
Seis años en el mundo hardcore.
1 minuto de lectura'
En 1991, cuando comence a fotografiar a estrellas de películas pornográficas, me propuse por sospechoso que fuese dotar de glamour y legitimidad sus vidas y su trabajo, de la misma manera en que los medios de comunicación retratan a los actores famosos de Hollywood. Me propuse hacer un libro de fotos deslumbrantes y tentadoras que dieran pie a una reivindicación de la fama en nuestra cultura.
Sin embargo, a medida que fui internándome en el mundo underground y sorprendentemente accesible del cine porno –al principio con distancia, llamando por teléfono a editoras de video y enviando cartas a clubes de fans, y luego poniéndome en contacto con distintos actores–, mi engañoso enfoque conceptual cedió, y se impuso un nuevo punto de vista de una firmeza inquebrantable. No podía pasar por alto las crecientes pruebas de abuso infantil.
En vez de seguir adelante con este emprendimiento –en vez de aceptar que era imposible hacer un libro pulcro y alegre acerca de un ambiente tan triste–, volví a refugiarme en la vida que llevaba en Nueva York, y sólo de cuando en cuando visité al mundo del espectáculo para saludar a las estrellas porno que conocía o, más bien, para obtener una pequeña dosis de excitación.
El mundo de las películas condicionadas había dado por tierra con mis esperanzas de utilizarlo para confirmar mis ideas a favor de un estilo de vida fundado en el desenfreno sexual.
Cuando en 1994 se suicidó Savannah –una californiana de 23 años, la actriz porno más famosa de su generación–, me vi obligado a ocuparme del dolor y de esa humana fragilidad que, según estaba aprendiendo por experiencia propia, constituyen los cimientos de esta subcultura.
Sentí desánimo, pero, en cierto sentido, también alivio. Me producía una sensación de liberación el hecho de renunciar, de no tener que seguir cargando con el peso que implicaba intentar manipular o moderar las pruebas de modo que se ajustaran a mi tesis estrecha. Ningún actor porno me pidió jamás que manipulara nada.
Los pocos estudios de filmación que ya había visitado eran lugares que, simplemente, me servían para conocer a más actores, y luego fotografiarlos. La acción era algo periférico, de lo que yo intentaba desligarme y que había logrado eludir. Pero, al final, si todo eso guardaba algo de verdad o de significado, había que buscarlo en el sexo.
A lo largo de más de cinco años, forjé con mis modelos vínculos que me cambiaron y descubrí que el mundo del porno no es sólo un producto de la sociedad mainstream, sino un universo en el que las relaciones sexuales enfrentan los mismos desafíos emocionales que en cualquier otro ámbito.
En enero de 1996, me llamó Jon Dough, un experimentado actor porno. "Nadie dice la verdad", me dijo. "Decíla. Es lo único que tenés que hacer."
Octubre de 1991, San Francisco
Jeanna fine esta en el bar del hotel. Me presento. Le doy la mano y Jeanna la estrecha y la sostiene entre las suyas, mirándome a los ojos. Tiene uno de los dientes manchado con lápiz labial rojo. Se da cuenta de que le estoy mirando la boca, sonríe, se pasa la lengua. Me sonrojo, me turbo. Su novio, Sikki Nixx, espera arriba. Jeanna percibe mi vacilación, y su actitud cambia por completo. Su aire de diosa fácil del sexo se borra de pronto.
Jeanna modificó su imagen: de rubia platinada, chata y espigada, pasó a tener el pelo bien negro y unas tetas hechas de imponentes siliconas. Dice que dejó el porno y trabajó con [el músico de rock] Todd Rundgren durante dos años. "No quería seguir siendo la misma chica ligera que era antes", explica en el ascensor. "Ahora soy así."
La habitación del hotel está hecha un desastre. Hay ligas, boas de plumas, látigos, ropa y accesorios para strip-tease, toallas húmedas y volantes de un club de fans tirados por todas partes, además de un desayuno a medio terminar. Jeanna me presenta a su novio delgadísimo, lleno de aros y tatuajes. Sikki tiene 21 años y es lindo.
Tiene el pelo largo en mechas y es buen mozo al estilo de un rocker adicto. Cuando habla, se nota que está consumido por la droga, pero es muy simpático.
Si se la compara con su novio, Jeanna es vivaracha y despierta. A veces le sonríe y toma su mano, pero se dirige a él con impaciencia. Jeanna tiene que hacer su presentación en un local dentro de dos horas, y le encargó a Sikki que se ocupara de los preparativos. Mal hecho. El chico está tirado en la cama, deshaciendo otro pedacito [de marihuana] para poner en la pipa mientras ella se maquilla.
Golpean a la puerta. Jeanna va a abrir. Entra una mucama, una negra de cincuenta y tantos años.
–¡Uy, nena, qué buenas lolas! –exclama clavando la vista en los pechos de Jeanna.
–Le voy a comentar al doctor que te gustó su trabajo –contesta Jeanna sin inmutarse.
–¿No son de verdad? –pregunta la mucama. –¿Puedo mirar? Nunca vi.
Jeanna se entusiasma.
–Claro, linda. –Sonríe mientras se quita la remera. –Tocámelas. No seas tímida.
La mucama lleva la mano hasta las tetas de Jeanna. Aprieta dos veces con suavidad y después con un poco más de fuerza la tercera y la cuarta. "Guau", se limita a decir; sonríe, mira a Sikki y luego a mí.
Jeanna se me acerca. "Sentí", me invita, con total seriedad. Es una orden.
Hago lo que me dice. Jeanna no me quita los ojos de encima. Aprieto. Son pesadas, densas, grandes. De cerca, se nota que las cicatrices que le rodean los pezones son importantes. Parecen mordisqueados. Ya se operó más de una vez. Palpo fríamente, como un médico. En total, la escena dura tal vez unos tres interminables segundos.
Después Jeanna da media vuelta hacia la mucama, que detecta un consolador asomando del bolsillo de una valija abierta. La actriz porno está en su salsa. Se agacha, lo agarra, chupa la punta y en seguida abre los labios y se mete la gruesa poronga de goma de veinte centímetros en la garganta, hasta hacerla desaparecer. Jeanna sonríe a la mucama con los labios apretados y le guiña un ojo antes de abrir la boca y dejar ver nuevamente el consolador, con los ojos humedecidos. "Nadie tiene una garganta tan profunda como la mía", se enorgullece. "Preguntále a cualquiera."
El local está vacío. ya oscureció, y llueve a baldes. Jeanna está de buen ánimo. Conoció al dueño una vez que se presentó aquí mismo, hace unos meses. Le van a pagar por el solo hecho de aparecer.
Sikki le prepara sus cosas en una mesa de cartas plegable, y se quedan parados, esperando. Del fondo del local surge un hombre de mediana edad, algo pelado, que tiene un impermeable beige. Sale de una cabina de video que funciona con fichas de 25 centavos. Se acerca a la actriz.
