
Ray Davies
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Las necesidades básicas de un ex Kinks
"Things are gonna change (the Morning After)" –el tema que abre el primer álbum de Ray Davies con canciones nuevas desde la silenciosa muerte de los Kinks, en 1996– comienza con un repique de gritos de gaviotas y el sorpresivo gruñido de un tipo que parece recién levantado y por enfrentar un día duro y problemático. "My turn to get punched in the face" [llegó el turno de que me den una piña en la cara], canta Davies, y recién está empezando. "You feel shite/ The air bites/ Oh, will I ever learn/ Your ear’s deaf/ Your girl’s left/ Never to return" [te sentís una mierda/ el aire muerde/ oh, aprenderé alguna vez/ tu oreja está sorda/ tu chica se fue/ para nunca más volver]. Nadie debería tener que enfrentarse con todo eso antes de la primera taza de café.
Pero cuando entra el rock, lo hace con firme seguridad: un ponderoso ruido metálico que retrotrae a Misfits (1978) y Low Budget (1979), de los Kinks de la era de estadios. Y, según Davies jura en la canción, hay una luz al final del túnel: "You’ve paid your debt/ get up, you wreck/ and crawl out through the door/ love will return" [ya pagaste tu deuda/ levantate, desastre/ y arrastrate por la puerta/ el amor regresará]. Lejos de ser un cálido y tierno despertar, pero casi todo lo que Davies escribió y grabó en las tres décadas de los Kinks viene con un zumbido en la cola, una estela de guitarras o las dos cosas. En ese sentido, Other People’s Lives es un típico y bienvenido disco de Kinks, pero sin los demás Kinks.
Es difícil no extrañarlos, especialmente al golpe algo flojo y de instinto animal del baterista Mick Avory y al combativo crujido y barrido de la guitarra del hermano de Ray, Dave. Los arreglos directos y la interpretación bien ajustada en el estudio no hacen otra cosa sino que Other Pepople’s Lives grite : "Este es un álbum solista", comparado con la carga de pub y la tensión de lucha de hasta los más sofisticados discos art pop de los Kinks en los 60. Pero hay exabruptos de déjà vu expertamente conjurados: el coro de fondo estilo "Waterloo Sunset" en "After the Fall"; los aireados vientos con gusto a Preservation... en el último single y bonus track escondido, "Thanksgiving Day". Y Davies, quien en junio cumplirá 62 años, canta con la fuerza brillante, levemente amarga y el don histriónico de sus grandes éxitos. No parece haber pasado ni un día desde "Lola".
Sin embargo, éste es un Davies más oscuro del que uno recuerda. "I just had a really bad fall/ and this time it was harder to get up than before" [acabo de tener una terrible caída/ y esta vez levantarme fue más difícil que antes], canta en "Alter the Fall", una canción cortada a fines de 2002 pero que suena impresionantemente profética teniendo en cuenta el subsiguiente encuentro de Davies con el arma de un delincuente en Nueva Orleáns, en 2004. "All She Wrote", que parece una típica carta con guitarras pulsantes –"So don’t pretend to be a new man/ Be chauvinistic, that’s your way/ Now you’re free to make your play/ For that big Australian barmaid" [no simules ser un hombre nuevo/ sé chauvinista/ así es como sos/ ahora sos libre de hacer tu jugada/ para esa gran mesera australiana]–, resulta, al final, la carta de un suicida. Y el malestar en "The Tourist" ("Checking out the slums/ With my plastic Visa" [revisando las pocilgas/ con mi Visa de plástico]) tiene dos motivos: los locales, ácidos y codiciosos, y los propios viajeros.
El pesimismo no sorprende. Lo que sí sorprende es la falta de agudeza de Davies. La calidad más entrañable de sus incisivos estudios de los 60 sobre el sistema de clases en Inglaterra y los narices paradas –la nobleza de "Sunny Afternoon"; los afectados malabares de "Dandy" y "Dedicated Follower of Fashion"; los prisioneros de los suburbios en "A Well Respected Man" y "Shangri-La"– fue la ambigüedad de Davies, su curiosidad por los débiles y su simpatía por los soñadores. En contraste, el tema del título del disco conlleva puros fuegos artificiales, un cantito de cantina contra la prensa amarilla: "Can’t believe what I just read/ Excuse me, I just vomited" [no puedo creer lo que acabo de leer/ disculpen, pero vomité]. Bueno, los escándalos son casi tan viejos como la misma imprenta, y se lucra con los chismes siempre que haya alguien que crea en ellos.
De todos modos, lo que más se ve en este álbum es a Davies dando lo mejor de sí: un hombre de melodías en el romance herido de "Over My Head"; el retrato de un artista en "Thanksgiving Day", una afilada y astuta mirada sobre los mitos norteamericanos de los lazos y la familia; y el acorde poderoso de Noël Coward en "Stand Up Comic". Cuando tocó esta última canción en Nueva York el otoño boreal pasado, Davies hizo su papel a fondo –un cómico de bar que no puede zafar de hacer actuaciones baratas– como solía hacer a ese adorable borracho en "Alcohol" de Kinks. Pero "Stand Up Comic" es menos sobre risas baratas que sobre lo lejos que podemos llegar por causar alguna sensación. "Style/ Never was much/ Never has been/ But the little bit that was/ Was all that we had" [el estilo/ nunca fue mucho/ nunca fue/ pero lo poco que fue/ era todo lo que teníamos], se lamenta Davies antes de ofrecerle a su público un buen consuelo. "You’ve all been watching too much television" [todos ustedes estuvieron mirando demasiada televisión], dispara antes de tomarse un trago fuerte. "Well, I’ll be in the public bar, minding my own business" [bueno, yo voy a estar en el bar, ocupándome de mis propios asuntos].
Es la actuación elegante y ganadora de un cantante y compositor que, en este álbum, por primera vez en su vida en el rock & roll, es realmente él mismo. Pero Davies es, como una vez escribió y cantó, "uno de los sobrevivientes". Tenemos suerte de todavía tenerlo.






