
Por el camino ancestral de los mensajeros incas
En una serie de cuatro capítulos, Gustavo Santaolalla sumerge al espectador en una experiencia sensorial
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Unos leños ardiendo. Una música sugestiva. Un hombre cantando en una noche cerrada. Es la primera parada de un largo viaje de varias semanas por los seis mil kilómetros del sistema vial andino preincaico conocido como el Qhapaq Ñan. El hombre que canta es Gustavo Santaolalla. La canción que suena dice así: "Quise perderlo todo y me lo perdí. Quise tenerlo todo y me lo di. Quise arriesgarlo todo y casi fui. Pero antes de morirme mejor vivir". Es noche cerrada en La Rioja, después de alimentarse con una cabeza guateada de vaca que llevó varias horas de cocción en un pozo bajo la tierra. La imagen es ancestral y primitiva. Santaolalla toca su ronroco cósmico y parece fundirse con la negrura del paisaje. En esa experiencia sensorial y potente está la clave del documental Qhapaq Ñan. Desandando el camino, en el que el músico viaja por el corredor preincaico que utilizaron los chaskis (mensajeros) del antiguo territorio del Tahuantinsuyo.
El camino del inca empieza en la comunidad huarpe de Ranchillos, en Mendoza, atraviesa San Juan, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy, y concluye en Bolivia. Rutas de tierra y pavimentadas, senderos tapados por la naturaleza y otros con los antiguos adoquines que pisaron los chaskis incas cruzan poblados y antiguos pucarás (fortalezas), centros ceremoniales y administrativos del imperio. A lo largo de cuatro capítulos, que se dan por la pantalla de canal Encuentro y la TV Pública (ver recuadro), el músico y reconocido productor realiza una experiencia de inmersión total en esa topografía salvaje y deslumbrante de parajes recónditos por donde pasó la ruta utilizada por el imperio inca, una red de caminos que unía la Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Colombia y Ecuador, y que fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2014 por la Unesco.
Santaolalla dice que a los 64 años el Qhapaq Ñan lo llevó de vuelta a ese espíritu de búsqueda de la identidad que comenzó explorando con el grupo Arco Iris; continuó en los ochenta con el épico proyecto De Ushuaia a La Quiaca, y que volcó a las producciones de sus discos y bandas de sonido que le permitieron ganar dos Oscar. "Éste es un proyecto mío que es como una continuidad de todas las cosas que hice en mi vida. Siempre buscando lo que se relacione con lo nuestro y con mis ganas de viajar. Es como seguir el trabajo que hice en De Ushuaia a La Quiaca, que es un proyecto que sigue reverberando siempre y se conecta con la oportunidad de cruzar a Bolivia y estar en la Puerta del Sol que aparece en la tapa del disco Sudamérica de Arco Iris, pero donde nunca había estado. Todo se conecta", reflexiona el músico y productor de la serie.
Santaolalla desanda los lugares por los que pasaron los incas y encuentra en esos antiguos senderos los rostros de la América perdida: un entramado de culturas, paisajes, poblados y vivencias de las comunidades originarias de los huarpes, quilmes, diaguitas y coyas. El músico no es el protagonista sino que se funde en esos paisajes, acompañando la preparación de comidas ancestrales como el mote o la chanfaina; viviendo los rituales religiosos y paganos como el carnaval; asombrándose frente a la revelación de ese camino milenario de piedras que lleva directo al corazón del imperio incaico, o escuchando las enseñanzas de los ancestros envueltos por la grandeza del paisaje de altura. "El corazón del relato pasa por lo que los pueblos originarios nos pueden dar con esa percepción tan distinta que tienen del tiempo y del espacio. También con esa relación tan particular que tienen con la tierra y la Pachamama que es diferente a la nuestra. Ver el punto de vista de eso, cómo se relacionan con la naturaleza, es una referencia increíble de la que podemos aprender ", apunta Santaolalla.
En cada tramo el músico y su música sumergen al espectador en ese camino ancestral. Los ojos de Santaolalla son los ojos de los espectadores. A veces parecen los del cóndor que mira desde las alturas; otras, los de la fauna más microscópica que habita esas tierras. El audiovisual tiene el pulso del trip. "Pretendíamos que fuera una experiencia bien sensorial. No quería hacer un magazine ni algo didáctico o pedagógico que te tirara data que después olvidás. Queríamos que fuera un viaje y que cuando termines de ver cada capítulo te den ganas de ir al lugar".
Llegar a esos lugares no fue fácil. Fueron treinta días de rodaje divididos en dos etapas por los senderos argentinos trazados por el antiguo Qhapaq Ñan, tocando puntos a 4200 metros sobre el nivel del mar. "Fuimos a lugares recónditos, como Parque San Guillermo en San Juan, que son doce horas de camioneta por caminos difíciles y donde llegás a un refugio tipo la Antártida con gente que está estacionada allí y por un mes no vuelve a la civilización".
Tampoco fue fácil encontrar el lenguaje visual y narrativo de la serie, confiesa Santaolalla, creador de la banda de sonido. "Queríamos contar esto de una manera diferente. Nos llevó todo un tiempo de trabajo de seis meses con el director y guionista, Andrés Cuervo; con Mariano Gerbino de la producción y con el equipo de fotografía y de audio, que tiene mucha importancia. También trabajamos con gente del Conicet que nos asesoró sobre los lugares adónde ir y las personas con las que nos teníamos que conectar. Todos juntos logramos un trabajo alucinante".
Santaolalla recorre el camino no como un beatnik sino con el espíritu de los chaskis, los antiguos corredores entrenados por los incas, que llevaban mensajes por el Qhapaq Ñan y eran receptores de conocimiento de los hamawt'a (sabios). "En una ceremonia los huarpes me entregaron una pluma de cóndor, una de las aves sagradas de los pueblos originarios, con un hilito rojo para que andando por el camino del Qhapaq Ñan le pidiera a un representante de cada comunidad que sumara su propio mensaje. A medida que fuimos avanzando sentimos que era perfecto que el camino terminara en Bolivia con Evo Morales, porque es un referente de los pueblos originarios. Con esa pluma le llevábamos el mensaje de todos esos pueblos. Fue una cosa mágica del viaje".
-¿Que sensación te dejó este viaje por el Qhapaq Ñan?
-Hacía mucho que no tenía una experiencia con lugares de la naturaleza que te pegan y te transforman. Es como que te hacen un enjuague interno importante. Para mí fue como desandar mi propio camino. Después de vivir 64 años y siendo una persona que no mirá demasiado para atrás, estos lugares y experiencias de este tipo te hacen reflexionar y desandar tu propio camino interior, rever un poco cómo y por qué llegaste hasta aquí.
Bitácora para seguir el viaje
Qhapaq Ñan, desandando el camino, documental de cuatro capítulos, se estrenó anteayer en la TV Pública y se puede ver en su sitio web. Por la pantalla del canal Encuentro se pasa los viernes, a las 21. Repite sábados, a las 15; domingos, a las 20; lunes, a las 15.30, y martes, a las 11. Hoy se verá el capítulo 2.
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