Marina Bellati: su infancia llena de contrastes, por qué no habla de su vida sentimental y la película “de trinchera” que protagoniza
Este jueves estrena el film Tenemos que hablar, en el Gaumont; además, en diálogo con LA NACION, da detalles sobre el final de Envidiosa y adelanta sus próximos proyectos
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Marina Bellati está entusiasmada con el estreno de Tenemos que hablar, de Mariano Galperín. Es un trabajo original que se filmó en una noche, del atardecer al amanecer, bajo una consigna muy precisa: los diálogos de la película no se escuchan, solamente se oye lo que piensan los personajes.
En una charla íntima con LA NACION, la actriz habla de este particular desafío y cuenta que pronto se estrena la cuarta temporada de Envidiosa y la segunda de Coppola, y que en marzo grabará la segunda temporada de Viudas negras, putas y chorras. Además, recuerda su infancia en el seno de una humilde familia hippie, pero estudiando en colegios de elite. Cuenta por qué es cuidadosa en la selección de sus trabajos y revela qué hace en sus momentos de ocio, tan preciados. Habla de su sueño frustrado y de su gran fanatismo por Sandro.
-Tenemos que hablar es una película muy original... ¿Cómo te llegó la propuesta?
-Cuando Mariano me invitó a participar, una de las cosas que más me entusiasmó fue ese ejercicio actoral. Es una película muy ‘buñuelesca’ (por el director español Luis Buñuel), por el encierro, las escenas, esos personajes. Fue un ejercicio actoral espectacular porque tenés que actuar los pensamientos por un lado, y por el otro, hablar durante esa cena. El director nos delineó los personajes y las cruzas entre ellos, y nosotros improvisamos y nos reímos muchísimo; el guion, en realidad, son los pensamientos. Además, se filmó en una sola noche, desde las 17 hasta las 7 de la mañana, lo que me vino bien porque yo estaba grabando otra serie. Fue una invitación a un juego con compañeros espectaculares. Ya había filmado Bill-79 con el mismo director, una película hermosa sobre la visita de Bill Evans tocando en San Nicolás, en la que hablo en inglés.
-¿Y cuáles son las expectativas en un momento en que se estrenan tan pocas películas?
-La película se estrenó en el Bafici del año pasado y ahora se estrena en el Gaumont (con funciones a las 20.30) y en algunos otros espacios Incaa que quedaron. Las expectativas están acordes al contexto en que vivimos. Si bien soy bastante desapegada y disfruto mucho del trabajo en sí, a veces ni siquiera veo las series que hago porque no soy muy fanática del resultado, del producto. Pero en el caso del cine argentino me parece que es un momento para andar cerca, así que voy a intentar acompañar a la película como lo hago siempre con todos los trabajos con los que tengo un cariño. En el Gaumont veo siempre las mismas caras acompañando y defendiendo a nuestro cine y a nuestra cultura en general, frente a un gobierno que la desprecia abiertamente; desprecia todo lo argentino, pero en particular hay una saña con la cultura.
-¿Estrenar una película es como una especie de acto de resistencia?
-Esta es una película de resistencia total, de trinchera, porque nadie cobró un peso por hacerla. El director dice que se ha gastado todos los favores de su agenda y me parece bien porque a mí tampoco me gusta militar el trabajo no remunerado. Yo me sumé al ejercicio y al juego por cuestiones que comenté antes, pero no me interesa militar el trabajo gratis ni que filmemos películas con amigos y con nuestros teléfonos. Eso me parece un asesinato, un retroceso enorme. Entiendo la cultura como algo fundamental para hablar de nosotros y de nuestra identidad. Entonces, está difícil tener muchísimas expectativas. Yo sigo yendo al cine dos veces por semana, soy re adicta.
-Decías que mientras estabas filmando Tenemos que hablar estabas haciendo otra serie, ¿cuál?
-Envidiosa. Ahora se estrena la cuarta y última temporada y debo decir que tiene un acabado hermoso. Está re linda y se cierran las historias. Mi personaje, como amiga de la protagonista, es chiquito. Y Griselda (Siciliani) está espectacular, tan hermosa, tan graciosa, tan vulnerable, que movió tanto en la sociedad. No lo esperábamos. También se habla de paternidad, de las distintas familias que se pueden armar, y eso me interesó. Este año también se estrena la segunda temporada de la serie Coppola, el representante en donde interpreto a una de las novias de Guillermo; es un personaje espectacular pero no puedo contar más. Y vamos a filmar la segunda temporada de Viudas negras, una serie que me agarró muy inspirada.
-Sos una actriz que siempre está haciendo algo…
-Es verdad, pero no soy una fanática de trabajar tampoco. Amo mi trabajo, me encanta, lo disfruto muchísimo, pero soy muy selectiva. Entonces tengo momentos en los que elijo no trabajar.
-¿Tenés otra entrada de dinero?
-No, pero aprendí a ahorrar y manejo bien mi economía. Nuestro trabajo es muy intermitente… Y soy muy fanática del ocio. Entonces necesito un montón de tiempo…. Tampoco paso tanto sin trabajar, simplemente me gusta tomarme unas semanas entre trabajo y trabajo para disfrutar.
