El multifacético Alejandro Tantanian: la vuelta a su rol menos conocido y por qué el teatro es aún un “milagro”
El prolífico artista estrenó Para no caer, vol. 1, la nueva propuesta en la que interpreta un repertorio que abarca desde Enrique Santos Discépolo y Celedonio Flores a Liliana Felipe y Vivaldi
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En lo que concierne a la actividad artística, Alejandro Tantanian se atreve a todo. O a casi todo. Acaso el título Para no caer, con el que se rubrica el nuevo espectáculo de canciones que lleva adelante junto al pianista y compositor Diego Penelas -un socio que lo acompaña desde 2008 en estas lides del canto que también lo involucra- defina buena parte de su esencia.
La propuesta, que se ofrece los jueves en Nün Teatro Bar, donde Tantanian despliega una de sus arraigadas aficiones -quizás la menos transitada- fue rubricada como una buena metáfora para pensarse en torno a la propia existencia.
“Me interesa la multiplicidad de géneros, pero siempre entendiendo que lo que canto me exprese, me defina de una u otra manera”. Desde 2019 que Tantanian y Penelas no ofrecen una propuesta de este tipo.
El hombre de canas determinantes y barba profusa recibe a LA NACION en su departamento de Belgrano R, donde libros, afiches, fotografías y una colección de búhos -dicen que dialogan con la divinidad- van equilibrando un mundo propio, íntimo, que deja en claro, por si hubiese alguna duda, por dónde transitan los intereses más profundos del dramaturgo y director que brindó -en ambos roles o desempeñando uno de ellos- piezas como Un cuento alemán, Los mansos, El corazón del daño o Los sensuales.
Tampoco se puede dejar de mencionar sus aproximaciones precisas al universo de Henrik Ibsen. o sus clases, tutorías y conferencias, algunas resumidadas en volúmenes como Tres clases (Blatt & Ríos), en torno a William Shakespeare, Tennessee Williams y Bertolt Brecht.
Imposible reseñar en pocas líneas su profusa trayectoria. Su trabajo se desarrolla tanto en el país como en América Latina y Europa, donde suele ser muy convocado. ¿Qué no hizo? Casi siempre alejado de convencionalismos y muy cerquita de la provocación.
Un camino posible
En 2002, ya siendo un consagrado hombre del teatro, se mostró, por primera vez de forma pública, en un espectáculo de canciones llamado De lágrimas, su debut como “frontman”, que se inició en el desaparecido Club del Vino. Luego llegarían De protesta y De noche.
-¿Dónde considerás que reside tu vocación por el canto?
-Mi padre escuchaba mucha música en su Wincofon y yo solía acompañarlo. Él cantaba muy bien, tenía un registro de barítono atenorado, con un caudal muy fuerte. Nunca estudió ni educó su voz, tenía un don natural. En las reuniones familiares le pedían que cantara, primero se negaba, pero luego brindaba su recital. Era un acting de cada reunión.
-En Para no caer, vol. 1, ¿hay algo del repertorio de tu padre?
-Sí, canto su hit “Granada”. Él tenía el disco de Mario Lanza y lo hacía igual. Mi madre siempre me pedía que lo incluyera, pero falleció antes que lo estrenara.
-Entonces, un homenaje a ambos.
-Absolutamente.
En el espectáculo emerge un repertorio variopinto que incluye creaciones de Vivaldi, Enrique Santos Discépolo, Celedonio Flores, Liliana Felipe y Boublil & Schönberg. Un itinerario trazado en torno a preferencias, ideas y un concepto que aglutina el todo como una suerte de “ Teoría de la Gestalt”.
En Para no caer, vol. 1, rinden cuentas desde “Maybe this time”, del musical Cabaret, hasta “Amor pirata” de Paz Martínez y “Asignatura pendiente”, que es de Ricardo Arjona y lo difunde Ricky Martin.
“Elegimos canciones que nos interpelen, siempre hacemos temas que nos gusta mucho hacer, por eso el grado de vitalidad que tiene el espectáculo”, indica.
-Como también se observa en tus roles de dramaturgo, director o actor, es evidente que no interviene en vos el prejuicio a la hora de pensar el repertorio.
-El desprejuicio se operó desde que comencé a cantar en el espectáculo De lágrimas.
-¿Estudiaste canto?