–¿Vos sos Jeanna Fine?
–Sí. ¿Cómo te va? –contesta ella.
–Eh... sí. Digo, bien. Eh... ¿Hacés fotos instantáneas?
–Cómo no. Una por 10, dos por 15 o tres por 20.
–Quisiera dos, por favor.
–¿Cómo querés que me ponga? –pregunta Jeanna.
–¿Sin nada arriba? ¿Podés sacarte la remera?
–Cómo no. –Jeanna se quita la campera de cuero y se quita la remera. Se para delante del hombre, dándole la espalda. –Ahí –dice, tomándole las manos y haciendo que la rodee con los brazos–. Agarráme las tetas. ¿ok?
–Bueno –acepta el hombre, sosteniendo prudentemente las tetas de Jeanna por debajo de los pezones. Aunque se lo ve muy incómodo, logra esbozar una débil sonrisa cuando Sikki le indica: "Diga whisky".
Para la segunda instantánea, el hombre se sienta en una silla y Jeanna se pone a horcajadas sobre sus piernas, a la altura justa para encajarle los pechos en la cara. El se sonroja. Sikki saca la foto.
Jeanna se quita de encima al hombre y ambos se ponen de pie. El se acomoda el saco. "¿Podés hacer la dedicatoria para Rob, por favor? r-o-b." Jeanna escribe: "Para Rob, ¡buenos polvos!" y estampa su autógrafo. Rob le agradece, menciona entre dientes que le encantan sus películas y después se va.
En eso consistió toda la presentación en el local, que ahora quedó vacío.
El dueño se acerca para ver si Jeanna está bien, y ella le pide que le saque una foto con Sikki y conmigo.
Lla habitacion sigue en un estado calamitoso. Sikki olvidó sacar del picaporte el cartel de no molestar. De todas maneras, no se preocupa demasiado.
Sikki asegura que, cuando se editó Edward Penishands ["El joven manos de pene", por Edward Scissorhands, "El joven manos de tijera"], la película que lo tiene como protagonista, el productor recibió llamados de John Waters, Johnny Depp y Tim Burton. "Querían que yo les autografiara sus copias", explica.
Sikki quiere comenzar a trabajar más detrás de las cámaras.
Jeanna comenta que su muchacho tuvo que sacarse el preservativo para terminar una escena con una joven actriz llamada Dominique Simone, y señala que ella no estuvo conforme con la situación, aunque la entendió.
–La verdad –confiesa él– es que estaba entusiasmado con cogerme a Dominique. No quería arruinar la cosa usando forro, ¿entendés? Yo sabía que Jeanna se iba a enojar, porque se esfuerza mucho para que todos los que trabajamos en esto difundamos el mensaje de que hay que cuidarse en el sexo.
El estadio bulle de hordas descontroladas. Hay un olor hediondo a porro y a cerveza barata. La primera vez que Nina Hartley mencionó el evento, tuve la impresión de que sería un modesto y triste intento por mantener viva la llama de los movidos años 70. Luego, el agente de Ticketmaster me informó que la entrada costaba 38,50 dólares.
El encuentro es el resultado de una cruza entre un recital de ac/dc y un partido de hockey de los New York Rangers, salvo por el hecho de que están todos semi o completamente desnudos. Un tipo se pasea en pañales, con un moño en el cuello, y lleva un biberón lleno de cerveza. Jeanna detecta un pene de 1,80 metro con patas. El desfile es interminable.
Jeanna vino con un objetivo determinado. Se otorgarán dos premios de 10 mil dólares: uno al mejor disfraz y otro a "la mujer más sexy", y Jeanna pretende ganar este último. El jurado, compuesto por un par de djs del lugar, medirá la reacción del público para decidir quiénes son los ganadores. Jeanna, como una madre, austera y concentrada, le indica a Sikki que la busque en el bar del entrepiso una vez que le den el premio. Luego desaparece.
Sikki tiene una bebida en cada mano y toma de uno y otro vaso de plástico alternadamente. Se lo ve contento. Está borracho.
Aparece la porno star Porsche Lynn, acompañada por dos hombres jóvenes de espalda ancha vestidos de negro de pies a cabeza, con la cara pintada de negro y blanco. La llevan atada con dos delgadas correas de plata que salen del collar de cuero de Porsche. Ella va con un vestido que permite que se le vean los pezones perforados.
Porsche y sus adolescentes se pierden entre el gentío. Sikki se apoya en la baranda del entrepiso para observar el escenario. Un ser de dos metros y setenta centímetros de alto gana el premio al mejor disfraz, y en seguida les toca el turno a las chicas. En cuestión de segundos, el concurso se reduce a tres mujeres que muestran el culo para cosechar aplausos, de las cuales quedan dos: Jeanna y una tejana alta y rubia. Vuelven a convocarlas al centro del escenario para que compitan por la ovación más estruendosa. La tejana está vestida de blanco. Radiante. Ni siquiera saca a relucir las tetas, pero los aplausos son decisivos. Jeanna pierde.
Se encuentra con Sikki. Está amargada. "La muy conchuda no está fuerte", se queja, escupiendo. "La puta madre. Si no fuera rubia, ni siquiera la habrían dejado subir al escenario."
Jeanna y Sikki continúan bebiendo mucho. Ella empieza a exhibir los pechos a los transeúntes fortuitos. En un minuto, se forma a su alrededor un círculo de hombres sudorosos y semidesnudos. Le sacan fotos y evalúan su cuerpo con lascivia. Jeanna se corre la tanga y les muestra su conchita depilada. Los provoca. Entonces se dirige a Sikki, que está dos metros detrás de ella, y dice: "Esto está descontrolado".
De repente, el grupo se desbarata. Un tipo joven vestido con una toga retrocede, tambaleándose, y se lleva las manos a la cara mientras le sangran los orificios nasales. Jeanna le ha pegado una piña en la nariz. Da un paso hacia él, y él da tres brincos rápidos hacia atrás para mezclarse de inmediato en la multitud.
"El pelotudo de mierda me agarró la teta", explica Jeanna, que parece bien alerta. Sus admiradores ya se dispersaron. Sikki toma su mano. Está completamente ido y tiene el maquillaje desdibujado alrededor de una sonrisa congelada.
Jeanna da un par de pasos hacia delante y, una vez más, comienza a atraer a los hombres con su cuerpo. Jeanna Fine puede atraer a una multitud. Y rápido. "Qué loco, man. Qué viaje tan extraño", opina Sikki. Le digo que estoy de acuerdo, pero me corrige: "No, viejo… Me tomé un ácido".
Este loquero pega mal aunque uno esté sobrio. La peculiar sonrisa congelada de Sikki sigue intacta.
