Como cierre de la gira El calor del pleno invierno, la banda uruguaya coronó su show más ambicioso en el Único; crónica y fotos
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Cuando Emiliano Brancciari sale a escena, todavía con las luces apagadas, el Estadio Único reluce como una gran constelación de smarthphones titilando de histeria. Sobre música de suspenso y una breve sucesión de fotos como evidencia de la cantidad de visitas de la banda uruguaya a la ciudad de La Plata, desde 2004 hasta hoy, No Te Va Gustar se abalanza sobre estas casi 50 mil personas con una tríada de canciones que busca moldearse a este inédito formato de estadio del modo más contundente posible. "Hijo de las armas", "Sin pena ni gloria" y "Destierro" suenan enérgicas, coloridas y urgentes, sin siquiera espacio entre sí, guiadas por las guitarras de Brancciari y de Pablo Coniberti. Son tres golpes de efecto de esencia emotiva extraídos de El calor del pleno invierno, un séptimo trabajo de estudio que resultó ser el combustible para una extensa gira que los paseó por casi todo el continente americano y que acá, cada vez más cerca de casa, está alcanzando un cierre triunfal.
La última vez que NTVG pisó La Plata fue en el 2012 sobre este mismo predio, sólo que detrás de las plateas, en el estacionamiento, un espacio que le quedó grande hasta a Charly García. Así que esta ya es una proeza de otro calibre, algo sólo alcanzado por artistas nacionales como el Indio Solari y La Renga. Y Brancciari -sangre argentina, corazón uruguayo-, parece asumir la diferencia: vestido con una remera negra con la cara del Negro Rada en el pecho, ensaya recorridos amplios poniendo a prueba su habitual performance de cantante más bien estático y poco a poco se anima a surcar una pasarela que lo conecta con el corazón del campo. Canciones como "Pensar", "Ya entendí" y "Tu defecto es el mío" (de los discos Todo es tan inflamable, Aunque cueste ver el sol y Por lo menos hoy, respectivamente) combinan la cadencia cancionera de la banda con su capacidad para electrificar estribillos de melodías adherentes, y destraban la línea inicial del show llevando el listado a rebotar por sus 20 años de carrera.
Sobre un importante juego de luces e imágenes, la disposición del octeto conserva un diagrama que no contempla demasiadas sorpresas ni protagonismos. Salvo por las irrupciones eufóricas de Denis Ramos (en trombón) o los solos precisos pero a cuenta gotas de Coniberti, NTVG alimenta con lo justo sus canciones de pop-rock rioplatense, una fórmula sensible como soporte anímico para parejas apasionadas y corazones desesperados, capaz de cruzar a Fernando Cabrera con los Decadentes y a Los Redondos con Jaime Roos. Sin embargo, superando la mitad del listado, el mapa de la banda se reconfigura: la formación completa deja el escenario y se traslada a una plataforma reducida ubicada sobre el techo de la cabina de sonido en el centro del estadio, un mangrullo iluminado por luces bajas que cobra apariencia de fogón multitudinario. Pese a los desajustes de sonido, ahí reluce el impulso inicial de estas composiciones torneadas en el despojo: "Religión pagana", "Navegar" y "Chau" suenan en plan acústico, sobre maracas y cajón peruano, y matizadas con el timbre cálido de los bronces. Un movimiento intimista que impacta contra las enormes dimensiones del estadio y que parece flotar sobre la voz reverberante de un público de amplia supremacía femenina.
"Ya hay una historia entre nosotros. Gracias a todos ustedes este sueño se cumplió", dice el cantante ya de nuevo sobre el escenario principal, a modo de despedida, antes de soltar clásicos como "La única voz", "No hay dolor" y "Cero a la izquierda", consumando un falso final como doble fondo de un listado de 30 canciones en casi dos horas de show. Después de sonar los bises "Te voy a llevar" (cruzada con "Todo un palo", de los Redondos) y "No era cierto", las luces del estadio se encienden y, ya con buena parte de la gente fuera, los NTVG permanecen sobre el escenario durante largos minutos, entre besos y abrazos, como si fuera el final de un largo viaje entre amigos. O, bastante mejor, el de una noche consagratoria.
Por Juan Barberis
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