-Sí, cuando arranqué este periplo, me formé durante casi ocho años con Alicia Scaglia, una excantante del Teatro Argentino de La Plata.
Antes, su “escuela” fue su cuarto de adolescente. Allí, enfrentándose a la biblioteca e imaginando que los libros eran espectadores, desarrollaba su repertorio doméstico: “Cantaba los temas de Nacha Guevara, Valeria Lynch, Barbra Streisand y Marlene Dietrich. Ponía sus canciones y cantaba arriba de ellas como un marrano. Era algo privado, si mis padres abrían la puerta, dejaba de cantar inmediatamente”.
Símbología
A 12.000 kilómetros de Buenos Aires, La creación de Adán, el fresco de Miguel Ángel que ocupa un sector de la bóveda de la Capilla Sixtina, en los Museos Vaticanos, permite observar las manos de Dios y de Adán, con un breve intermedio de aire entre dos dedos extendidos pertenecientes al creador y al primer hombre. Inspiración que Michelangelo tomó en uno de los episodios del Génesis y lo plasmó alrededor de 1511.
Alejandro Tantanian encuentra en esa obra y en ese interludio de aire entre ambas manos, una sintaxis de la vida y de la creación artística. Una buena forma también para pensar la obra del dramaturgo, director, actor, cantante, docente y gestor cultural que suele no pasar inadvertido tanto por su obra en torno a las artes escénicas como por sus determinadas ideas en torno a la concepción de la actividad artística.
“Siempre hay una necesidad de taxonomizar, porque es más fácil para todos, incluso para uno mismo. Cuando me preguntan qué soy, a mí también se me complica la respuesta”, señala.
-Cuando completas una tarjeta de embarque, ¿cuál es la autodefinición?
-Decir “soy artista” es raro, así que pongo “director teatral”. Es lo que más ejecuto en los últimos años. Tengo un camino largo, que comenzó desde muy chico, ya no hay forma de desandar eso, tampoco quiero. Pero hay algo en la forma en la que fui hilvanando mi trabajo, donde casi siempre soy quien tracciona, entonces es muy difícil que te tengan en cuenta o te llamen para hacer. Eso, a veces, pesa un poco. No es una queja.
Formó parte del grupo de autores Caraja-jí y del colectivo El Periférico de Objetos. En su rol de curador ha dejado su impronta en diversos trabajos en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y fue, entre 2017 y 2020, director del Teatro Nacional Cervantes, espacio que, durante su gestión, pasó a denominarse Teatro Nacional Argentino. La marca TNA generó controversias. Lo suyo no son las medias tintas. Tómalo o déjalo.
-No opera en vos la posible división entre “lo culto” y “lo mainstream”.
-Vengo de una educación en teatro con una doxa muy fuerte. Tuve de maestros a Laura Yusem, Augusto Fernándes, Norman Briski, Juan Carlos Gené, gente con una forma de pensar muy arraigada y en un tiempo donde estaba muy dividido lo mainstream de lo artístico. A mis veinte años, uno de estos docentes me prohibió la entrada al taller cuando se enteró que trabajaría como asistente de dirección en una comedia con Rodolfo Ranni y María Valenzuela que se iba a hacer en Mar del Plata. Me dijo que me iba a “malograr”, pero yo tenía que comer, sobrevivir. Por otra parte, es una forma prejuiciosa de entender la otredad. A pesar de todo, me considero deudor de mis maestros, les debo todo.
Intérpretes como Marilú Marini se emparientan muy bien con su obra. Imposible no pensar en Sagrado bosque de monstruos, Todas las canciones de amor o en el más reciente El corazón del daño, el formidable monólogo que protagonizó la actriz, bajo las órdenes del director, tomando un material de María Negroni. Suele armar equipos consistentes.

-¿Cómo elegís a tus actores?
-Trato de reunirme con esa gente con la que uno siente que es familia. Sucede con los elencos y con los colaboradores artísticos y técnicos.
-En algunas de tus propuestas aparece lo coral como muy poderoso. Pienso en la reciente y provocadora El trágico reinado de Eduardo II, la triste muerte de su amado Gaveston, las intrigas de la Reina Isabel y el ascenso y caída del arrogante Mortimer.
