A los 83 charló con ¡Hola! sobre la enfermedad de su hija Sandra, los grandes amores de su vida, y sobre su relación con su hijo, el jefe de Gobierno
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Su nombre es Francisco, pero siempre lo llamaron Franco. Y mientras en el mundo de los negocios es Macri a secas, para sus quince nietos es simplemente "Abuelo", aunque no uno convencional. Desde que llegó a Argentina, hace sesenta y cinco años, oriundo de Roma, trabajó para convertirse en uno de los empresarios más importantes y poderosos del país y hasta hoy su pasión por el trabajo no le permite detenerse ni un segundo. A los 83, después de haber delegado su holding, Sociedad Macri (Socma), a sus cinco hijos, Mauricio (54), Sandra (53), Gianfranco (50), Mariano (46) y Florencia (29), Franco se dedica a estrechar relaciones entre China y Latinoamérica. "Soy un hombre feliz porque amo lo que hago", reflexiona desde la sala de juegos de su departamento en Manantiales, el complejo que fundó hace cuarenta años, "un oasis en medio de la costa", como lo describe él mismo. Sereno, paciente y sincero, Franco se dispone a la charla con ¡Hola! Argentina.
–¿Qué se siente ser un empresario tan reconocido y también tan cuestionado?
–Siempre estuve expuesto y, lejos de los negocios, se me ha vinculado en muchas oportunidades con la política y el jet set, pero yo siempre estuve enfocado en mi trabajo, mis empresas, mi casa o mi familia. Aunque no lo crean, siempre estoy un poco encerrado en mi mundo, por más que me hayan asignado fantasías de todo tipo y especie, no fueron tantas.
–Pero sí ha vivido según sus propias reglas.
–Digamos que trabajé mucho y el trabajo me dio plata, comodidad, la posibilidad de hacer grandes fiestas... Con un poco de modestia, siempre digo que fui un visionario y he hecho cosas buenas, como por ejemplo este complejo en Manantiales, un lugar que adoro porque mis hijos crecieron aquí. Cuando nadie salía del centro de Punta del Este, aposté a este lugar. Siempre intenté abrir la apuesta, en todos los ámbitos. Soy inquieto y me gusta hacer algo más de lo que ya está hecho. No por nada, durante casi treinta años fui el máximo empleador de Latinoamérica y el encargado de traer la telefonía celular a Argentina. Esta inquietud ahora me llevó a China, un país que conocí hace veintiocho años, donde invierto hace veinte y llevo diez trabajando intensamente.
–¿Cree que alguna vez dejará de trabajar?
–Cambiar es muy difícil y soy un hombre feliz. Tal vez en los últimos años soy más filósofo que empresario. La plata ya no es un objetivo para mí: yo hago sin pensar si voy a ganar o no, y eso me permite estar tranquilo.
"UN LEON ENJAULADO"

Considerado un auténtico heartbreaker, Franco siempre tuvo a su lado mujeres bellísimas. Junto a Alicia Blanco Villegas tuvo cuatro hijos: Mauricio, Sandra, Gianfranco y Mariano. Mientras que de su relación con la psicóloga Cristina Grieffer atesora a la más mimada de la familia, Florencia. Tuvo conquistas cuestionadas, principalmente por la diferencia de edad.
–¿Tiene buena relación con todas sus ex parejas?
–Hablo maravillas de pocas. Evangelina [Bomparola] es una de ellas, una mujer espectacular. Esa separación para mí fue muy dura. Terminamos porque, obviamente, ella quería tener un hijo y para mí era una etapa concluida. Sigue siendo una de las mujeres más importantes de mi vida, pero tuve que dejarla ir porque yo sentía que ella tenía que ser madre y no podía darle eso.
–¿Solo de ella tiene buenos recuerdos?
–[Se ríe]. ¿Esta parte de la entrevista sería la parte de "política" o de "negocios"?
–De amor.
–Vuelvo a responder que mi libido está puesta en el trabajo y en la familia.
"Hablo maravillas de pocas ex parejas. Evangelina [Bomparola] es una de ellas, una mujer espectacular".
–¿Qué puede decir de Nuria Quintela? Ella sigue estando a su lado y es su mano derecha en China.