Jeanna ha vuelto a rodearse de tipos que la miran de soslayo y se babean. En el instante en que una mano toma contacto con el culo de Jeanna, el codo de ella se clava en el cuello del responsable. Cuando el tipo cae, lo agarra de los pelos, le da dos puñetazos en la cabeza y le pisotea el estómago con un taco aguja hasta que dos amigos del hombre, que llevan máscaras con forma de pene, se lo llevan a la rastra.
Hay peleas por todas partes. De pronto se oye un grito: "¡Tiene un cuchillo!". La gente se hace a un lado instantáneamente. Se encienden las luces. No hay aire sino apenas un olor acre a cerveza barata, orina y vómito. Un grupo de agentes de seguridad con vestimenta antimotines arremete contra el público.
Jeanna y Sikki abandonan el estadio. Afuera hace un frío polar. Sikki tiembla, pero Jeanna aún está eufórica por la adrenalina, o por la metanfetamina, o por las dos cosas.
–Esos pelotudos estaban totalmente descontrolados –dice, exaltada. Las palabras se abren paso a través de su mandíbula apretada.
Jeanna da indicaciones para ir donde vive Porsche a un taxista que no parece alegre de levantar a estos personajes.
Al hotel ya llegaron dos amigos de Sikki, que vinieron desde Boulder. También participaron del evento. Están dados vuelta. En la cocina de la suite de Porsche, todo el mundo está comiendo. Jeanna sigue insistiendo con lo del concurso. "Las rubias", protesta. "La misma mierda de siempre. En verdad, me parece que me aplaudieron más a mí."
De repente se abre la puerta de la suite y Porsche saluda: "Hola a todos. Llegué".
Se aparece en la cocina flanqueada por los dos chicos que recogió en el encuentro. Supervisa lo que pasa en la cocina, sonríe y después los lleva a su dormitorio y cierra la puerta.
Los gritos de Porsche –verdaderos aullidos– atraviesan las paredes. Durante media hora. Sin pausa. En la cocina, nadie se hace cargo del ruido.
Octubre de 1991, Hollywood
Ttengo una pickup muy linda. lo que pasa es que no tengo plata para la nafta", se excusa April Rayne. Y acto seguido se ríe. "¿Podés pasar a buscarme?"
April vive en un barrio de Hollywood venido a menos. Detrás de una puerta corrediza asoma una chica menuda de aspecto punk; tiene el pelo hasta los hombros teñido de negro. Sonríe con una expresión severa pero simpática. April lleva una camisa de paño con un nudo a la altura de la panza, shorts de jean, medias de red rotas y botas negras de motociclista. Exhibe el ombligo perforado.
–Te dijo Jeanna que no hago más películas de coger, ¿no?" –dice–. Me ofrecieron un papel en una producción independiente. La van a proyectar en [el Festival de] Cannes. Voy a tratar de actuar más, y si uno trabaja en cine condicionado no le dan papeles. Es una especie de cuestión gremial.
April fuma un Camel. Ahora estamos parados en un semáforo en rojo de La Brea.
–Igual –prosigue– después de hacer cincuenta videos, se acabó la magia. Tres meses es suficiente tiempo.
La observo cuando lo dice, pero da vuelta la cara y mira hacia el otro lado, hacia el Bulevar Santa Mónica.
April se muestra impresionada por mi estudio fotográfico, como si fuese la primera vez que va a un lugar semejante. Lo examina, husmea por todos lados y después deja la cartera sobre la mesa de maquillaje. Se saca la camisa. De frente, da impresión. Las tetas le sobresalen del torso. No mide más que 1,58 metro, o a lo sumo 1,60, y es realmente delgadísima, por lo cual los pechos parecen monstruosos. No tienen elasticidad y son de forma cuadrada. Las cicatrices que se le ven bajo los pezones están enrojecidas, y se nota que son recientes.
Como primera reacción, entro en pánico: no hay manera de disimular esas cicatrices ni presupuesto para retocar la foto de una actriz porno que se haya arreglado las tetas. De todas maneras, las cicatrices son el primer lugar donde April se maquilla, y me calmo un poco, me dejo llevar.
April posa en la terraza. Tiene estilo y carisma. Se conecta con el trabajo. De todas las chicas a las que les saqué fotos hasta ahora, es la primera que nació para esto. La ropa le queda estupenda, y ella sabe qué hacer para ocultar las tetas o bien para favorecerlas.
Cuando veníamos hacia el estudio, parecía deprimida, pero ahora rebosa seguridad. Me dejo llevar por lo que veo delante de la cámara, más que nada porque ésa es la imagen que quiero creer y mostrarle al mundo.
El sol de California del sur empieza a esconderse. Las imponentes palmeras ondulan a lo lejos. April es una estrella.
Cuando se acaba el rollo, me abraza durante un rato largo.
Mientras junta sus cosas, habla de la banda de su novio, Dumpster. Dice que fue grupo soporte de los Guns n’ Roses en el Whiskey. "Es un skinhead", avisa. "Supongo que se podría decir que yo lo mantengo. O lo mantenía, hasta hace poco. Desde que dejé el porno, ¿viste?"
Nueva york. en la revista Interview apareció una nota sobre April Rayne que se titula "Una actriz a la que le gusta arriesgarse". La nota se refiere a April por su verdadero nombre, Andrea, y el crítico de Interview elogia su actuación en Hold Me, Thrill Me, Kiss Me, el film independiente que mencionó Andrea el día en que posó para mí en Hollywood. El director de la película cuenta que descubrió a la actriz mirando Personalities, un video de sexo explícito.
El triunfo de Andrea fuera del mundo del porno, así como el reconocimiento masivo del que goza, robustecen la postura que originalmente quise adoptar para este libro. "¿Ven? Son estrellas de verdad, y no todas tienen una vida desesperadamente negativa." Llamo a Andrea para felicitarla, pero le desconectaron la línea.
A [el actor, director, guionista y productor de cine porno] Tom Byron, no. "Dicen que se está prostituyendo", me informa Tom. No sabe cómo puedo ubicar a Andrea. Lo último que escuchó es que no tenía dónde vivir.
Julio de 1992, Malibú
Anina hartley le gusta la idea de hacer una sesión de fotos en la casa de [el famoso director de cine porno] John Stagliano, en Malibu. Ella es famosa por su trasero, y él es famoso por adorar traseros. Lo llamo. Vacila. Está terminando de editar su último video de Buttman [Buttman es su personaje más célebre, que recorre el mundo haciendo videos, con mucho de home movies, que se apoyan en el sexo anal; de allí lo de butt]. Es la única oportunidad que me queda para fotografiar a cualquiera de los dos antes de volver a Nueva York. Al final, Stagliano acepta.
"Ningún hombre rechaza la posibilidad de pasar el día con Nina." John sugiere que, si puede escapar un rato de la consola de edición, tal vez pose él también.