-Era un espectáculo que necesitaba gente con hambre de hacer esos roles, fue una tarea difícil seleccionar ese elenco, pero, al hacerlo, nos dimos cuenta que todos estaban muy bien elegidos. Uno sabe que, cuando se elige elenco, tiene casi el ochenta por ciento del trabajo hecho.
Patricio Aramburu, Agustín Pardella, Sofía Gala Castiglione, Luciano Suardi y Lalo Rotavería fueron algunos de los protagonistas de esa versión del texto de Christopher Marlowe escrito en el 1500.

También régisseur, en 2024, despertó polémicas con el montaje de Theodora, de Handel, que se ofreció en el Teatro Colón con la presencia de Mercedes Morán. No faltaron los silbidos. De ser disruptivo y salirse del canon también se trata parte de su propuesta estética.
Caminos
Padres de origen armenio, rasgos de esa comunidad que también definen los trazos de su rostro: “Hijo único de una familia de clase media no acomodada y sin antecedentes artísticos de manera muy evidente”.
La rama materna emigró de Rusia en 1941 hasta tocar el Río de la Plata en 1950. Su padre, ingeniero civil, fue la primera generación nacida en Buenos Aires, proveniente de “una familia armenia de territorio turco”.
Nació en el Hospital Alemán, donde trabajaba su madre en el área administrativa, y se crio en esa zona liminal entre Versalles y Villa Luro. La intersección de las avenidas Lope de Vega y Álvarez Jonte fueron su ecosistema de pertenencia en su infancia y adolescencia.
“Mis abuelos maternos tenían un negocio de cortinas para baño, estaba mucho tiempo con ellos, porque mis padres trabajaban”. Como buen vecino de ese barrio, el cine Lope de Vega era un segundo hogar. “Los miércoles me pasaba toda la tarde allí, viendo tres películas”. Funciones “en continuado”, como se definía hasta la década del ochenta a esos programas múltiples de las salas alejadas del ejido de la céntrica calle Lavalle.
Con una suerte de “tía postiza” se anotó en un curso de teatro en la Universidad Popular de Belgrano que dictaba Carlos de Urquiza. Era un adolescente de trece años y su destino ya estaba sellado. “Ella dejó y yo seguí”. Vocación que le dicen. En simultáneo, continuaba cursando el secundario en el Colegio Nacional de Buenos Aires.
Su vocación era cursar la carrera de Letras, pero familiares y amigos lo convencieron de bucear por otros espacios. “A los 18 años, mis viejos me regalaron los 23 tomos de las Obras Completas de Singmund Freud (Amorrortu), así que me terminé anotando en Psicología, donde estuve más de tres años”. En simultáneo continuaba trabajando junto a Carlos de Urquiza y Manuel González Gil.
Su madre falleció hace pocos meses, pero su padre murió debido a complicaciones cardíacas, a sus 58 años cuando a su hijo le faltaban cuatro para llegar a los treinta. Recién a esa edad, el dramaturgo dejó su casa familiar.
“Con mi padre tenía una relación un poco tirante, como de adolescencia permanente, pero, durante el largo tiempo en el que estuvo internado, aunque no teníamos conciencia de una despedida, pudimos conversar mucho, por eso no me quedó ningún sabor amargo”, dice.
“Ahora que soy ciento por ciento huérfano, me dedico mucho tiempo a pensar esas dos relaciones fundantes con mis padres. En Para no caer, hay algo de todo eso que se juega allí, con un tono muy íntimo”, agrega.
-Te percibo de “armas tomar”.
-Me perciben así, pero no me veo de esa forma.
-¿No?
-Creo que esa percepción tiene que ver con la autogestión, con defender el propio trabajo, el lugar. Me cuesta ser empleado, aunque lo puedo ser.
-¿Considerás que tenés muchos “enemigos” en el medio?
-No, creo que no. Hay gente que me caer mejor y otra no tanto, pero el medio es muy chico y “enemigo” es una palabra muy fuerte.
-¿Cómo te llevás con la competencia de un medio donde todos, o casi todos, se conocen? ¿Cómo se gestionan los egos?
-Es difícil. Así como lo puedo decir de mis abuelos y de mis padres, también me considero una buena persona, trabajo para eso. Uno puede herir a alguien, pero trato de ser muy cuidadoso con mi comportamiento, de defender una ética en torno al trabajo, de cumplir con mi palabra. A veces, en un medio que te obliga a otra cosa, sostener eso es difícil.
