Después de la inauguración con artistas extranjeros, el sábado fue el turno de la grilla local con Kapanga, Dread Mar I, Catupecu, Los Cafres y Las Pelotas y más
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"¿Quieren rock?", apura el Mono... y suena una bossa nova brasileña. "Esto es lo más rockero que tenemos", dice. Pero era un chiste. El plan, en realidad, es hacer "Rock", algo así como una declaración de principios muy al estilo Kapanga. Es decir, muy al estilo... rock. "¿Y qué es el rock?", se preguntaría otra vez Capusotto si es que quisiera hacer un sucedáneo de esos soliloquios absurdamente ciertos sobre las tensiones y contradicciones de lo que él señala como "un grito domesticado".
La situación es ideal: imaginémoslo parado sobre alguno de los puentes de la ex Ciudad Deportiva de Boca, que no es ciudad, ni es deportiva, ni tampoco de Boca, sino un gran predio privado que alberga espectáculos en donde los artistas sensibles le cantan a las iniquidades del mundo sobre escenarios montados a espaldas de la "Rodrigo Bueno", una de las últimas villas que ha acuñado como vestigio residual el orden y progreso de la gran metrópolis.
Pero ese es otro cuento. Uno surrealista, tal vez, en una era donde la función social de nuestro rock está delimitada por campos VIP, plateas VIP, parking VIP y demás denominaciones que, si compramos la película, nos hará sentir importantes hasta que agonice el último acorde y seamos acarreados como ganado hacia la salida por las fuerzas de seguridad.
Mientras tanto, eso sí, todo vale. Incluso, dejarse encantar por la energía que irradian las tablas, decodificando ese mensaje poderoso capaz de ubicarse por encima de las ridiculeces manifiestas. Y entonces vuelve el Mono, tan rockero como Elvis, Ramones, Led Zeppelin, Iron Maiden y todos los otros íconos que él y Kapanga veneran de a ratos o para siempre. Pocos entienden como ellos el concepto de festival, que sugiere fiesta, encuentro, celebración. Y, además, le aportan el magnetismo de su frontman, maestro de los maestros ceremonias, capaz de cantar "¡ándate a dormir vos, yo quiero estar de la cabeza!" en un velorio, logrando abstraer a los concurrentes con un hipnótico baile cuartetero.
Para ese entonces, cuando la noche estaba cayendo sobre el codo sur de Buenos Aires, la segunda jornada del Pepsi Music ya había rodado una intensa grilla por la que habían pasado La Franela (en un inmejorable momento de repercusión) o la versión 2.0 de Bersuit, en compañía ocasional de Tan Biónica para hacer "La Soledad". Y fue el turno de Catupecu Machu, que no es otra cosa que el inagotable viaje de Fernando Ruiz Díaz en un desangre público, la inmolación popular de un llanero solitario que desanda los rumbos de sus curiosidades, en otro momento compartido con su socio-hermano Gabriel y ahora expuestas al plebiscito popular de quienes abrazan piezas perturbadoras y sin estribillo como "El mezcal y la cobra" o canciones de lo más bonitas y radiables como "Magia veneno". Y, por supuesto, el éxtasis de petardos de alto impacto como "Dale!", probablemente el momento más enérgico de toda la jornada con una versión in extensum azuzada por Maikel y el Mono.
Mientras tanto, el reggae ofrecía un remanso en el escenario alternativo. Primero con Dread Mar I y su oda infinita a Jah, mezclada con canciones que nos han acechado en los últimos veranos y una banda de apoyo (Los Guerreros del Rey) que luce y reluce el trabajo vocal y escénico de quien fue parido bajo el nombre de Mariano Castro. Y luego, como preludio del número central, Los Cafres, portadores del primer gen reggae argento, si es que antes despojamos los esmeros discontinuos de Sumo y el slang inaudible de los primeros Pericos, no estos que tocaron a las 18.30 hs con el sol sobre sus cabezas sino aquellos que cantaban "El ritual de la banana".
Ya estaba entrada la noche cuando Las Pelotas tomó el escenario. Grupo curtido en estas lides desde los primerísimos Cosquín Rock (aquellos que, efectivamente, se hacían en Cosquín), y que supieron transitar los distintos formatos que el mundo del espectáculo le fue confiriendo a estos eventos a medida que ellos mismos iban redefiniendo su propio curso artístico y humano. Queda poco de aquella banda que saltó al escenario de la Plaza Próspero Molina con pedazos de CDs pegados en su remera como símbolo de protesta al mercado discográfico. Aún no habían sacado el exitosísimo Esperando el milagro (2003) y el ideario popular los tenía como una respetable banda de culto.
El recuerdo de Alejandro Sokol sobrevuela los aires (le dedicarán "¿Para qué?"), pero casi que podemos hablar de una banda nueva desde el preciso momento en el que salen a la cancha con "Cuantas cosas", una balada melanco del flamante disco Cerca de las nubes que poco guarda con las épocas en las que "Muchos mitos" era una fija en esas aperturas casi chamánicas, rituales y explosivas. Algún guiño al pasado lejano (el reggae "Si supieras", una marca registrada de la casa, "Corderos" o "Capitán América", otra vez con el Mono de Kapanga como convidado) y menciones varias en la memoria de Mariano Ferreyra y Jorge Julio López ("Desaparecido") redoblan el paso en un set pródigo con la era post-Sokol que, sobre el final, tendrá un giro inesperado.
"¡Aguanten los músicos de Argentina!", agitó Germán Daffunchio mientras aparecía Roberto Pettinato detrás suyo. La irrupción, fuera de los planes pero siempre probable, propició el momento Sumo de la noche a la carga de "Que me pisen" (en donde Petti se lució pelando su impronta freejazzera despojándose de los fraseos originales de la canción) y "El ojo blindado", en el que se sumaron otra vez el Mono y Maikel, además del aporte de todos los Catupecu, cada cuál a su juego (Fernando agitando a vena cinchada, Agustín Rocino arrojándose al público), tendiendo un puente trasgeneracional con aquellas etapas de los viejos festivales como el BARock y afines en las que eran costumbre las zapadas y las invitaciones entre artistas sin distinciones de carteles ni divismos infames. Un saludable recuerdo de épocas en la que la gente se distinguía, a lo sumo, por el largo de sus melenas, y no por el color de sus pulseras.
Por Juan Ignacio Provéndola
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