
Película perturbadora
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"Irreversible" ("Irréversible", Francia/2002). Guión, edición y dirección: Gaspar Noé. Con Monica Bellucci, Vincent Cassel, Albert Dupontel, Philippe Nahon, Philippe Jo Prestia y Stéphane Drouot. Fotografía: Beno"t Debie y Gaspar Noé. Música: Thomas Bangalter. Diseño de producción: Alain Juteau. Presentada por Distribution Company. Duración: 95 minutos. Para mayores de 18 años.
Nuestra opinión: buena
Las películas del director argentino -residente en Francia desde los 13 años- Gaspar Noé son una trampa mortal para cualquier crítico. Su cine es tan premeditadamente provocador y políticamente incorrecto, tan irresponsable y al mismo tiempo tan potente y formalmente subyugante, que es pasible de ser defendido o defenestrado con la mayor vehemencia con sólo enfocar la mirada en su falta de escrúpulos o en su arrolladora creatividad, en su dudosa moralidad o en su capacidad para llevar al espectador a enfrentarse con sus instintos más primarios, con esa animalidad que el realizador intenta desvelar en lo más profundo del ser humano.
Antes de ahondar en este segundo largometraje de Noé -que en la comparación deja a esa sórdida y revulsiva opera prima sobre el racismo y el incesto que fue "Solo contra todos" como un capítulo de los "Teletubbies"- hay que advertir a los espectadores más conservadores o impresionables que "Irreversible" ofrece dos de las secuencias más brutales y devastadoras (al borde de lo insoportable) vistas en mucho tiempo: ya en una de las primeras escenas, Pierre (Albert Dupontel), amigo de Marcus (Vincent Cassell) y de Alex (Mónica Bellucci) golpea a un cliente de una discoteca gay con un matafuegos hasta desfigurarle la cabeza por completo. Pocos minutos más tarde, el director posa la cámara en un túnel peatonal en la madrugada parisina y registra en un plano fijo y en tiempo real la violación y degradación a la que es sometida la bella Alex.
Noé coquetea con las herramientas y los códigos del cine pornográfico y el subgénero de explotación donde reina la violencia gratuita, pero como estamos en presencia de un provocador profesional y de un experto del marketing, él sabe cómo transformar esas situaciones extremas en un engranaje fascinante (y pretencioso) de alto impacto que incluye un gran sofisticación y despliegue visual con un fondo sonoro que combina la música electrónica de última generación y la Séptima Sinfonía de Ludwig van Beethoven.
Para amplificar aún más el escándalo buscado, Noé convenció a una de las parejas más populares del show-business europeo (convocar a Bellucci-Cassell sería como reunir aquí a Pablo Echarri y Nancy Dupláa) para que protagonizaran escenas de altísimo voltaje erótico, que hizo las delicias de los jóvenes voyeurs franceses.
Narrada de atrás para adelante en la línea de "Memento" y construida con apenas una docena de sofisticados, prodigiosos y por momentos embriagadores planos-secuencia, "Irreversible" es una película de una circularidad perfecta diseñada por un esteta consumado como Noé, que intenta transitar el estilo y continuar esa mirada desencantada de su admirado Stanley Kubrick, mientras propone un desparpajo visual a lo David Lynch y una reflexión sobre el sentido de la violencia que remite a directores como Sam Peckinpah o John Boorman.
Se trata, en definitiva, de una simple historia de revancha (el protagonista quiere vengarse de la violación de su mujer) salpicada por los típicos condimentos de un triángulo amoroso, ya que en medio de la pareja protagónica aparece siempre Pierre (Albert Dupontel), el mejor amigo de Marcus y ex novio de Alex.
Acusado por sus detractores de exhibicionista, racista y homofóbico (los homosexuales y los travestis no salen demasiado bien parados del film), Noé resulta una presa fácil de aquellos irritados intelectuales que se centran en la responsabilidad moral del autor de una obra de arte y están muy poco dispuestos a perdonarle semejante grado de impunidad.
Pero más allá del debate ideológico, estético y hasta filosófico que inevitablemente despertará, "Irreversible" naufraga por momentos en la superficialidad de una propuesta que, especialmente si la película hubiese sido contada en el orden cronológico convencional, habría estado al borde de caer en la banalidad más absoluta. Queda claro, entonces, que no estamos ante la obra de arte radical y revolucionaria que sus admiradores sostienen, pero tampoco frente a esa bomba de tiempo que explotó, escandalizó e indignó a tantos tras su ya mítica premiére mundial en el último Festival de Cannes.




