
Facundo Arana: el regreso de una obra entrañable, los dolores que forjaron su fe y por qué evita hablar de “separación”
El actor volverá a protagonizar Visitando al Sr. Green, esta vez junto a Jorge Suárez, y bajo la dirección de Santiago Doria
Un latiguillo acompaña el decir de Facundo Arana. “¿Sabés?”, es el corolario de algunas de sus frases. Un modo. “Quizás sean como señaladores en un libro que se está escribiendo”, intenta apurar una explicación cuando se le remarca el modismo semántico. Ese volumen impalpable en el papel, su bitácora de vida, acumula 54 episodios, si fuera acaso posible discernir cada año de su existencia en un capítulo que conforma ese texto que se sigue redactando.
El actor solicita una lágrima en tazón y “algo salado para comer”, mixtura que le permitirá recobrar energías, luego de una jornada que lo tuvo de aquí para allá, en medio de los ensayos de Visitando al Sr. Green, la pieza del norteamericano Jeff Baron -vecino ilustre de Manhattan- que volverá a protagonizar desde el miércoles 9 de septiembre, en la misma sala del Multiteatro donde la obra se estrenó hace dos décadas. Aquella temporada resultó un éxito en base al exquisito planteo del material y a la dupla que había conformado con el recordado Pepe Soriano.

Nuevamente, el reconocido director Santiago Doria -incansable prócer de la escena nacional- tomó las riendas del proyecto para imprimirle tono propio, cercanía. El papel del señor Green -que interpretara Soriano- ahora será encarnado por Jorge Suárez, marcando su regreso a la labor teatral luego de un paréntesis obligado por razones de salud.
“Además del ´¿sabés?´, cuando pienso aparece el ´este´, algo que me permite armar la siguiente oración”, sostiene, mientras valora que su interlocutor haya percibido algunos de sus modismos. “Mirá qué escucha tenés”, señala.
En Visitando al Sr. Green interpreta a Ross Gardiner, un joven ejecutivo neoyorquino que, tras un incidente de tránsito en el que casi atropella a un hombre mayor, viudo y solitario, es condenado por un tribunal a visitarlo una vez por semana durante seis meses para asistirlo en las tareas que necesite. Lo que comienza como una obligación incómoda enfrenta a dos hombres separados por la edad, las costumbres y formas muy distintas de entender la vida.
-Ross Gardiner se pregunta por la vida.
-Está en el medio de la vida que pudo armar, en un mundo donde tuvo que hacer demasiadas concesiones. Sin quererlo, se encuentra frente a una persona que, justamente, no ha sabido hacer concesiones. Esos dos mundos se vinculan y uno no puede imaginar que puedan tener algo en común.
El Sr. Green y Ross Gardiner se paran en pensamientos de la vida bien diversos. Antípodas. Dos décadas después de aquel estreno en Buenos Aires, el planteo de la pieza resuena, ya no solo vigente, sino redoblado en sus ecos, a partir de una sociedad que se esmera por encender algunos individualismos feroces y la brecha entre la vida activa y aquello que nomenclatura con eufemismo como “personas mayores”.
-Se trata de romper la otredad para ir en busca de la alteridad, conceptos desarrollados por la antropología social.
-Romper las edades, poder entender que en un abrazo y en una mirada está todo y que para eso no hay edad, cuando es sincero y fraterno. Ahí queda implícita la mejor versión de cada uno.
-El material habla sobre la posibilidad de conocer al otro y, a partir de esas revelaciones, poder entenderlo. El desconocimiento echa leña al prejuicio.
-Hay que sentarse frente a lo que no se entiende para poder entenderlo.
-Ponerse en los zapatos del otro.
-Eso nos interpela. La obra es un regalo, no es una lección de nada. El material no juzga, no levanta el dedo acusador.
-Esta vez, jugarás el partido junto a Jorge Suárez.