-¿Qué hacés en esos momentos de ocio?
-Soy una lectora voraz. Acabo de volver de las vacaciones y leí ocho o nueve novelas. Estudié Letras y tengo el hábito de la lectura muy arraigado. Debo decir también que disfruto muchísimo de mi trabajo y soy una agradecida porque tengo una vocación, y eso te define en la vida.
-¿Cómo descubriste la vocación?
-De chica quería ser cantante y estudié canto un montón de tiempo. Pensaba ir por ahí. Hasta que a los 15 años fui a la escuela de Nora Moseinco. Soy muy tímida y muy introvertida y la actuación me permitía ser otra; creo que eso me atrajo, ser un personaje disfrutaba un poco más de la vida y padecía menos. También estudié Letras y disfruto mucho también de la escritura. Todavía no me animo a mostrar nada, pero algún día lo voy a hacer. Sin embargo, mi sueño máximo frustrado es no haber sido médica.
-¿Llegaste a anotarte en la facultad de Medicina?
-No, no me anoté, pero en la pandemia, charlando con una amiga médica, hicimos cuentas y podría llegar a recibirme. Me metí en ese momento en la página de la UBA y sigo siendo alumna regular así que no está descartado. Es un mundo fascinante… Para mí vienen Dios y los médicos. Y soy locutora también.
-¿Trabajás como locutora?
-No, pero es la única carrera que terminé. La hice como un plan B cuando un amigo me sugirió estudiar locución. Me recibí, tengo el carnet del ISER y todo. Me ofrecieron varios programas de radio y de streaming, pero de momento son incompatibles con los rodajes que por ahora es el plan A. No lo descarto porque me encanta la radio.
-Alguna vez contaste que tuviste una infancia muy particular, ¿qué recuerdos tenés de ese momento de tu vida?
-Tengo unos recuerdos y después los contrasto con los de mi mamá, que me dice que no fue así. Como decía Mark Twain, que la verdad no te arruina una buena historia. Vivíamos en una casa quinta, medio granja en Don Torcuato, que en ese momento era un barrio fabril. Un poco el far west, la Panamericana tenía un solo carril, a la noche había tiroteos y teníamos que hacer cuerpo a tierra. Tuve una infancia muy lúdica, siempre con mucha gente, con juegos, con guitarras. En casa había algo del espíritu hippie auténtico. Y con el contraste de ir a colegios super elitistas, que no entiendo por qué elegían para mí; seguramente pensando que iba a ser lo mejor, obvio. Entonces tuve una educación bilingüe, pero mi casa se caía a pedazos. No tuve teléfono ni tele hasta grande. Viví una infancia de muchos contrastes que en su momento sufrí, pero después entendí que son pura riqueza y me dieron una sensibilidad particular y puedo moverme en casi todos los ambientes sin sentirme incómoda.
-¿Es verdad que tu abuela pagaba tu educación?
-Sí, mi abuela materna, una de mis personas favoritas en el mundo. Se murió a los 92 años y hasta el último día estudiaba inglés, francés, se tomaba colectivos, tenía amigos jóvenes. Mi mamá trabajaba muchísimo; estaba sola con dos hijas.
-No tuviste mucho vínculo con tu papá de chica, ¿pudiste reencontrarte?
-Sí, sí. Y tenemos un buen vínculo. Crecí rápidamente porque a los 19 me fui a vivir a Barcelona, por tres años. Fui para estudiar con un maestro de teatro de grandes actores que daba clases en un sótano. Y cuando volví estudié con Ricardo Bartís.
-¿Pensaste en quedarte en España?
-No, porque en el 2001 no soporté estar lejos.
-¡La argentinidad al palo!
-Totalmente. En ese momento no había tanta comunicación y me acuerdo que en la tele pasaban imágenes de un accidente cerca de Rosario, de un camión que transportaba ganado y la gente iba y carneaba las vacas en los camiones. Lo pasaban permanentemente, como si eso fuera Argentina y no lo soporté.
-Poco se sabe de tu vida privada, ¿estás en pareja?
-No tengo nada que esconder, pero siempre me pareció una grasada hablar de mi vida privada. Estoy sola en este momento. Y no tengo hijos porque nunca quise.
-Tu ícono de WhatsApp es una foto de Sandro, ¿por qué?
-¡Soy una de sus nenas! (risas). A Sandro lo amo. Tengo cuadros en mi casa con su imagen, y un tatuaje. Hice de su esposa en la serie de Adrián Caetano, Sandro de América. Cuando me llamó el director para hacerme la propuesta, le mandé esas fotos que estaba viendo en ese momento. Una de ellas dice: “Soy solo Roberto Sánchez, un tipo sencillo, un muchacho de barrio que se disfraza de Sandro como podría disfrazarse de Batman”. Y me siento tan identificada. Se entregaba en sus canciones, en sus películas, en sus shows, y eso es también lo que yo elijo darle al público.
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