–Mi relación íntima con Nuria fue casi nula. Realmente es una mujer excepcional y ella, –sin ser mi pareja ni nada– se instaló en China como mi asistente y "corresponsal" durante casi siete años. Fueron momentos duros para ella y sufrió mucho el desarraigo, estaba sola, con gente que no hablaba ni inglés. Pero es una mujer que no le teme a los desafíos. Incluso cerró sola negocios importantes en China y lo hizo brillantemente. ¿Cómo no voy a confiar en ella?
–¿Siempre estuvo rodeado de mujeres con mucho carácter?
–Más o menos, siempre tuve mujeres muy dulces. Creo que donde hubo amor, no hubo problemas.
–¿Le resulta difícil estar soltero?
–Es una decisión personal, nadie me obliga. Digamos que me encierro… Soy un león, pero enjaulado. [Se ríe].
PADRE DE FAMILIA

Lo que dice lo sostiene con firmeza y así decidió referirse al vínculo con su hijo Mauricio. "Ahora estoy metido en un lío porque en una entrevista dije que tenemos que tener un presidente joven, aunque sea de La Cámpora, pero publicaron que yo no quería que Mauricio sea presidente", asegura.
–Entonces, ¿qué quiso decir?
–Para mí tenemos que salir de las estructuras anticuadas y eso se produce con el recambio generacional, que es algo que sucedió en todos los países del mundo. Es importante que los jóvenes tomen el timón, sean de donde sean, que quieran a su país, que no quieran hacer negocios para su beneficio, que tengan realmente amor por su función…
–¿Cree que a Mauricio le afectaron sus palabras?
–Mi hijo es muy inteligente. Hace cuatro años me preguntaron si yo quería que mi hijo fuera presidente y dije que no porque para mí va a perder la vida. Siempre tuve esa idea, pero ya no insisto. Entiendo lo que Mauricio está haciendo, pero la familia sufre como loca.
–¿Padecen que Mauricio sea jefe de Gobierno porteño?
–Sí. Al principio, una de sus hijas se fue a vivir al exterior, ahora la otra… El va caminando por la calle con guardaespaldas y eso no es vida. Si pretenden que yo como padre apruebe esto para mi hijo están equivocados. Pero algo de culpa y mérito tengo en que mi hijo se sienta capaz de ser presidente.
–¿Por qué?
–El aprendió mucho de mí, pero siempre sintió que yo le dejaba poco espacio. Entonces se fue volcando a otras cosas. Primero a Boca y después a la jefatura de Gobierno. Se dio cuenta, de alguna forma, de que mientras yo estuviera iba a ser difícil crecer para él. Como sintió que no tenía en sus manos todo el poder, se fue a otro lugar. Sus hijos, por ejemplo, nunca le van a decir que no sea presidente. Pero yo se lo puedo decir, aunque todos me cuestionen.
–¿Lo criticaron mucho en su familia cuando habló de Mauricio?
–Cuando hablé hace cuatro años, recibí mails de todos mis hijos y nietos mandándome al diablo, me retaron como loco.
–¿Cómo es hoy en día su relación con su hijo?
–Optima. Solo nos decimos barbaridades cuando jugamos a las cartas. Ahí es cuando saca lo peor de él porque somos todos muy jugadores. Yo sé que si logra ser presidente va a ser uno de los buenos.
–¿Cree que Mauricio cambió mucho desde que nació Antonia?
–Antonia sumó mucho a su vida. Los chicos de hoy en día son increíbles, ¡terribles! Cuando Antonia tenía 1 año y algo, que apenas caminaba, un día fui a su casa para verla. Hacía un mes me había hecho una foto con ella y Juliana [Awada] le dijo: "Antonia, buscá la foto con el abuelo". La pequeña fue gateando hasta la otra punta de la casa y volvió con la foto en la mano. No lo podía creer, ¡era un bebé!
"Me preguntaron si yo quería que mi hijo fuera presidente y dije que no porque para mí va a perder la vida. Siempre tuve esa idea, pero ya no insisto. Entiendo lo que Mauricio está haciendo, pero la familia sufre como loca".
–Tiene nietos de todas las generaciones. ¿Cómo es su relación con ellos?