John me ofrece una visita guiada antes de que llegue Nina. Transformó la mayor parte del living en un salón de ballet, ya que alguna vez aspiró a ser bailarín profesional. En una de las paredes hay un espejo y una barra de baile; la otra pared es pura ventana con vista a una pileta de natación, un solárium y, más allá, un par de casas y, por último, el Pacífico.
El dormitorio de Stagliano está despojado: hay una cama, un gran televisor y una colección de sus películas sobre una repisa. Me presta, a condición de que se la devuelva, una copia de Buttman’s Ultimate Workout, un viejo film del que se enorgullece. No hace mucho, se dio a conocer la verdadera edad de una de las actrices del video. Era menor cuando Stagliano filmó la película, por lo que en todas las copias posteriores hubo que cortar las escenas en las que aparecía la estrella.
–Esa es de colección –destaca Stagliano.
Suena el timbre, y Nina entra con paso firme. Abraza a John y lo besa en la boca. El le dice que está un poco enfermo, pero ella no se muestra temerosa de contagiarse un resfrío.
Stagliano continúa editando. Nina se sienta con las piernas cruzadas frente al espejo, apenas cubierta por una tanga. Parece estar cerca de los 40, y tal vez aparente más edad de la que tiene.
Nina es una superestrella de porno a quien muchas veces se califica de leyenda. Su presencia impone respeto. Se define como feminista radical. Cuando me dice que tiene 30 años, esquivo su mirada.
La retrato posando detrás de la casa y después en la terraza contigua al dormitorio de John. Nina es un poco madraza, hermosa, aunque parece despreocupada al respecto. Mientras cambio el rollo, juguetea distraída, ausente, con el hilo de su tampón.
Stagliano se acerca a la pileta y se desviste. Nina entra mientras se desarrolla la sesión de fotos de él. Unos minutos después, se le suma delante de la cámara y comienza a besarlo y a manosearlo. El se queja débilmente, se muestra reacio. Menciona entre dientes que tiene fiebre. Nina persiste. Empieza a chuparle la pija. Está arrodillada. El la tiene un poco parada y parece agotado, pero le sigue la corriente y logra esbozar alguna que otra sonrisa. Le toquetea las tetas. Todavía no se le paró del todo, pero Nina se la agarra, la mete dentro suyo y lo monta un rato.
mano y toma de uno y otro vaso de plástico alternadamente. Se lo ve contento. Está borracho.
Aparece la porno star Porsche Lynn, acompañada por dos hombres jóvenes de espalda ancha vestidos de negro de pies a cabeza, con la cara pintada de negro y blanco. La llevan atada con dos delgadas correas de plata que salen del collar de cuero de Porsche. Ella va con un vestido que permite que se le vean los pezones perforados.
Porsche y sus adolescentes se pierden entre el gentío. Sikki se apoya en la baranda del entrepiso para observar el escenario. Un ser de dos metros y setenta centímetros de alto gana el premio al mejor disfraz, y en seguida les toca el turno a las chicas. En cuestión de segundos, el concurso se reduce a tres mujeres que muestran el culo para cosechar aplausos, de las cuales quedan dos: Jeanna y una tejana alta y rubia. Vuelven a convocarlas al centro del escenario para que compitan por la ovación más estruendosa. La tejana está vestida de blanco. Radiante. Ni siquiera saca a relucir las tetas, pero los aplausos son decisivos. Jeanna pierde.
Se encuentra con Sikki. Está amargada. "La muy conchuda no está fuerte", se queja, escupiendo. "La puta madre. Si no fuera rubia, ni siquiera la habrían dejado subir al escenario."
Jeanna y Sikki continúan bebiendo mucho. Ella empieza a exhibir los pechos a los transeúntes fortuitos. En un minuto, se forma a su alrededor un círculo de hombres sudorosos y semidesnudos. Le sacan fotos y evalúan su cuerpo con lascivia. Jeanna se corre la tanga y les muestra su conchita depilada. Los provoca. Entonces se dirige a Sikki, que está dos metros detrás de ella, y dice: "Esto está descontrolado".
De repente, el grupo se desbarata. Un tipo joven vestido con una toga retrocede, tambaleándose, y se lleva las manos a la cara mientras le sangran los orificios nasales. Jeanna le ha pegado una piña en la nariz. Da un paso hacia él, y él da tres brincos rápidos hacia atrás para mezclarse de inmediato en la multitud.
"El pelotudo de mierda me agarró la teta", explica Jeanna, que parece bien alerta. Sus admiradores ya se dispersaron. Sikki toma su mano. Está completamente ido y tiene el maquillaje desdibujado alrededor de una sonrisa congelada.
Jeanna da un par de pasos hacia delante y, una vez más, comienza a atraer a los hombres con su cuerpo. Jeanna Fine puede atraer a una multitud. Y rápido. "Qué loco, man. Qué viaje tan extraño", opina Sikki. Le digo que estoy de acuerdo, pero me corrige: "No, viejo… Me tomé un ácido".
Este loquero pega mal aunque uno esté sobrio. La peculiar sonrisa congelada de Sikki sigue intacta.
Jeanna ha vuelto a rodearse de tipos que la miran de soslayo y se babean. En el instante en que una mano toma contacto con el culo de Jeanna, el codo de ella se clava en el cuello del responsable. Cuando el tipo cae, lo agarra de los pelos, le da dos puñetazos en la cabeza y le pisotea el estómago con un taco aguja hasta que dos amigos del hombre, que llevan máscaras con forma de pene, se lo llevan a la rastra.
Hay peleas por todas partes. De pronto se oye un grito: "¡Tiene un cuchillo!". La gente se hace a un lado instantáneamente. Se encienden las luces. No hay aire sino apenas un olor acre a cerveza barata, orina y vómito. Un grupo de agentes de seguridad con vestimenta antimotines arremete contra el público.
Jeanna y Sikki abandonan el estadio. Afuera hace un frío polar. Sikki tiembla, pero Jeanna aún está eufórica por la adrenalina, o por la metanfetamina, o por las dos cosas.
–Esos pelotudos estaban totalmente descontrolados –dice, exaltada. Las palabras se abren paso a través de su mandíbula apretada.
Jeanna da indicaciones para ir donde vive Porsche a un taxista que no parece alegre de levantar a estos personajes.
Al hotel ya llegaron dos amigos de Sikki, que vinieron desde Boulder. También participaron del evento. Están dados vuelta. En la cocina de la suite de Porsche, todo el mundo está comiendo. Jeanna sigue insistiendo con lo del concurso. "Las rubias", protesta. "La misma mierda de siempre. En verdad, me parece que me aplaudieron más a mí."
De repente se abre la puerta de la suite y Porsche saluda: "Hola a todos. Llegué".
