclán llega mañana al Teatro San Martín, dirigido por Villanueva Cosse.
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"El ciego es un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales, Máximo Estrella." "Entra un vejete asmático. Es don Latino de Hispalis."
Con este excelso, perdido idioma español, Ramón del Valle Inclán describe a los dos personajes principales de su peripecia teatral "Luces de bohemia", que mañana se estrenará en el Teatro Municipal General San Martín, con la dirección de Villanueva Cosse y un elenco de notables que encabezan Patricio Contreras, como Máximo, y Antonio Ugo, como don Latino.
Pero no es sólo la riqueza del idioma la que se ha perdido; el tiempo de bohemia parece haberse ido con ella.Y ésa es la vida durante una noche en estos dos personajes, dibujados sobre el papel por el creador del concepto de esperpento.
Este hombre
El enorme corpachón uruguayo de Villanueva Cosse se estremece al hablar de don Ramón. Tal vez porque molesta sanamente su visión del mundo desde hace mucho tiempo. "No puedo separar a Valle Inclán de mi propia historia. Yo aprendí a leer solo. Por una razón de salud estaba aislado y no tenía una guía de lectura; leía desde Billiken hasta Valle Inclán, Emile Zola, Salgari, cualquier cosa. Muchos años después descubrí que había leído a Valle Inclán, cuando estudiaba teatro y tenía 20 años. De repente me encontré con eso que había creído una novela o una forma muy hablada de novelar, era teatro.
-Muy apropiado eso de "una forma muy hablada de novelar".
-Sí, es así. Además de ser un poeta enorme, por el uso de la lengua, es un gran, prolongado, narrador.
-¿Se lo podría considerar un autor maldito?
-Hay dos razones, creo, para considerarlo así: una es la iracundia, la furia que destila este hombre, habiéndose iniciado como un esteticista. La otra razón es que no se detiene en escrúpulos para escribir su teatro, no piensa en lo que se puede o no hacer en términos teatrales.
-¿No tendría, en eso, un punto de contacto con Alfred Jarry?
-Sí, con la diferencia de que Jarry es un poco "Ubú Rey" y Valle-Inclán tiene un enorme despliegue. Jarry es como un estallido fortísimo y descortés, y este hombre, en cambio, es de una musculatura sostenida.
-¿Desde cuándo lo alberga como proyecto teatral?
-Yo no alimento demasiados proyectos; lo que alimento es mi pasión por el teatro, que es lo que siento como un privilegio, al margen de las dificultades propias de vivir en estos países nuestros y en este siglo nuestro. Dentro de esa calentura por el teatro siempre estuvo este hombre, apareciendo y desapareciendo, no como proyecto sino como una basurita, una molestia en el rabillo del ojo.
-¿Pero por qué "Luces de bohemia" y no otra?
-Me atraen ciertas cosas en especial, la patética muerte de ese hombre, que es la muerte del artista. Yo estoy mucho más sensible al tiempo que cuando era mozalbete, y por lo tanto soy también sensible al pánico que produce a toda persona que quiera persistir. Y los artistas quieren pervivir, buscan algo de inmortalidad, que consiste en no ser olvidado. "Luces de bohemia" es la historia de un olvido. "¡Pero si estoy olvidado!", dice Max al principio de la obra, y al final le roban hasta la definición de esperpento. Lo que me atrae, entonces, es que nos muestra nuestro destino.
-¿Cómo funciona su imaginación de director con ese mundo?
-Yo propuse esta obra en varios lugares; en el Alvear, y no salió; en el Cervantes, y fue postergada, y finalmente se dio en el San Martín. La salaMartín Coronado tiene un escenario con un sistema que contiene esta obra, con varios giratorios, vaivenes, como si fuera un carrusel. Esta pieza es como un viaje y, por lo tanto, la imagino circular. Siempre pensé en volutas, en eternos retornos hechos por los actores, sin escenografía, con una utilería básica y mucha luz. Las escenas están encadenadas para que exista inercia plástica: una escena se está terminando y ya se está alejando, y la que sigue ya está viniendo. Por otro lado, lo que apareció es la existencia de un Madrid laberíntico, pétreo, sin descripción natural. Esta es la imaginería más sencilla.
Deformaciones
-¿Dónde aparece el famoso esperpento?