-Vuelve luego de un largo tiempo sin hacer teatro, por fuerza mayor, para mostrar toda esa potencia que tiene como artista, tiene tantas ganas de regreso, viene con una leche. Ser copiloto de ese “animal” es un honor muy grande para mí.
Se envalentona al recordar que la última vez que vio a Pepe Soriano fue cuando se bautizó al teatro municipal de la localidad de Benavidez con el nombre del actor. “Dentro de cien años, esa sala seguirá estando ahí y recordándolo”.

También aparece la emoción cuando piensa en voz alta el vínculo con Santiago Doria, el director que lo vuelve a conducir en los destinos de Ross Gardiner: “Es lo siguiente a extraordinario”.
-Superlativo.
-Es maravilloso, un tipo amoroso en la dirección, pero firme en sus decisiones, porque sabe lo que quiere. Su trabajo es dirigir, no se trata que uno le tuerza el rumbo. Escucha y, si algo le suma, acepta. Lo interesante es ponerse flojo para poder hacer lo que el director desea.
-Eso implica contar con un actor disponible física y emocionalmente.
-Absolutamente, jugando con el cuerpo y con los tonos.
-¿Sos dócil?
-Me encanta, es perfecto poder ponerte como instrumento para que el director pueda mostrar la obra que soñó. Cada noche, los aplausos los recibe el actor, pero el titiritero es el director.
El tema
Si esta entrevista fuese una aeronave a punto de despegar, los pilotos cumplirían con el checklist de rigor. En este caso, el protocolo periodístico indica que se deben sondear algunas zonas personales del entrevistado. Espacios que siempre ha intentado mantener en reserva, a pesar de su envergadura pública.
Para el actor es más sencillo sentarse en cuclillas sobre la cima del Monte Everest que pensar en voz alta sobre su vida matrimonial. Facundo Arana y María Susini iniciaron su relación en el año 2007. En 2012, con sus hijos India (18), Yaco (16) y León (16) como testigos, se casaron en el contexto de una ceremonia íntima que luego se coronó con una celebración con familiares y amigos.
En los últimos meses, la pareja fue noticia por algunos vaivenes que confluyeron en la separación, aunque no fueron pocos los intentos por la recomposición del lazo. “Nunca pensé que el estado de mi familia iba a ser un tema de contenido de notas”, se ataja, pero sin molestarse.
-Sos una figura pública con un alto nivel de popularidad, no debería sorprenderte el interés por que se conozcan aspectos de tu vida personal.
-Sí, es cierto, pero nosotros hemos sabido conservar a nuestra familia, incluso cuando estábamos expuestos, pero siempre en la nuestra.
-¿Estás separado de María Susini?
-Tengo para decirte que, cuando encontraste al amor de tu vida y pudiste vivir tu historia con esa persona, te ganaste la eternidad. Entonces, la palabra “separación” no preocupa cuando viviste todo eso. Con hijos que son frutos de ese amor, tenés tanto que hacer y cuidar. Lo que nos pasó en todos estos años es eternidad, es un para siempre. No todo el mundo consigue un “para siempre”, yo lo conseguí y, por eso, no puedo decir “estamos juntos” o “estamos separados”, son palabras que le quedan muy chicas a todo nuestro universo; trasciende todo eso. Si dormimos en la misma casa, pero en cuartos diferentes, ¿estamos separados? Si compartimos la cama, pero uno mira para un lado y el otro le da la espalda, ¿estamos separados?
-Se puede compartir todo y, sin embargo, estar anclado a una relación indeterminada o acabada.
-Eso mismo te iba a ejemplificar. Cuando uno conoció la eternidad del amor de su vida, no hay más que hablar, ni siquiera hay incomodidad.
-Hace pocas horas, le dijiste a un cronista de un programa de espectáculos que no podía aparecer otra persona en tu vida. ¿No es una aseveración extrema tratándose de un hombre de 54 años con mucho por delante?