Se aparece en la cocina flanqueada por los dos chicos que recogió en el encuentro. Supervisa lo que pasa en la cocina, sonríe y después los lleva a su dormitorio y cierra la puerta.
Los gritos de Porsche –verdaderos aullidos– atraviesan las paredes. Durante media hora. Sin pausa. En la cocina, nadie se hace cargo del ruido.
Octubre de 1991, Hollywood
Ttengo una pickup muy linda. lo que pasa es que no tengo plata para la nafta", se excusa April Rayne. Y acto seguido se ríe. "¿Podés pasar a buscarme?"
April vive en un barrio de Hollywood venido a menos. Detrás de una puerta corrediza asoma una chica menuda de aspecto punk; tiene el pelo hasta los hombros teñido de negro. Sonríe con una expresión severa pero simpática. April lleva una camisa de paño con un nudo a la altura de la panza, shorts de jean, medias de red rotas y botas negras de motociclista. Exhibe el ombligo perforado.
–Te dijo Jeanna que no hago más películas de coger, ¿no?" –dice–. Me ofrecieron un papel en una producción independiente. La van a proyectar en [el Festival de] Cannes. Voy a tratar de actuar más, y si uno trabaja en cine condicionado no le dan papeles. Es una especie de cuestión gremial.
April fuma un Camel. Ahora estamos parados en un semáforo en rojo de La Brea.
–Igual –prosigue– después de hacer cincuenta videos, se acabó la magia. Tres meses es suficiente tiempo.
La observo cuando lo dice, pero da vuelta la cara y mira hacia el otro lado, hacia el Bulevar Santa Mónica.
April se muestra impresionada por mi estudio fotográfico, como si fuese la primera vez que va a un lugar semejante. Lo examina, husmea por todos lados y después deja la cartera sobre la mesa de maquillaje. Se saca la camisa. De frente, da impresión. Las tetas le sobresalen del torso. No mide más que 1,58 metro, o a lo sumo 1,60, y es realmente delgadísima, por lo cual los pechos parecen monstruosos. No tienen elasticidad y son de forma cuadrada. Las cicatrices que se le ven bajo los pezones están enrojecidas, y se nota que son recientes.
Como primera reacción, entro en pánico: no hay manera de disimular esas cicatrices ni presupuesto para retocar la foto de una actriz porno que se haya arreglado las tetas. De todas maneras, las cicatrices son el primer lugar donde April se maquilla, y me calmo un poco, me dejo llevar.
April posa en la terraza. Tiene estilo y carisma. Se conecta con el trabajo. De todas las chicas a las que les saqué fotos hasta ahora, es la primera que nació para esto. La ropa le queda estupenda, y ella sabe qué hacer para ocultar las tetas o bien para favorecerlas.
Cuando veníamos hacia el estudio, parecía deprimida, pero ahora rebosa seguridad. Me dejo llevar por lo que veo delante de la cámara, más que nada porque ésa es la imagen que quiero creer y mostrarle al mundo.
El sol de California del sur empieza a esconderse. Las imponentes palmeras ondulan a lo lejos. April es una estrella.
Cuando se acaba el rollo, me abraza durante un rato largo.
Mientras junta sus cosas, habla de la banda de su novio, Dumpster. Dice que fue grupo soporte de los Guns n’ Roses en el Whiskey. "Es un skinhead", avisa. "Supongo que se podría decir que yo lo mantengo. O lo mantenía, hasta hace poco. Desde que dejé el porno, ¿viste?"
Nueva york. en la revista Interview apareció una nota sobre April Rayne que se titula "Una actriz a la que le gusta arriesgarse". La nota se refiere a April por su verdadero nombre, Andrea, y el crítico de Interview elogia su actuación en Hold Me, Thrill Me, Kiss Me, el film independiente que mencionó Andrea el día en que posó para mí en Hollywood. El director de la película cuenta que descubrió a la actriz mirando Personalities, un video de sexo explícito.
El triunfo de Andrea fuera del mundo del porno, así como el reconocimiento masivo del que goza, robustecen la postura que originalmente quise adoptar para este libro. "¿Ven? Son estrellas de verdad, y no todas tienen una vida desesperadamente negativa." Llamo a Andrea para felicitarla, pero le desconectaron la línea.
A [el actor, director, guionista y productor de cine porno] Tom Byron, no. "Dicen que se está prostituyendo", me informa Tom. No sabe cómo puedo ubicar a Andrea. Lo último que escuchó es que no tenía dónde vivir.
Julio de 1992, Malibú
Anina hartley le gusta la idea de hacer una sesión de fotos en la casa de [el famoso director de cine porno] John Stagliano, en Malibu. Ella es famosa por su trasero, y él es famoso por adorar traseros. Lo llamo. Vacila. Está terminando de editar su último video de Buttman [Buttman es su personaje más célebre, que recorre el mundo haciendo videos, con mucho de home movies, que se apoyan en el sexo anal; de allí lo de butt]. Es la única oportunidad que me queda para fotografiar a cualquiera de los dos antes de volver a Nueva York. Al final, Stagliano acepta.
"Ningún hombre rechaza la posibilidad de pasar el día con Nina." John sugiere que, si puede escapar un rato de la consola de edición, tal vez pose él también.
John me ofrece una visita guiada antes de que llegue Nina. Transformó la mayor parte del living en un salón de ballet, ya que alguna vez aspiró a ser bailarín profesional. En una de las paredes hay un espejo y una barra de baile; la otra pared es pura ventana con vista a una pileta de natación, un solárium y, más allá, un par de casas y, por último, el Pacífico.
El dormitorio de Stagliano está despojado: hay una cama, un gran televisor y una colección de sus películas sobre una repisa. Me presta, a condición de que se la devuelva, una copia de Buttman’s Ultimate Workout, un viejo film del que se enorgullece. No hace mucho, se dio a conocer la verdadera edad de una de las actrices del video. Era menor cuando Stagliano filmó la película, por lo que en todas las copias posteriores hubo que cortar las escenas en las que aparecía la estrella.
–Esa es de colección –destaca Stagliano.
Suena el timbre, y Nina entra con paso firme. Abraza a John y lo besa en la boca. El le dice que está un poco enfermo, pero ella no se muestra temerosa de contagiarse un resfrío.
Stagliano continúa editando. Nina se sienta con las piernas cruzadas frente al espejo, apenas cubierta por una tanga. Parece estar cerca de los 40, y tal vez aparente más edad de la que tiene.
Nina es una superestrella de porno a quien muchas veces se califica de leyenda. Su presencia impone respeto. Se define como feminista radical. Cuando me dice que tiene 30 años, esquivo su mirada.
La retrato posando detrás de la casa y después en la terraza contigua al dormitorio de John. Nina es un poco madraza, hermosa, aunque parece despreocupada al respecto. Mientras cambio el rollo, juguetea distraída, ausente, con el hilo de su tampón.
