
Heroe de la guitarra en el rock y el blues local, deja un legado indestructible: musica poderosamente salvaje, virtuosismo interpretativo y honestidad artistica.
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Hacia mediados de los años 60, un chico acaricia los finos pliegues de una indomable guitarra eléctrica. Tiene 14 años y no entiende de dónde parten las órdenes que conducen a las cuerdas. Las estira, las mueve con delicadeza y vuelve al tono que mejor acepta un equipito con forma de televisor sin pantalla. Afuera, el barrio es una siesta tranquila. Nada cambia en La Paternal. Sin embargo, la casa de la familia Napolitano conoce los primeros sacudones de un temblor subterráneo que acompañará al futuro guitarrista durante toda su vida. Tal vez hayan sido “Good Golly Miss Molly” o “Jenny Jenny”, canciones que en la voz de Little Richard contenían el plus de la excitación instantánea; o, como en el caso de Norbertito, tal vez haya sido abandonar las clases de guitarra criolla y enchufarse cada vez más a esa chica de madera que vibraba sin parar.
Primero son los discos de Los Beatles, y luego la malicia de los Stones, que desbancan a los de Liverpool porque tienen más blues en sus venas. Esos vinilos funcionan como guías telefónicas para descubrir bluseros perdidos: Bo Diddley, Muddy Waters, Buddy Guy y John Lee Hooker son los guardianes de interminables sesiones íntimas. Dale que dale a la guitarra, sólo queda formar un grupo y ponerse a tocar con los amigos del barrio. Un nombre y ya está: Los Buitres suena bien, pero el chico a quien le dicen Pappo va tan rápido que nadie puede seguirlo. El, en cambio, sigue a los tipos que tocan en los discos. Descubre a uno llamado Eric Clapton, que tiene voz de negro y toca la guitarra en Cream. Alivio. Es posible tocar blues sin ser negro.
En casa nadie sabe de dónde proviene esa herencia. Tal vez la conexión venga del Africa, acaso los italianos del Norte no fustigan a sus compatriotas sureños con el mote de “africanos”. Pero eso ofendería a los viejos y Norberto es un pibe respetuoso y familiero (lo será siempre), muy dispuesto a dar una mano en la empresa metalúrgica de papá. Hacer calderas es, al fin, como tocar rock & roll: mucho ruido y calor. Quién iba a decir entonces que el hijo menor del dueño de los Talleres Metalúrgicos Napolitano se convertiría en el mejor exponente del heavy metal argentino.
Pero falta mucho para eso. Ahora importan los discos y la viola. Jimi Hendrix, John Mayall y Jeff Beck completan la educación del bluesman precoz. Con esas ideas en forma de yeites, el trayecto entre La Paternal y Plaza Francia es un fugaz tránsito hacia un espacio liberado. En esos ratos al aire libre, Pappo encuentra a sus compañeros para forma Engranaje, pero la vida del trío se detiene en un breve suspiro eléctrico. Por esos días de bohemia y descubrimiento, un tal Miguel Abuelo lo invita a unirse a su grupo, Los Abuelos de la Nada. Ya cuentan con un simple, “Ana divaga”, y quieren armar una banda estable. Pappo tiene 17 años y es una celebridad: todos los músicos quieren zapar con ese pibe que toca como endemoniado. Después de algunos ensayos, Miguel abandona el grupo y el grandote de la guitarra se adueña de la banda. Tocan en La Cueva, y logran incluir un tema en un compilado para el incipiente sello Mandioca. Por primera vez, Pappo ingresa en un estudio y hasta se anima a cantar los versos de “En la estación”.
Hay tanta ebullición en al ambiente que los inconscientes pioneros se mezclan entre sí para demostrar que no están solos. Todo sucede muy rápido y hasta es posible ser parte de algo grande por un tiempo módico: durante apenas quince días, Pappo se convierte en el cuarto Manal, ocupando el lugar de pianista. Por qué no, si Liliana, su hermana mayor, es concertista de piano y siempre lo ha estimulado para que se anime a probar las teclas.
Pero otro destino aguarda al guitarrista. Los Gatos, la banda más importante del momento, se ha quedado sin violero y Pappo gana por varios cuerpos la plaza vacante en el grupo comandado por Litto Nebbia, a cuyo sentido del beat le infunde bullente sangre rockera, pese a cierta resistencia del líder rosarino. El romance dura poco, pero sus huellas digitales quedan registradas en dos discos y, sobre todo, en los tres minutos nueve segundos que dura el “Rock de la mujer perdida”, que incluye el solo de guitarra más explosivo del rock argentino. Si, en ese instante de inspiración, El Carpo hubiese desaparecido de la faz de la Tierra, nadie podría haberle negado una porción de gloria en las actas fundacionales del rock nacional.