-No se trata de un reemplazo de tu esposa, sino que pueda aparecer otra mujer en el camino. No tendría nada de reprochable.
-Es que no hay búsqueda. Mi eternidad ya la poseo. Puedo compartir momentos con un montón de gente, pero tengo el amor de mi vida, no quiero y no me interesa buscar otro.

-¿Cómo te llevás con la fama?
-De manera maravillosa.
En términos deportivos -que le calzan como anillo al dedo- se encontraba surfeando la cresta de una ola inmensa como fue la tira Padre Coraje -y ya había formado parte de éxitos como Chiquititas, 099-Central, Muñeca brava, Yago y hasta trabajado bajo la mirada de Alejandro Doria, Diana Álvarez y María Herminia Avellaneda-, cuando su madre lo invitó a compartir una mateada. “Me sentó y me preguntó ´¿qué onda?´”.
-¿Qué onda?
-Le respondí “mami, es la ola perfecta de Nazaré (enclave de Portugal), la estoy surfeando, es inmensa, estoy ahí arriba y muy preparado, pero, cuando esta ola termine no será así de grande, llegará a la costa y un bebito de dos años va a recibir el agua que metros atrás era la ola más grande del mundo. En algún momento, yo también voy a salir caminando con el agua en los tobillos, muy feliz de haber surfeado la ola”.
-También podés darte un porrazo y caerte de la ola o que el mar te devore.
-Los afectos, la familia, los buenos compañeros, la gente que te manifiesta afecto son la tabla para surfear sin caerte. Cada uno tiene su ola y su tabla. Lo único que me exijo es darlo todo con una sonrisa.
Cuestión de tiempo
Su camino recorrido fue fructífero y heterogéneo, con buenos paréntesis para dedicarse a sus otras aficiones, como la práctica deportiva o la ejecución del saxo. Si bien su masividad es producto de su paso por la ficción televisiva, lo cierto es que el teatro, desde hace dos décadas, se ha convertido en un refugio donde canaliza deseos y aspiraciones artísticas.
-Dos décadas después del estreno de Visitando al Sr. Green, Facundo Arana es otra persona y, en definitiva, otro actor.
-Sí, claro.
-El personaje te debe interpelar de una manera diferente a como lo abordaste a tus 34 años.
-Lo hago con mucho amor, ¿sabés? No juzgo a ese Facundo que hacía su primera obra de teatro, luego del éxito de Padre coraje, y subiéndose a un escenario junto a Pepe Soriano en una obra de dos personajes. No sólo no me juzgo, sino que me aplaudo y me abrazo.
-Fuiste valiente al debutar arriba de un escenario de esa forma, podrías haber elegido un camino más orgánico a las criaturas de ficción que transitabas en televisión, asumiste el riesgo. ¿Considerás que ahora lo vas a disfrutar de una manera más acabada?
-No lo sé, siento que es otro momento de la vida, es como tomarte un vino con alguien luego de veinte años. En aquel estreno, era el mejor vino de entonces y hoy, ese mismo vino, está añejado. Con Pepe (Soriano) fue un “vinazo” y con Jorge (Suárez) será un “vinazo”. Voy a abrazar a aquel Facundo que se tiraba de cabeza, es que no sé vivir de otra forma.
-Valga la metáfora, dada tu afición por el montañismo, las últimas décadas de tu carrera también te permitieron explorar algunas cornisas.
-Así es, pero sin ponerme en peligro, caminando despacio y guardando el aire cuando hay que guardarlo. Aunque, cuando es el momento de saltar, lo hago de cabeza, amo eso.
-Sin que eso implique la irracionalidad.
-Jamás, por eso elegí el arte. En el arte no hay riesgo.
-En tal caso, no habrá un riesgo nocivo, sino que se trata de peligros saludables.