Stagliano se acerca a la pileta y se desviste. Nina entra mientras se desarrolla la sesión de fotos de él. Unos minutos después, se le suma delante de la cámara y comienza a besarlo y a manosearlo. El se queja débilmente, se muestra reacio. Menciona entre dientes que tiene fiebre. Nina persiste. Empieza a chuparle la pija. Está arrodillada. El la tiene un poco parada y parece agotado, pero le sigue la corriente y logra esbozar alguna que otra sonrisa. Le toquetea las tetas. Todavía no se le paró del todo, pero Nina se la agarra, la mete dentro suyo y lo monta un rato.
Nina es como una mamá que azota enérgicamente a su hijito: vigorosa, animada. John es el hijito resignado. No se trata de sexo apasionado. Quizá esta función improvisada sea el mecanismo de Nina para recordarle a John que todavía es una actriz viable, que todavía es una buena opción para una película; quizá sea su modo de demostrar lo que quiere demostrar. El acepta el juego, aunque esté enfermo, para no rechazarla en presencia de un extraño.
Me meto en la casa cuando Nina sale de arriba de John y vuelve a chupársela.
11 de julio de 1994, Nueva York
Suena el telefono, tarde. o temprano. Todavía no amaneció. Estoy durmiendo.
–Habla Jamie.
Mis comunicaciones con Jamie Summers son esporádicas. Dejó de hacer películas porno y se mudó a Fort Lauderdale con su novio, un reclutador de actrices para clubes de strip-tease.
–Recién me llamó Tommy –dice. –Se mató Savannah.
–¿Cuándo? –pregunto.
–Hará un par de horas.
Quiero enojarme y ponerme triste, pero solamente me siento alejado, y además no tengo en claro cómo elaborar la información. Pasaron dos años desde que le saqué fotos a Savannah y me acosté con ella, y casi un año desde que le hice la última entrevista, desde la noche en que tomó tragos de sake en Sushi, en el Bulevar Sunset.
Savannah tenía la cara hinchada y marcada, destruida por los golpes de la vida. Se había operado las tetas por segunda vez; le habían quedado enormes, y entonces se parecía más a todas las otras actrices porno. Comentó que poco antes había estado de novia con Marky Mark y se jactó de intervenir en un video erótico con varios hombres a la vez. Cuando me contó eso, me entristecí de una manera más simple que cuando me enteré de su muerte: significaba que su carrera estaba en franca decadencia. Y su carrera era lo único que tenía.
Había salido de parranda con un chico que trabajaba para el grupo House of Pain. Esa noche, tarde, chocó con su Corvette contra un cerco, en las inmediaciones de su casa. No quedó herida de gravedad, pero tenía la cara ensangrentada. Llamó a su manager totalmente alterada. Mientras el chico de House of Pain estaba abajo del Corvette, fijándose qué daños había sufrido el auto de Savannah, ella se pegó un tiro en la cabeza.
Casi todas las estrellas que había fotografiado hasta entonces estaban hechas mierda o a punto de hacerse mierda. Casi todas habían insinuado que les repugnaba vender el cuerpo para ganarse la vida. Yo trataba de cerrar los ojos, pero a fin de cuentas no podía dejar de ver la realidad. La heroína, el alcohol o cualquier cosa de la que echaran mano –inclusive el sexo– eran apenas un síntoma; estaban anestesiándose.
Me había abstenido de hacerles preguntas acerca de la infancia, a excepción de algunos casos en que sí les pregunté, a regañadientes, de un modo que seguramente dio la impresión de que en realidad prefería no saber. Y en realidad prefería no saber: era consciente de que eso complicaría la cosa. Si me movía en la superficie, todo funcionaba bien. Las chicas me protegían, o protegían la imagen que me había formado de ellas, diciéndome: "No, no sufrí ningún abuso". Me había resultado necesario escuchar eso.
Pero ya había dejado de creerles. Me llevó mucho más tiempo que a cualquier otro. La mitad de las mujeres que conocía fuera del mundo del porno había sufrido abusos sexuales cuando eran chicas, así que era lógico pensar que las estadísticas también se aplicarían al mundo del porno. Según un estudio de la población general realizado en los Estados Unidos, se trata de dos de cada tres. La enigmática frase hecha comencé a oírla en boca de quienes no pertenecían al ámbito del porno: "Hay muchísimas personas que sufrieron abusos sexuales durante la niñez y no por eso se hicieron estrellas porno". No es eso a lo que voy. Las que sí terminaron trabajando con el cuerpo sufrieron abusos. Yo diría que todas.
Agosto de 1994, Compton
Uun mercedes cupe plateado de comienzos de los 80 se mete de improviso en el estacionamiento y frena con un chirrido. No venía fuera de control pero sí, tal vez, en el límite; muy rápido.
Debi Diamond abre el baúl después de varios intentos torpes, saca un atado de ropa envuelta y cruza el estacionamiento hacia la entrada del estudio de filmación, en dirección adonde estamos nosotros. Es alta y muy pero muy delgada. Transmite una energía intensa, y no puedo evitarlo: empiezo a sacarle fotos sin siquiera haberme presentado. Debi me hace –le hace a la cámara– el gesto de fuck you.
–¿Vos quién mierda sos? –pregunta.
Si Edward G. Robinson hubiera sido una chica de California del sur, habría hablado como Debi Diamond.
Entonces sonríe. Mide 1,80 metro con las zapatillas abotinadas negras Converse. Tiene unos jeans ajustados y gastados que están rotos adelante, y una remera rayada que apenas le tapa el tórax sin tetas. Debi lleva el pelo rubio decolorado recogido: le cae delante de los anteojos oscuros.
–¿Vos quién mierda sos?
Esta vez el gruñido áspero y prolongado suena más bien como un ronroneo. Debi continúa sonriendo.
–No hay problema, carajo: sacáme una foto, si querés. Pero podrías tener un poco más de onda, carajo. A ver si eras un loco que me seguía para matarme, carajo... ¡Por Dios! Estoy más caliente que la mierda.
Debi camina pavoneándose, entra rápidamente en el edificio, cruza el hall sin prestar atención a nadie e ingresa en el camarín. Deja la mochila en un sofá y se baja la remera de manera tal que le queda alrededor de la cintura. Empina una botella de Evian y traga desesperadamente unos sorbos de agua. Con la otra mano se desabrocha el jean.
Finalmente baja la botella y toma aire, y entonces ya está rodeada. El coordinador de producción le entrega un formulario. Teri, la peluquera, empuña una planchita caliente para hacer bucles. Bionca, otra actriz, la saluda –"Hola, mi amor"– mientras le pega en la cola con un guante negro de goma. Debi llegó tres horas tarde.
