Para todos los rosarinos, 1999 será el año del Gato
Reencuentro: en la vuelta a su ciudad natal, Leandro Barbieri recordó viejos tiempos, se emocionó y tocó ante 12.000 personas.
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ROSARIO.- No concuerda con el horóscopo chino, pero el 99 será recordado, al menos por los rosarinos, como el año del Gato.
El reencuentro de la ciudad con uno de sus hijos pródigos, el saxofonista Leandro "Gato" Barbieri, más que un acontecimiento artístico fue un rescate emotivo en el que no faltaron los abrazos, las palabras entrecortadas y las lágrimas.
El asistente encargado de recibirlo en el aeropuerto local el viernes último (un día antes de su actuación gratuita y al aire libre en el Monumento a la Bandera) decidió dar un paseo antes de dejarlo en el hotel. Quería mostrarle a Barbieri cuánto había cambiado la ciudad desde que la había abandonado para buscar su lugar en el mundo.
El coche rodeó el centro en busca del acceso norte y entró en la ciudad bordeando el Paraná. Gato pidió que detuvieran la marcha. Bajó del auto sin pronunciar palabra y caminó hasta el borde de la barranca. Se quedó allí un largo rato mirando el paisaje. Cuando volvió, tenía los ojos llenos de lágrimas.
Llegó al hotel agotado, pero su cansancio era menos físico que espiritual. Volver a Rosario lo había tocado, aunque prefirió no admitirlo: "A los 66 años lo que más me mata son los aviones. Me dejan extenuado".
En el hall lo esperaban sus primas, que él recordaba jóvenes e inquietas y que encontró algo cansadas por los años. Las saludó amablemente, aunque sin poder ocultar la sorpresa que le provocaba el encuentro. "Desde que tuve el by pass mi memoria es muy floja, me olvido de las cosas. A veces me pongo a hablar con alguien y en la mitad de la conversación ya me olvidé quién es y tengo que preguntárselo. Cuando toco me pasa lo mismo. A medida que avanzo me voy olvidando lo que toqué antes. Es una experiencia extraña, pero buena, siento que la música me transporta a un lugar que es como el cielo", se apuró a decir.
Un Gato en la oscuridad
Tras una ducha, Gato cumplió con uno de los ritos ineludibles de todo artista que pisa tierra rosarina: fue a cenar al Sunderland. Pero antes pasó por el Monumento a la Bandera. Su reacción sorprendió a todos:no hizo ningún comentario ni pidió recorrer el lugar. Lo miró al pasar, desapasionadamente, como si no lo reconociera.
Durante la comida, que se extendió más allá de las tres de la madrugada, se mostró como un hombre que prefiere escuchar a hablar, pero jamás deja sin respuesta una pregunta.
Compartió la mesa con el Negro Centurión, prócer de la bohemia rosarina y miembro dilecto de la célebre "mesa de los galanes" del humorista Roberto Fontanarrosa, quien se empeñó en preguntarle detalles sobre su infancia rosarina.
Pausado, gentil, Gato lo desalentó una y otra vez. "No me acuerdo", fue la respuesta que más veces repitió ante las insistentes preguntas. "Lo único que tengo bien presente es una tarde que fui a ver un partido a la cancha de Newell´s y se largó a llover", comentó, para tratar de complacerlo. "Fui a la popular, y aunque estábamos todos apretados, me empapé", añadió.
Con Newell´s en el corazón
El fútbol es una de las pocas pasiones auténticamente argentinas que Barbieri mantiene intactas desde que dejó el país. Hincha fanático de Newell´s, no perdió ocasión para comentar lo difícil que le resulta en Nueva York enterarse de cómo anda el equipo. "Deberían mandarme un diario todos los lunes para que me quede tranquilo", comentó a los directivos del club rojinegro, que le regalaron una camiseta del club de sus amores durante el acto oficial en el que se nombró al Gato artista ilustre de la ciudad.
El Patio Cívico del Monumento a la Bandera, una larga explanada de pisos de mármol donde, cómodas, caben unas 12.000 personas, ya estaba repleto media hora antes de que sonaron los primeros acordes de "Milonga triste". La gente recibió al músico con respeto y admiración, pese a que eran pocos los que conocían su trayectoria, más allá de que era rosarino antes de conquistar al mundo con el tema del film "Ultimo tango en París".
Poco a poco, Gato se metió al público en el bolsillo, con un jazz que resultó fácil de digerir, incluso para los espectadores que jamás habían escuchado hablar de Charlie Parker, Dizzy Gillespie o Miles Davis, y que, por ser un show gratuito, eran la gran mayoría.
Pese a las versiones deformadas, "El arriero" y "El día que me quieras" resultaron fácilmente reconocibles, acaso tanto como "Cuando vuelva a tu lado" , el tema que cerró el show y que se insinuó como una declaración de amor del músico a la ciudad que lo vio nacer.
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