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La filosofía no sirve ni al Estado ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía. Sirve para detectar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene este uso: denunciar la bajeza del pensamiento bajo todas sus formas. ¿Existe alguna disciplina fuera de la filosofía que se proponga la crítica de todas las mixtificaciones, sea cual fuere su origen y su fin? Denunciar todas las ficciones sin las que las fuerzas reactivas no podrían prevalecer. Denunciar en la mixtificación esta mezcla de bajeza y estupidez que forma también la asombrosa complicidad de las víctimas y de los verdugos. En fin, hacer del pensamiento algo agresivo, activo y afirmativo. Hacer hombres libres, hombres que no confundan los fines de la cultura con el provecho del Estado, la moral o la religión. Combatir el resentimiento, la mala conciencia, que ocupan el lugar del pensamiento. Vencer lo negativo y sus falsos prestigios. ¿Quién, a excepción de la filosofía, se interesa por todo esto? La filosofía como crítica nos dice lo más positivo de sí misma: una empresa de desmitificación. Y, a este respecto, que nadie se atreva a proclamar el fracaso de la filosofía porque, por grandes que sean la estupidez y la bajeza, serían aun mayores si no subsistiera un poco de filosofía que, en cada época, les impida ir todo lo lejos que quisieran. Los filósofos supieron decir a los hombres lo que ocultaba su mala conciencia y su resentimiento. Supieron oponer a los poderes establecidos la imagen de un hombre libre.
Gran orador, pensador polémico, Gilles Deleuze (1925-1995) estudió filosofía en La Sorbona e integró la corriente estructuralista. Sus obras Diferencia y repetición (1968) y La lógica del sentido (1969) tuvieron una influencia importante en el pensamiento contemporáneo.




