Instalada en Uruguay, la noble de 71 años accedió a una sincera entrevista con ¡Hola!
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Durante su infancia pasó largos días en el campo que su familia tenía en Touraine, Francia, y en 1951 conoció Uruguay por primera vez junto con sus padres. Por eso, unos días antes de cumplir los 15, la princesa Laetitia d’Arenberg (71) se acercó a su papá y le dijo que quería un campo en tierras uruguayas como regalo de cumpleaños. El príncipe Erik Engelbert, onceavo duque de Arenberg, le contestó con firmeza: "¿Para qué quiere usted un campo allá si nuestra familia ya los tiene en Europa? ¿Qué va a hacer con él si usted no puede ni matar una mosca?". Laetitia le contestó que soñaba con criar animales de alto pedigree, pero su padre no la tomó en serio. "Desde entonces, para cada uno de mis cumpleaños y para Navidad insistí con el mismo pedido", recuerda.
Fue recién a los 29, apenas separada de su primer marido, el archiduque de Austria Leopold Franz, que consiguió torcer la voluntad de su padre. Eran los años 70 y ella vivía de manera itinerante entre Saint Moritz, Montecarlo, Milán y Nueva York. "Llevaba una vida de locos. Entonces mis padres sintieron miedo, creyeron que estaban a punto de perderme del todo y decidieron comprarme un pedazo de tierra en Uruguay para que me instalara", cuenta. Treinta y nueve años después de aquel día, Laetitia logró comprar su primer campo en el departamento de Florida, al que llamó "Las Rosas". En estas diez mil hectáreas, en las que recibió a ¡Hola! Argentina, hoy cría más de ocho mil animales de diez razas diferentes y se siente libre como en ninguna otra parte del mundo.

–¿Por qué quería dejar Europa a toda costa?
–No podía ser auténtica, siempre eran más importantes el deber ser y mantener una pose que mis propios deseos. Llegó un momento en que no pude soportar más ese peso. Estaba atada, no tenía permitido sufrir, no podía llorar, no podía ser yo misma. El día que partí, mis padres no dejaron que me llevara nada, solo mi perro y mi almohada. Me miraron y me dijeron: "A partir de ahora, cómprese lo que quiera pero fuera de esta casa". Sé que más allá de eso para ellos fue muy duro dejarme ir. Desde entonces Uruguay se convirtió en mala palabra para mis padres.
–Pero imagino que rescata algo de su vida junto a sus padres.
–Poco y nada. Perdí tiempo por la culpa de ellos porque no me dejaban seguir mis sueños. Fue una vida desperdiciada, por eso cuando llegué a Uruguay me propuse no hacer nunca más algo que no me gustara. Siempre pienso en todo lo que podría haber hecho si hubiera empezado antes. De todas maneras, si mañana me dijeran que me quedan tres meses de vida, jamás se me ocurriría ponerme a llorar por lo que no fue. Al contrario, voy a dar las gracias por todo lo que aprendí. Tuve una vida maravillosa, viví todo con una gran intensidad. Con la muerte de mi madre, de mi hermano Rodrigo y con el accidente de mi hijo Guntram (N. de la R: fue en moto, en febrero de 2008 y entre las secuelas, perdió una pierna y está en silla de ruedas)sentí que me pegaban duro, fue horrible. Aprendí que puede dolerme el corazón de la manera más fuerte y al rato puedo volver a reír. Tuve tanto que ya no puedo pedir más.
–¿Qué representa llevar el título de princesa para usted?
–Absolutamente nada. El título nunca me trajo nada bueno, siempre fue en contra de todo lo que quise hacer en mi vida. De chica quería ser bailarina, estudiar teatro y conocer otro tipo de gente diferente a mí. Y por mi condición social no me dejaron. Por eso, después, de joven siempre fui muy contestataria y busqué ir en contra de todo. Yo sabía lo que quería para mí y, aunque me llevó varios años, finalmente logré llevar el estilo de vida que siempre soñé.
–¿Cómo influyó la educación que recibió de sus padres en la crianza de sus hijos, Sigismund y Guntram?
–Cuando me tocó criar a mis hijos intenté que tuvieran un poco de los dos mundos, criarlos como archiduques de Austria, pero que también pudieran conocer la libertad. Ellos jamás me recriminaron nada, pudieron elegir su camino. No los guardé conmigo, los tuve y se los entregué a la vida.
LA PRINCESA GAUCHA

–¿Cuándo nació su pasión por el campo?
–Recuerdo que desde la ventana de mi cuarto en Francia tenía una vista increíble a un gran viñedo. Y, aunque nunca busqué replicar mi vida europea en Uruguay, algo de todo eso me marcó. Toda la historia de mi familia, desde hace siglos, tiene que ver con la tierra, con las conquistas. Y a través de la hermana de mi madre descubrí la cría de animales de pedigree. Ella era una loca de la genética y cuando yo era chica nada disfrutaba tanto como ir a visitarla a su campo. Allí aprendí a admirar a los animales.
–Y de su tía heredó también el amor por la genética.
–¡Claro! La genética y el amor que siento por la tierra. Todos los días le doy las gracias por lo que me brinda, porque siempre me responde, porque nunca me falla. La tierra constantemente me da enseñanzas de vida. Para mí, tener "Las Rosas" y sus animales es haber cumplido el gran sueño de mi vida. Cuando empecé a armar los primeros corrales me decían que estaba loca y sin embargo hoy tengo más de ocho mil animales.
–¿Fue difícil manejar un campo siendo mujer?
–Fue muy complicado. En Uruguay hay un machismo infernal, pero como yo me crie entre hombres, pude salir adelante. Además, después conocí a mi actual marido, John [Anson], y él me ayudó mucho.

–¿Cómo cambió su vida la llegada de John?
–Ya hace veintitrés años que estamos juntos. Fue la persona que me hizo aceptar que la vida no es lo que yo imaginaba, me abrió los ojos y me dio las fuerzas para poder seguir adelante. Siempre fui una gran soñadora, una romántica, vivía en la estratósfera y confiaba en la gente como si todos fueran buenos. Pero cuando la vida me golpeó fuerte y creí que entonces me daría por vencida, que ya no podría volver a levantarme, él estuvo ahí para ayudarme a entender que no podía entregarme, que me debía a mí misma y a mi familia.
–¿Adónde le gustaría llegar con su trabajo en "Las Rosas"?
–Con la altísima genética que nosotros estamos trayendo y desarrollando, creo que Uruguay puede destacarse en el mundo. Aunque no se gana mucho dinero, estamos haciendo un trabajo titánico y lo maravilloso es que nunca hay un tope, siempre falta algo. Soy una apasionada del trabajo, me gusta estar al tanto de todo. Creo que todos vinimos a este mundo con una misión, no puedo entender que haya gente que no tenga ganas de mejorar y de construir algo.

–¿Quién va a continuar con su legado, con el campo, con Lapataia?
–Ahí tengo un problema. Mi hijo mayor, Sigismund, vive en Ginebra, y Guntram está Miami con su mujer y sus dos hijos. Quizá si él no hubiera tenido el accidente con su moto podría haberse hecho cargo de los campos, porque adora los animales tanto como yo. Pero la verdad es que no sé qué va a pasar cuando me muera. Lo único que pido es que cuando me llegue la hora sea en Uruguay. Esta es mi tierra y aquí me quedaré hasta el último de mis días.
Texto: Julia Talevi
Fotos: Tadeo Jones
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