–Me dan poca pelota. Pero cada vez que tienen que hacer una fiesta, la hacen en casa. También vienen a estudiar a casa y hasta tuve una nieta viviendo conmigo. Pero no soy de los que dicen "Te quiero". Hace poco les escribí un mail a todos, incluidas Antonia y Valentina –la hija de Juliana–, diciéndoles que estaba en un tramo de mi vida en el que no los iba ir a visitar más, pero que estaba siempre a disposición de ellos, en mi casa de Buenos Aires, en Punta del Este o en mi quinta. No me contestó nadie, pero me visitan.
–¿Es muy distinto en su rol de padre y abuelo?
–Trato a todos por igual y eso es importante. Nunca fui permisivo y siempre estuve preocupado por que todos hicieran las cosas bien.
LA LUCHA DE UNA HIJA

Sandra Macri le está dando batalla a una grave enfermedad que no le da tregua y Franco se convirtió en su gran compañero. "La estoy ayudando mucho, más que nunca, porque tiene cáncer. Pero está acompañada por todos. Vinimos la semana pasada a Manantiales y ella tiene su enfermera, pero pasamos mucho tiempo juntos", dice.
–¿Sandra está en pleno tratamiento?
–Digamos que los médicos están contentos con sus progresos, pero no deja de ser una enfermedad horrible y los tratamientos tienen efectos colaterales durísimos.
–¿Ella es una mujer fuerte?
–Es una mujer muy inteligente y fuerte. Su vida no fue nada fácil y siempre pone lo mejor de sí para salir adelante.
–En algún momento estuvieron distanciados…
–Con mis hijos siempre mantuve la misma postura, aunque ellos tengan sus momentos de distanciamiento. Un hijo es un hijo y el afecto siempre está intacto. Todos tenemos un poco de bien y de mal, nada es perfecto, pero la nuestra es una relación muy buena.
FLORENCIA, SU DEBILIDAD
Desde agosto del año pasado, la hija menor de Franco está de novia con Salvatore Pica. "Estoy feliz", asegura. "Además, como él es de Cerdeña, donde un gran amigo tenía su casa, lo conozco bastante. Realmente estoy contento porque es la persona adecuada para mi hija. Flor es una chica que sufrió mucho con el secuestro, necesita seguridad y creo que Salvatore es el hombre que la va a hacer feliz".
"Con mis hijos siempre mantuve la misma postura, aunque ellos tengan sus momentos de distanciamiento. Un hijo es un hijo y el afecto siempre está intacto".
–Ella es bastante reacia con la prensa y, aun así, no tuvo problemas en besarse con Salvatore para las cámaras.
–Hay mucho amor entre ellos. Es difícil poder describir las consecuencias de dos secuestros en la familia y para ella fue difícil superar esa situación. Ahora está contenta y eso es lo más importante. Salvatore está aprobado por el padre.
MACRI, REFLEXIVO

–Con los años, ¿se siente más sensible?
–No, estoy más resignado. Hace un par de años tomé conciencia de que cada uno es como es y es imposible pretender cambiarlos. A eso sumale que la plata ya no me interesa: tengo lo suficiente para vivir bien y no quiero ir a la luna ni nada por el estilo.
–¿Qué pasatiempos tiene?
–Trabajar…
–¿Solo eso?
–Escribir. Recientemente publiqué mi quinto libro. También me gusta jugar a las cartas. Lo hago tres veces por semana, es una actividad obligada. En mi casa tengo un piso de juego preparado para esos encuentros.
–¿Le gusta el mar?
–No sé nadar. Nunca tuve tiempo de aprender. Una vez estaba en Copacabana con mis hijos y Gianfranco se metió al mar, que estaba muy agitado. En un momento pidió ayuda, no podía salir. Yo, inconsciente, me tiré a rescatarlo pero terminaron sacándome a mí cinco guardavidas y Gianfranco salió solo.
–¿Se arrepiente de algo en su vida?
–Sí, de no haber aprendido a nadar. [Se ríe].
–¿De qué está orgulloso?
–De mi familia, de mis empresas… Tengo recuerdos fantásticos de mi vida.
–¿En algún momento dejó a su familia de lado por el trabajo?
–Cada minuto libre que tuve se los dediqué a mis hijos o a la mujer que tenía a mi lado. Les he dado todo mi amor y puedo enorgullecerme de que estuve con ellos en todos los momentos importantes de sus vidas. Esta es mi opinión, habría que ver qué piensan ellos.
Texto: Paula Galloni
Fotos: Tadeo Jones y Archivo La Nación
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