Debi habla sin parar, se pone en distintas poses, mueve el cuerpo, se mira en el espejo. Parece una drogadicta de tan enflaquecida y se comporta como si se hubiera dado con metanfetamina. Sin embargo, es hermosa, más allá de su crudeza, y me doy cuenta –inmediatamente– de que es especial, distinta de toda esa gente. No dejo de sacar fotos porque Debi es la primera estrella porno que veo en mi vida –la primera estrella de cualquier tipo que veo en mi vida– con un carisma tal que genera momentos, imágenes, a cada segundo. Tiene una energía que me arrastra detrás de ella.
–Todo el mundo piensa que me drogo –me dice–. Estoy dispuesta a hacerme un test de detección de drogas ahora mismo, carajo.
Debi se vanagloria de viajar en mountain-bike tres veces por semana desde el Bulevar Sunset hasta Mulholland, ida y vuelta.
–Mi entrenador no puede creer lo que soy capaz de hacer –dice con ternura–. Corro por la playa con mis perros todas las mañanas. Pero uno está un poco viejo... así que tengo que ocuparme de él, ¿entendés?, ir más despacio, porque así de grande es el cariño que les tengo a los animales.
Debi está otra vez en el estacionamiento. Se transformó. Alcanza una altura desmesurada gracias a unas sandalias con plataformas de quince centí- metros. Tiene puesto un vestido blanco transparente con los puños fruncidos, y bombacha y medias blancas. Le hicieron un peinado alto y abultado con el pelo enrulado. Fuma un Marlboro, come una masita y habla por el celular.
Un asistente de producción asoma la cabeza y le dice que es hora. Alguien bordeó el calabozo con velas. La plataforma gris sobre la que Marc Wallice, Nick East y Bionca se abocarán a Debi también está rodeada. Todas las velas tienen de tres a cinco centímetros de cera caliente sobre la superficie.
Debi está concentrada desde el primer instante. Gime, se retuerce como una posesa. Serpentea, parece una contorsionista. Despliega movimientos acrobáticos extremos: en un momento, hace la vertical sostenida sobre una sola mano mientras se la chupa a Marc; con la otra mano, se la manosea a Nick, quien, de pie, se la chupa a ella. Los hombres necesitan a Bionca, aunque más no sea para que sostenga a Debi mientras ellos vuelcan la cera de las velas. Bionca acaricia a Debi y trata de calmarla. Debi sacude la cabeza hacia uno y otro lado. El vestido blanco ya está todo roto.
–En la boca –ordena Debi.
Está acostada boca arriba. Kelly, el director, detiene la filmación.
–¿Estás bien, Debi? –pregunta.
Debi asegura que sí con un movimiento de la cabeza y un gruñido, mientras le hace señas con la mano al director para que siga adelante. Nick mira a Kelly, ve que continúa filmando y sigue adelante. Le arroja cera en la boca a Debi. Ella levanta repentinamente las piernas y se desparrama la cera con las manos. Nick vuelve a mirar al director y, como éste no le da ninguna señal, sigue con lo suyo. Debi se pasa la cera caliente por todas partes. Un minuto más tarde, hace un ademán de tijera con los dedos para indicar "corte". Dice que le entró cera en el ojo, y debe ir a sacarse uno de los lentes de contacto de color azul marino. Se le rompió el collar de perlas falsas y le quedó un extremo colgado de los hombros. Las perlas están casi todas desparramadas a los pies de los actores.
La intención era filmar una sesión de "bondage suave" para una edición de Vivid Video "orientada a parejas". Pero la escena dio un vuelco hacia el sexo explícito pesado. El cuerpo transpirado y brillante de Debi está lleno de gotas de cera seca, que le derramaron en la vagina, en el ano y en la boca abierta. Tanto a Marc –que actúa en películas porno desde hace más de diez años– como a Nick –relativamente inexperto, con apenas cuatro años de trabajo en el género– les está costando mantener sus erecciones. No se esperaban que la escena terminara siendo perversa.
La pausa de cinco minutos los va a ayudar. Tal vez sea por eso que Debi pidió ese paréntesis. No importa si ella acaba o no, pero la escena no termina hasta que los dos tipos eyaculen.
Debi se dirige hacia el baño como una tromba. Lleva con ella al novio de Nicole London, el asistente personal, y da un portazo. Nick camina de un lado a otro del estudio acariciándose su sexo semierecto. Marc descansa sentado con los pantalones bajos, indiferente, sacándose pelusas de su pene.
Del baño provienen ruidos de una relación sexual violenta. Porrazos, gritos. Duran cinco o seis minutos. El asistente personal aparece parado en la puerta, sonriendo con cara de extenuación y de culpa, como si hubiera sido víctima de un tornado sexual. Debi regresa para terminar la escena.
"no hay drama si me golpeás la cabeza contra la pared... en serio", dice Debi para infundirle confianza a Marc cuando él se la mete en la boca. Nick East está ubicado en la otra punta.
–Está todo bien. No es necesario que...
–No, no te preocupes. Si me tenés que golpear la cabeza contra la pared, podés hacerlo tranquilo.
–Pero si nada más te...
–Golpeáme la cabeza contra la pared, pelotudo.
–Estamos filmando –les recuerda Kelly.
Debi, gimiendo, le dice una vez más:
–Adelante.
Marc obedece. El estudio está en silencio, salvo por un golpeteo constante –la cabeza de Debi que choca contra la pared del set– y el zumbido de los equipos de iluminación y video.
Cuando termina el rodaje, Debi recoge del piso las perlas del collar que encuentra. De todas las escenas que presencié –algunas excitantes, otras no–, ésta es la primera que me parte el alma.
Enero de 1996
Andrea, alias april rayne, admite que tuvo una relación con un abusador. El tipo le pegaba "severamente", hasta que al final ella dijo: "A la mierda". Una vez que se separaron, él volvió a Italia, su país de origen. Más o menos al mismo tiempo, Andrea se enteró de que estaba embarazada. Nunca se lo dijo a él; sencillamente volvió a la casa de su mamá, en Sacramento, donde tuvo a su hijo y se dispuso a criarlo sola.
Por más entusiasmo que le despierte ser madre, ese sentimiento no tiene ni punto de comparación con la alegría que la invade cuando recuerda los "viejos tiempos".
–Qué época loca –exclama con deleite.
Andrea asegura que se inyectó 50 mil dólares en heroína, es decir, todo lo que había ahorrado mientras hacía películas porno. En un momento determinado, su promedio era de 1.500 dólares por día. Dice que pronto recurrió a la prostitución callejera.
–Así que, en mitad de todo eso, está Hold Me, Kiss Me, Thrill Me, que fue de lo más loco –agrega–. ¿Sabías que fui a Cannes? Era una drogadicta que no tenía dónde vivir, pero me llegaban mensajes, ¿viste? A veces por medio de mi mamá, cuando alguien la encontraba: "Dígale a Andrea que la revista Interview quiere sacarle fotos". Era bárbaro.
