
La imagen del emperador, que con apenas un ademán señalaba el destino de un guerrero en el circo romano, abre la imaginación sobre la idea de triunfo o fracaso.
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La imagen del emperador, que con apenas un ademán señalaba el destino de un guerrero en el circo romano, abre la imaginación sobre la idea de triunfo o fracaso. Pero hoy, en el mundo del consumo y las altas tecnologías, ya se habla de la tribu del pulgar: los jóvenes que adoptaron el celular (y la digitación de breves mensajes de texto –sí– con el dedo gordo) como centro de su comunicación cotidiana, instantánea, permanente.
Dentro de la cultura keitai ("celular" en japonés), los analistas detectan modernas disfunciones: sus cultores se comunican de manera incesante pero hablan menos entre sí, se estresan más, sufren de abstinencia. De manera indudable, los modos de comunicación (además del lenguaje abreviado) y de expresión (entre las onomatopeyas de los sms y los emoticons del chat por internet) se alteran. Y no estamos hablando de Japón. Acá mismo, mientras aún no se apagan las consecuencias del uso de bengalas como forma de participación en las fiestas rockeras, los asistentes al recital de Lenny Kravitz consolidaron un nuevo y actual modo de manifestarse, que se viene viendo en los shows internacionales y fue anticipado por una pieza publicitaria reciente; es el reemplazo de aquel ritual hippie de los encendores, durante las baladas: con las manos en alto frente a un escenario a oscuras, se encienden los celulares. Y no es sólo una cuestión de clase. Es un signo de época.
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