-Exacto, es el riesgo hermoso de encontrarte con gente maravillosa que te va a abrazar y que eligió jugar como vos, como cuando éramos niños. Ahora el juego es profesional. El arte es una forma de vivir, una elección de vida. Es la búsqueda para que el alma sonría. Me nutre, me acompaña.
Llegó a cimas naturales a las que pocos llegan con el disfrute de un águila y surfea los mares con la naturalidad de un pez. Conoce los vaivenes de la falta de oxígeno -alguna vez un helicóptero lo salvó de una ladera inconmensurable- y, si el paso cansino le permite escalar millas verticales, la velocidad sobre su moto le imprime otro tipo de vértigo pisando tierra firme.
-El escenario es una forma de riesgo, otro tipo de abismo.
-Me gusta escalar, caminar, meterme en paisajes increíbles y coleccionarlos en mis retinas, respirar aires helados que me llenan los pulmones; saber cuándo avanzar y cuándo detenerme; cruzar las rompientes, surfear olas, nadar bajo el agua y saber hacer apneas; volar un avión y estrellarme contra una nube; agarrar la moto y recorrer rutas; instalarme con una casa rodante en el faro Querandí. Todo eso es maravilloso. Imagino historias que luego escribo en mi casa, pero que nacieron en medio de esa naturaleza. No son desafíos, es aventura, quiero que la vida sea una aventura.
Enumera aquellas lecturas juveniles que le embebieron acción. En el muestrario aparece Nippur de Lagash, entre tantas tiras. “Me hice dibujante, con el lápiz sobre el papel durante veinte horas por día”.
-¿Qué dibujabas?
-De todo, desde esqueletos, con puntillismo, hasta gente surfeando o andando en skates, personas en la Guerra de Vietnam.
Se detiene en la descripción de armas, justo el hombre que hizo del amor y paz una bandera. “Investigaba todo eso para poder dibujar la acción y la mirada”. Habla de los ilustres Caloi, Quino, Roberto Fontanarossa y de aquellos personajes que hicieron historia en el mundo del dibujo y la historieta nacional. “Todos conservaron aquellos primeros trabajos tan diferentes a lo que lograron después, porque todo es parte del camino”.
-Así como no lo hicieron los referentes del dibujo, ¿renegás de algo que hayas hecho?
-No reniego de nada. ¿Sabés por qué?
-Decime.
-Enfrente mío tenía actores maravillosos que me sostuvieron cuando no tenía con qué resolver algunas escenas. Había camarógrafos que movían la cámara, como si se hubiesen equivocado ellos, para que yo pudiera repetir la escena que me había salido mal. Cuando hacían eso, me miraban por detrás de la cámara y me guiñaban el ojo.
-Hermosos gestos.
-Hubo sonidistas que metían el “boom” (micrófono que pende de una caña) en cámara para que se tuviera que repetir una escena que yo podía mejorar. Y se cagab… de risa. Cosas que luego nosotros hicimos con los que vinieron detrás nuestro.
-Una mirada hostil puede inhibir una carrera. En el Conservatorio Nacional, un maestro le dijo a su alumno Alfredo Alcón que no servía para el oficio de la actuación.
-Hay actitudes que pueden matar a un artista. Si me vas a enseñar a bailar, no necesito que me estés gritando mientras me sangran las puntas de los pies, necesito que me abraces y que me digas “vas a poder, creo en vos”. Eso forja. Lo otro, en cambio, construye dementes.
La lágrima en tazón con “algo salado” llega acompañada por nachos, variedades de hummus, huevos y delicias dulces. Arana convida y va probando los manjares de ese almuerzo tardío o la merienda agridulce anticipada en un reservado de un coqueto café de ese Palermo tradicional y borgeano.
Modos
-A pesar del rol de galán que has ejercido durante muchos años y de exhibir un físico trabajado, lo cierto es que no has sido un actor cosificado o al que se lo emparentó con resonancias eróticas.
-Nunca me cosifiqué.
-El medio tampoco pudo hacerlo.