"loco, no te sobra una moneda, quiero estar la vida entera escuchando rocanrol. Flaco, tengo un mambo que me caigo, y esta noche toca Pappo, no me lo puedo perder". La súplica del fanático de bolsillos modestos, una estampita frecuente en las puertas de acceso a los recitales bravos de la década del 70, se transformó en canción cuando Billy Bond grabó en Brasil, junto a los Serú Giran, “No te sobra una moneda”, tema que más tarde adquirió la entidad de himno guerrero en los primeros conciertos de los Serú.
Antes que el rock argentino fuera masivo, antes de las celebraciones de estadio y su liturgia pirotécnica, antes de la devoción desmesurada, Norberto Napolitano era nuestro Eric Clapton, pero era tan de acá que no fue necesario pintar en las paredes Pappo is God. Todo lo que ahora nos cuesta entender en materia de fenómenos inexplicables comenzó, a menor escala pero con idéntica fidelidad religiosa, en los años duros. El hombre de modales hoscos y corazón tierno generaba pasión futbolera entre los seguidores de las frases módicas y las notas precisas, claves elementales para ingresar en el planeta encantado del blues y proyectar fabulosas descargas eléctricas cuando el ritmo gana velocidad.
Por esos recovecos perdidos de los años iniciáticos, Pappo participó como actor de reparto en varias superproducciones: Los Abuelos de la Nada, Manal, Los Gatos y Billy Bond y La Pesada del Rock & Roll conocieron sus berrinches de guitarrista invencible y su honestidad artística. Pero ese fabuloso segundo plano quedó en el olvido el día en que Pappo descubrió que podía fundar su propia escuela de pensamiento. Con una digitación de otro planeta, redactó la guía elemental para el joven rockero argentino: los siete volúmenes de Pappo’s Blues son materia obligatoria en cuanto a originalidad, salvajismo y vuelo de un rock que por aquellos días empezaba a ponerse pomposo.
Después vendría Aeroblus y su forma testaruda de ser pesados cuando todos se pondrían jazz-rockeros. Al frente, un tipo corre rápido y nunca deja de volver al barrio. Ahí están sus afectos y los mimos de mamá, la que lo malcría y consigue convertirlo (a veces) en un amable troglodita frente a todos aquellos que se quejan de sus arrebatos violentos. No hay con qué darle, el Vikingo de La Paternal se reconoce en los fetiches básicos y no puede escapar a la Santísima Trinidad que domina al hombre suburbano: mujeres, fierros y cerveza.
“Después del rock no queda otra cosa”, se jacta en cada entrevista. Ni los viajes por Europa o los Estados Unidos pulieron esos modales que dejan pagando a periodistas miedosos o conductores fallutos, en algunos de los pasajes más desopilantes en la historia del periodismo fallido. Nunca fue aconsejable despertar su ira, mucho menos cuando empezaban a dominarlo sus clásicos monosílabos guturales.
Durante los años mas duros de la década del 70, El Carpo encendió una y otra vez el motor de Pappo’s Blues, una especie de Caballo de Troya privado siempre dispuesto a complacer a su amo y a arriesgar el pellejo en epopeyas de rock callejero, sucio y desprolijo para los modelos imperantes. En esa pequeña revuelta se preparaba el gran salto, sólo hacía falta cambiar algunas pilchas. En los tempranos 80, el guitar heroe esquivó el lugar común y pergeño una auténtica jugada maestra: la máquina de metal con nombre perfecto, Riff, la banda que no sólo representó un quiebre estilístico en la carrera de Pappo, sino que produjo la síntesis exacta de poder y bajos instintos, de glamour oscuro y seducción prepotente, en sintonía con un sonido que estaba cambiando el guardarropa y la velocidad del viejo heavy metal.
Mucho volumen y disturbios, músicos que se iban y otros que escapaban, pero allí estaban siempre Pappo y su inseparable amigo Vitico para instalar esas bacanales de pogo, locura y ruido pesado. Hasta los punks más radicalizados saludaron la apuesta del joven veterano. Como Pappo’s Blues, Riff siempre estaba de vuelta y en uno de esos tantos regresos el propio Lemmy (Kilmister), de Motorhead, tuvo el privilegio de compartir escenario con El Carpo.