-Yo empujé el esperpento en los dos últimos actos; en los anteriores sólo se sospecha. Cuando Max muere se revela su descubrimiento de que el mundo es esperpéntico, una contradicción repulsiva, una deformación. Cuando la muerte cierra los ojos del visionario, entonces el mundo se muestra como él dijo que era y aparece el vómito, la miseria. Son los ojos, que son unos ilusionados embusteros, los que no nos dejan ver lo que hay detrás de la realidad. "Hay que tener óptica de espejo cóncavo para poder entender la realidad", dice.
-¿No es lamentable que estos autores que requieren de elencos numerosos sólo se puedan hacer en teatros oficiales?
-Los intentos que se ven en otras salas son adaptaciones a pocos personajes de los grandes textos, que también hay que apoyar, aunque a veces destrocen demasiado. Entre dos o tres destrozos y un logro, el logro vale más; el teatro camina dándose contra las paredes. Sucede que ahora, con el intento natural del trabajador del teatro de vivir de su profesión, no se pueden hacer piezas de muchos personajes. Como asistimos a un proceso de pauperización, tampoco es demasiado probable ganarse el sustento en otra parte. Entonces, los teatros oficiales, corroídos por una administración que hace oídos sordos a la cultura, cumplen como pueden.
-¿Con qué ojos mira a los actores jóvenes?
-Nosotros teníamos la misma angustia que ellos hoy, pero había esperanzas y utopías que seguir. Hace unos años que estamos enterrando esas utopías y pienso que los jóvenes están muy separados de nosotros, muy solos, buscando mucho, pero con enormes dificultades. Me imagino, si fueran mis hijos, qué angustia tendría yo por ese hijo mío, ¿hacia dónde saca su potencia, y su nervio, y su ansia? Les admiro el cuero duro que tienen. Siento que ese mismo destrozo que producen, en otras circunstancias llevaría a construcciones más notorias.
-Pero está bien destrozar, y hacerlo a los 20.
-Sí, claro; no se pasó del románico al gótico así como así, hubo un enorme proceso de destrucción y de construcción internas para poder pasar de lo horizontal a lo vertical. Creo que estamos en una bisagra cultural, inmersos en una crisis generalizada de la que algo va a salir. Tengo que creer en eso; si no, ¿qué hago viviendo? Si nosotros les pedimos a los jóvenes que nos traten con indulgencia, tenemos que tratarlos a ellos con indulgencia y algún día se recuperará el diálogo.
La verdad, desde la deformación
Sin duda, Ramón del Valle Inclán (1866-1926) fue el artista por excelencia dentro de la generación del 98, y también el menos ideológico. Un autor entre dos siglos, frente a una España que estaba cambiando.
En sus obras de principios de siglo, el autor mostraba una visión artística de la vida. Pero, por los años veinte, Valle Inclán se muestra diferente en sus trabajos, agudo, de amargos contrastes y muecas feroces.
Sus héroes literarios, de ademán reposado, compostura estudiada y altiva y una literatura exquisita a flor de labios, se reflejan en el espejo cóncavo del madrileño Callejón del Gato y devuelve sus imágenes gesticulantes, desgreñadas, con ademanes plebeyos y gestos de guiñol.
De este reflejo nace el esperpento y, para la literatura española del siglo XX, una especialísima manera de ver la realidad, en la que no es difícil hallar una insidiosa sombra de apesadumbrada tristeza.
Valle Inclán se burla en los esperpentos de toda la tramoya de falsas pasiones y supersticiones: el amor, el honor, la muerte.
Sus personajes son fantoches de retablo, que viven animados de prejuicios, bullen, ríen, gozan, gritan y lloran grotescamente, como marionetas, de espalda a la naturaleza, obedientes a los dictados de esa segunda naturaleza que forman todas las convenciones mundanas.
Al contrastar la actuación, falsa, de esos personajes con la evidencia de sus pasiones y con la inexorabilidad del destino y de las fuerzas superiores, dejan una dolorosa sensación tragigrotesca.
"Luces de bohemia" pertenece al grupo de los esperpentos y se caracteriza por su humorismo sombrío, caricaturesco, por su permanente atención y proyección de las imágenes de la realidad en forma grotesca. A través de la deformación, el autor trata de llegar a su verdad.
El protagonista, el poeta Máximo Estrella, genial, ciego, alcohólico y al borde de la locura, es la caricatura de la tragedia, la figura del héroe clásico español reflejada por el espejo deformante. A través de sus diálogos, de su humor negro, de su sarcasmo cruel, Valle Inclán censura el desamparo de los hombres de letras y de las letras mismas.
Su denuncia no es panfletaria, ni siquiera social, porque es humana, profundamente humana, donde también está incluido lo social.