-Cada cual con su librito. Hay gente que no buscó eso y, sin embargo, el medio la cosificó. A mí me funcionó, aunque me hacían entrenar, ponerme enorme y tener determinada cintura.
-El protocolo del galán.
-Fue un tiempo que disfruté como loco, lo tengo como una medallita preciosa. Lo hice con toda mi alma y lo mejor que pude. Tuve compañeras maravillosas que hicieron que ese galán brillara.
-En tu cuenta de Instagram, subiste una foto en el estreno del film Yo, Narciso y Natalia Oreiro, su coprotagonista, comentó “gracias por estar siempre”.
-Nos lo decimos mutuamente, ella ha estado en momentos muy difíciles míos.
-A partir de la ausencia de ficción en la masividad de la televisión abierta, el productor y empresario Carlos Rottemberg encendió una señal de alarma mirando hacia el futuro, dejando entrever que, dentro de un par de décadas, no habrá celebridades muy populares que pueblen las marquesinas. ¿Lo compartís?
-No me atrevo a contradecir la opinión de una persona como Carlos (Rottemberg), quien es un gran pensador y con mucho sentido común, pero tengo mi propia opinión.
-A saber.
-¿Cuántos años tienen las plataformas y cuántos lleva la televisión? Quizás, dentro de un buen tiempo, la plataforma ocupe un lugar de reemplazo, lo que es seguro es que lo que suceda con las plataformas será mucho más vertiginoso, con respecto al camino de más de setenta años que lleva la televisión. De todos modos, más que escucharme a mí mismo, lo escucho a Rottemberg, quien tiene humanidad de bien y sentido común. Así como lo escucho a él, también lo escucho a Gustavo (Yankelevich).
-A propósito de Gustavo Yankelevich, compartiste la experiencia de Chiquititas con su hija Romina Yan (fallecida en 2010), ¿la recordás a menudo?
-La recuerdo siempre, Gustavo (Yankelevich) y Cris (Morena) nos acogieron a muchos. Luego lo tuve a Tomás (Yankelevich) como gerente de programación de Telefe. Romina es parte de mis oraciones, es parte de aquel Dios al que le hablo.
-Gustavo Yankelevich, en su rol de padre, da testimonio de señales tangibles que le manifiesta su hija. ¿Te sucede algo similar?
-No me pasa, pero disfruto enormemente cuando eso le ocurre a Gustavo (Yankelevich).

-¿A qué le tenés miedo?
-A que cualquiera de mis seres queridos tenga una enfermedad o padezca la infelicidad.
-La peor de las enfermedades.
-Porque acarrea a todas las otras. Hago la mayor fuerza posible para que mis hijos vivan la aventura de sus vidas con felicidad y no como pueden, sino como quieren. No es fácil, pero les pido que pongan motor a fondo y no les interpongo, y su madre tampoco, ninguna barrera por delante. Saben qué está bien y qué no, y son los pilotos de sus propias vidas.
Atravesó en su juventud primera un tipo de cáncer en el sistema linfático y, ya en la adultez, le extirparon de su piel carcinomas en estadio temprano. Es un militante de la donación de sangre y del cuidado de la salud. Habla con conocimiento de causa.
-El filósofo Baruch Spinoza pensaba a Dios como sustancia infinita, la totalidad de la naturaleza. Percibo que, en tu caso, bien vale asociarte a ese ideario.
-Le pedí a Dios por mi vida, por la de mi papá y hasta le pedí que se lo llevara porque le había llegado ese momento. Cuando María (Susini) estaba embarazada de nuestra primera hija, le pedí por su felicidad y luego Dios me bendijo con los chicos que llegaron después. Tengo mis manchas y mis sombras, mis cielos y mis infiernos, pero sería un gran hipócrita si no le agradeciera por todo aquello que le pedí y que es lo más sagrado de mi vida. ¿Sabés?