Dos semanas después, vuelve a llamar Andrea.
–¿A que no adivinás? ¡Hablé con Tommy Byron! Y me dijo que quiere que protagonice un video que está dirigiendo... ¿No te parece brutal? Va a ser mi retorno.
Lo dice como si estuviese esperando que la felicite. Y la verdad es que parece algo demencial, fuera de control. A Andrea realmente le interesa el proyecto.
–Mi novio está enganchadísimo –cuenta–. Insiste en que quiere mirar y por ahí hacer una escena conmigo. No está para nada celoso. Quiere mirar cómo me cogen.
Le digo que quiero entrevistarla después de la filmación, quizá inmediatamente después. Luego le recomiendo que lo piense bien antes de decidirse a aceptar, en especial ahora que hay un nene de por medio.
–No te preocupes: lo voy a pensar. Va a ser estupendo.
Un año después
Llama andrea. april rayne. Hace ya tiempo que creí que no sabría nada más de ella. Después de decirle que quería volver a entrevistarla, no me esforcé mucho por concretar el reportaje. Dice que hace terapia dos veces por semana y que a veces va con su hijo. Al final no filmó aquel video que era su retorno al género.
Le digo que todavía tengo ganas de hacerle una entrevista. Ella dice que está dispuesta. No da absolutamente ninguna señal de retractarse, por lo que procedo, tenso, ya que me metí en un brete. Fecha de nacimiento: 21 de agosto de 1967. Lugar: Culver City, California. Estudios: Escuela Primaria Beethoven, Colegio Intermedio Mark Twain, Colegio Secundario Ventura.
–¿A qué edad perdiste la virginidad? –quiero saber.
Dice que a los 12 años tuvo su primer novio, un tipo de 28 llamado Héctor. "Tenía una Vespa espectacular", comenta con una risita.
Repito la pregunta.
–Me violaron a los 9 –contesta–. A ver si entendés. Mi papá siempre me decía que yo era su hijo preferido, ¿viste? Decía que quería enseñarme a ser recia. Me dejaba sola en lugares peligrosos, para que volviera a casa por mis propios medios.
Por la forma en que la cuenta, da la sensación de que Andrea está en paz con esta historia, de que es así y punto.
–Iba caminando y me metí en un jardín interno, un edificio con rejas, ¿viste?, y tres –creo que tres– negros me agarraron por turnos, digamos. Sé que había dos más, mexicanos, que vigilaban en la puerta. Después creo que me desmayé. Igual, me daba más miedo pensar en lo que iba a hacerme mi papá cuando llegara a casa. Tenía la nariz rota y me salía sangre de un labio –porque me resistí–, así que obviamente él iba a notar algo.
Andrea dice que no sabría decirme con certeza si pasó algo antes de eso ni si alguna vez su padre abusó sexualmente de ella. Describe una segunda violación, a los 14 años. Un tipo la retuvo contra un contenedor de basura detrás de la fábrica de tortas donde trabajaba. Esa vez, le clavó el taco aguja de uno de sus zapatos en el ojo y salió corriendo.
–Ese fue fácil para la policía porque sabían a quién buscaban: a uno que tuviera la mano en el ojo –agrega Andrea, riendo.
–¿A qué se dedicaba tu padre?
–Ah, murió cuando yo tenía 12 años –responde–. Gracias a Dios. Desde entonces, ya sabés cómo sigue la historia. A los 21 me convertí en April Rayne.
Dice que tiene dos hermanos varones; uno trabaja en la Armada de los Estados Unidos y el otro, el menor, escribe y se gana la vida como profesor de snowboard.
–Es como si fuera mi hijo –asegura Andrea–, ¿no?, además de mi verdadero hijo. Lo quiero muchísimo.
–Eh... quería avisarte –aventuro para redondear–. Como ya terminé el libro, no vamos a volver a hablar, probablemente. O sea, probablemente pida que me cambien el número de teléfono.
Ella tarda un segundo hasta que cae en la cuenta de que la situación es una mierda: mi manera de manejar los tiempos y el hecho de que tenga que decírselo con todas las letras.
–Ah... –reacciona Andrea–. Bueno.
Pero retoma la conversación. Habla de temas triviales y guía la charla hasta que nos despedimos torpemente. Cuando estamos a punto de cortar, vuelve a ese tono de voz de "tengo una noticia excelente" –el que adopta para arrojar bombas– y me comenta que la autorizaron a dirigir un servicio de acompañantes en Sacramento.
–¿Que te autorizaron? –repito mientras intento pensar–. ¡Por Dios! ¿Un servicio de acompañantes?
–Sí, se necesita un permiso –me explica–. No tengo necesidad de enterarme de las cosas ilegales que hagan –ríe entre dientes–, siempre y cuando cobre mi porcentaje. Por ahora tengo tres chicas. Estoy pensando en volver a Los Angeles porque ahí ganaría mucha más plata.
Andrea señala que va a quedarse para siempre con ciertos clientes –"mis preferidos". Después asegura que está hermosa, que ahora es más voluptuosa que antes. Me cuenta que está de novia con un bombero y que un amigo le dijo que ella se parece a Angie Dickinson en la época de la mujer policía.
–Me pareció un gran halago –se enorgullece.
En la edicion de adult video News de 1996 apareció un aviso de página entera que difundía dos recopilaciones en video: Debi You’re a Fucking Slut ("Debi sos reputa"), partes I y II. Alguien me dijo que Debi se retiró. Según otra persona, ahora está casada.
¡El costado más asqueroso de Debi Diamond!
La Reina de las Putas Baratas
Coge, chupa y traga con los mejores
¡debi, sos reputa!
La última vez que hablé con Debi –antes de encontrarme con que su beeper y su casilla estaban desconectados– le leí la descripción de la primera escena en la que la vi actuar, para serle franco acerca de mi manera de ver las cosas, mi percepción de todo esto. Me escuchó con detenimiento. Era la escena de la cera, el collar de perlas falsas que se rompió, los problemas de erección que tenían los tipos, la insistencia con que Debi le exigía a Marc que le golpeara la cabeza contra la pared.
Debi se quedó callada durante unos cuantos segundos una vez que terminé de leer.
–Eran las perlas de mi abuela –dijo por fin– y no eran falsas.
1- 2
“La causa está frenada”: fue un famoso cantante, vivió un gran amor, pero tuvo un trágico final y hoy sus hijos piden Justicia
3Trabajó en Friends y en Beverly Hills 90210 y es hija de dos íconos de Hollywood: así está hoy Jennifer Grant
- 4
Luciano Castro habló de su ruptura con Griselda Siciliani y de su internación: “No pude enfocarme en el amor de mi vida”



