1 minuto de lectura'
Este disco detonó a una generación de mentes británicas, y su efecto se expandió por el mundo de una forma que hoy todavía puede palparse. En 1991, mientras en Seattle se gestaban Nevermind (Nirvana) y Ten (Pearl Jam), en el Reino Unido salían Blue Lines (Massive Attack) y Screamadelica, el álbum que reinventó la relación entre el rock y la cultura dance. En su obra cumbre, los escoceses Primal Scream se adueñan de las armas que le habían dado vida al house y las llevan a la tapa de los semanarios. El aura química de las armonías, una percusión seca, estructuras de canción que tienden a deshacerse y eslóganes mántricos (prédicas religiosas, coros gospel, samples que pasaron a la historia del hedonismo punk como el de "Loaded": "We wanna be free, to do what we wanna do…"). El disco empieza con una guitarra electroacústica, un piano y unos golpecitos de tambor. Es uno de los comienzos más reconocibles del rock británico, un arresto hippie-soul que remonta el grito de liberación de Bobby Gillespie en "Movin’ on Up", un himno para fogones europeos. La promesa de elevación (aquí el movimiento siempre es vertical) dibuja la ruta cósmica del disco: todo lo que va del blues a la psicodelia, pasando por el dub y el free jazz, pero también flashes de jueguitos arcade, voces y efectos que se meten como bichos y baladas de amor drogadas. Esta edición aniversario remasterizada (en Argentina, lo único que tiene de "deluxe" es el sticker, ya que no contiene nada del material adicional que sí traen las versiones del primer mundo) renueva técnicamente el poder de Screamadelica y confirma que nada emociona tanto como un disco que lo da vuelta todo. Para bailar como un pastor evangelista tocado por la luz salvadora y perniciosa del acid house.
Por Pablo Plotkin