Nadie lo igualó en eso de subirse a grandes escenarios: una noche, en el Madison Square Garden, el gran b. b. King lo presentó como uno de los grandes violeros de la historia del blues. Pappo pasó al frente y doble vuelta de solos para el tipo que esa noche tuvo que comprarse su primer traje. Ni siquiera ese piropo despeinó su melena azabache, y como tantas otras veces volvió al barrio para sumergirse en la fosa de mecánico y practicar cirugía menor sobre su Chevy de competición.
En medio de uno de esos retiros, algo cansado de perder en la ruleta de las regalías discográficas y otros males del mercado musical, Juanse, líder de Ratones Paranoicos, lo rescató del ostracismo para devolverlo al rock en un show memorable de los Ratones, como teloneros de Keith Richards, en Vélez. El gesto de Juanse alcanzó forma de disco doble y resolvió los olvidos de la mala memoria en Pappo & Amigos, una reunión de pesos pesados junto al dueño de la corona: La Renga, Divididos, Andrés Calamaro, Viejas Locas, Vicentico, Almafuerte, Andrés Ciro, Alejandro Medina y Moris, entre otros, capturaron más de cuarenta clásicos en una auténtica muestra de devoción en tiempo real.
Más o menos por esos días, Pappo siguió desafiando los códigos del rockero correcto. Los gestos atrevidos tuvieron cara de modelos, políticos antipáticos o empresarios sospechosos; cualquiera de ellos podía sentarse a la mesa de Norberto, que se burló de todos y hasta debutó como actor en la tira televisiva Carola Casini. Entre sus amistades más cuestionadas en los círculos rockeros figuraron Juan Bautista “Tata”Yofre, hombre fuerte durante la era menemista, y el empresario Jorge “Corcho” Rodríguez. Las razones de esos vínculos pueden ser muchas e inclusive muy primarias: el ex director de la side tiene una muy buena colección de discos; el empresario de pasado montonero toca la guitarra y ama las motos. En todo caso, Pappo nunca renunció a la posibilidad de provocar la reacción de sectores progresistas que ni siquiera conocían sus discos. “Cómo van a entender lo que digo o lo que hago, si nunca se detuvieron a escuchar mi música...”, arremetió con su vozarrón inconfundible.
Como dice Daniel Melero, por qué pedirles coherencia a los músicos, eso es para los funcionarios públicos.
Siempre la ruta. puede ser la mitica 66, que alguna vez lo llevó de gira con b. b. King por los Estados Unidos, o la ruta 5 donde no pudo esquivar a esa mañosa decisión del destino. Había zafado hace diez años camino a Luján, “Yo me estaba muriendo y el tipo salió de la luz así y me mandó de vuelta… Créase o no, los milagros existen”, dijo en la entrevista histórica que fue portada de Rolling Stone, en junio de 2000. Pero dicen que los milagros no se repiten dos veces. Desde hace unos días, los diarios y la tele no paran de hablar de la leyenda, esa horrible categoría que descarta los trazos finos de una trayectoria única y poco apta a las comparaciones. Porque mucho antes de morir Pappo ya era un clásico, pertenecía al Olimpo de esos artistas que sobreviven a cualquier moda y observan las tendencias como catástrofes de temporada, un signo inalterable como un rasgo de identidad. Un clásico: algo vivo, canciones que se niegan a envejecer y resuelven con destreza el paso del tiempo.
Cómo explicarle a un extranjero que “Fiesta cervezal” es un emblema de vida para un chico de Villa Celina o que “El tren de las 16” inició a más de un novato en la práctica de la guitarra. Emblemas invisibles, rastros de una adolescencia eterna y siempre esa pasión para plantarse ante la incredulidad de un medio hostil. Así jugó su parada Pappo, siempre sintiéndose algo incomprendido, siempre seguro de haber nacido en el lugar equivocado, siempre a la búsqueda de esa puertita invisible y tantas veces esquiva que conduce a la libertad. Subido a una moto, pegado a su Gibson Les Paul o a su Stratocaster y con una muñeca colgada del brazo. Un estilo de vida con el rock como manual de orientación y descubrimiento.
“Adonde está la libertad, no dejo nunca de pensar / Quizás la tengan en algún lugar, que tendremos que alcanzar”, cantó en “Adonde está la libertad”.
Como un sabio elemental, Norberto Napolitano se quedó con las frases simples y los solos imposibles.
Mientras, aquí, cada día nos quedamos más solos.