Su yo
“De manera muy larvaria y, quizás, hasta poco consciente, siendo chico comencé a militar la causa Lgtbiq+, porque me definía a mí. Dije cosas no muy atendibles o aceptadas en un momento donde no se hablaba tanto de estos temas. Eso también genera algo alrededor, no sos visto de la misma manera”, plantea.
En ese sentido, considera que aún hoy hay cuestiones para pensar socialmente: “Creo que, siendo un director abiertamente homosexual, dirigiendo un teatro ´tan macho´ como el Teatro Nacional Cervantes, fue algo complejo, pero no me victimizo. Uno se define, cualquier acto tiene consecuencias y hay que bancárselas”.
-A lo largo de tu vida, ¿has padecido con recurrencia la discriminación por tu orientación sexual?
-Sí, en los últimos años de la escuela primaria lo sufrí. A esa edad ya era visible algo de mi comportamiento.
-¿Cómo se procesó en vos?
-A mis quince años, mis padres me enviaron a estudiar idioma a Suiza, era una residencia grupal para perfeccionar los idiomas francés o inglés. Me había comprado una cámara Super 8 y aproveché el viaje para filmar una película.
Cuando le pidió a un compañero de viaje que rodara una secuencia teniéndolo al propio Tantanian como protagonista ad hoc, observar ese material le generó cierta incomodidad: “Cuando revelé la película, me vi con cierto amaneramiento y ahí pude entender por qué se burlaban de mí, fue un shock”.
-¿Cómo incidió en tus comportamientos futuros?
-Empecé a hacer un cambio para que eso se borrara. Estaba muy atento a ver qué hacía, cómo me movía.
Buscó disimular aquello que hacía a la esencia más profunda de su ser y que vivía de manera pecaminosa debido a la mirada del afuera, tan condicionante y nociva. No eran tiempos de ciertas libertades. “En quinto año del Nacional de Buenos Aires salí del closet y les conté a mis tres amigos más cercanos que era gay”.
-¿Cómo reaccionaron?
-Se alejaron de mí, se fueron. Todo siguió siendo muy difícil. Mi generación está muy marcada por eso. Pero hay algo que no se termina, aún hoy, hay chicos que sufren mucho.
-¿Estás en pareja?
-Sí, con Ernesto empezamos a salir en enero de 2003. Somos muy felices.
-¿Están casados?
-No, pero es como si lo estuviéramos.
Tantanian y el fotógrafo Ernesto “Tuqui” Donegana conviven en el departamento de Belgrano R que luce impecable. “Somos obsesivos con eso”. Luz por todos lados y un cuarto que es el estudio del dramaturgo. “Allí paso todas mis mañanas, trabajando frente al teclado”. Desde ya, no faltan las fotos de “Tuqui” sembradas en todos los espacios.
-¿Cómo ves el presente de nuestro país en torno a pensar las cuestiones de género y a determinados colectivos?
-Es un momento muy difícil. Creo que hay que entender profundamente este momento y no solo andar berreando y puteando, algo que también se hace, pero no debe ser lo único.
-Entonces.
-Me parece que hay que empezar a imaginar un futuro, creo que es necesario. El arte es una herramienta poderosa para hacerlo, por eso el ataque a determinadas maneras de hacer. Son momentos complejos que hay que atravesar con conciencia y con la posibilidad de revertirlos. Todos sabemos quién es quién y qué hace cada uno. Yo no me voy a tirar en contra de nadie, cada uno tiene su mirada, para bien o en contra de las personas que tienen a su cargo el destino de las instituciones y del país. En mi caso, lo que decido es activar, desde donde se pueda, un discurso que posibilite pensar e imaginar un futuro distinto, empático, donde el humanismo no sea una mala palabra. El teatro sigue siendo, es, un reservorio increíble de la fuerza de lo humano y hoy tiene categoría de “milagro”. Por otra parte, hay que pensar otras formas de gestionar, nada nuevo sale de lo viejo. Se trata de una responsabilidad individual. Pensando en el actual gobierno, me pregunto dónde está el cambio que prometieron. No hay ningún cambio, hay más de los mismo de aquello que ya había, disfrazado con piel de cordero.
Para agendar
Para no caer, vol. 1. Jueves a las 21 en Nün Teatro Bar (Juan Ramírez de Velazco 419)
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