
Que los zapatos sean cómodos
La columna del sábado pasado se ocupó de lo que los actores llevan en la cabeza (cuando actúan). La de hoy se traslada al extremo opuesto del cuerpo, a saber, qué llevan en los pies.
Parece una cuestión sin importancia. ¿Cuántos espectadores se fijan en el calzado de los intérpretes, si corresponde a la época de la acción, si armoniza con el vestuario? Máxime si la obra transcurre cuando las mujeres usaban faldas hasta el suelo, o en tiempos más o menos recientes, en que se mezclan los estilos y aparentemente no hay mucha diferencia entre los años 50 y los 90, salvo en el caso de las siempre recurrentes -y horrorosas- plataformas.
Pero alguien dijo que Dios está en los detalles, y los críticos también. O al menos deberían estarlo. Entonces, convendrá observar qué pasa en el nivel del piso del escenario. Si el escenario es el de un teatro oficial, o el de un empresario reconocido por el cuidado de sus producciones, se puede estar seguro de que los zapatos serán los adecuados. A partir de una premisa básica insoslayable: que resulten cómodos.
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Es famosa la respuesta de la célebre soprano Birgit Nilsson al periodista que le preguntó qué se necesitaba para cantar el papel de Isolda en el Tristán wagneriano: "Un par de zapatos cómodos". Porque, sin duda, el cantante o el actor a quien le duelan los pies (un mal muy difundido) no podrá nunca concentrarse en su trabajo y de algún modo expresará su tortura.
Pero, ¿por qué descartar la conveniencia de proveer deliberadamente de calzado estrecho a los protagonistas de las grandes tragedias? Con los griegos no habría manera, porque siempre se recurre a las sandalias, pero ya con Shakespeare asomaría la tentación.
En cuanto a anécdotas sobre el tema, las hay, y algunas muy sabrosas. En los 60, cuando en el teatro Avenida desembarcaban compañías itinerantes de zarzuela, de calidad dudosa, no era raro ver, en "La corte de Faraón", a la faraona con atuendos seudoegipcios y zapatos con taco aguja.
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Iris Marga contaba que en sus años juveniles integró una compañía de varieté que salió de gira por el interior. Ella era entonces cantante y vedette de segunda línea, por lo que a veces le encargaban menesteres de poca monta. Una vez le tocó reemplazar en Tucumán a la consabida ayudante del mago, esa muchacha atractiva y ligera de ropas que se limita a señalar con una sonrisa los preparativos del artista, adoptar una expresión triunfal cuando el truco funciona y, eventualmente, ser partida en dos por un serrucho.
El caso es que Iris, disfrazada de odalisca, para entrar en escena debía descender pausadamente una breve escalera. Asumió su mejor sonrisa y comenzó a bajar, y el público, a reírse, al comienzo tímidamente y luego a carcajadas. La odalisca se detuvo a medio camino, temerosa de algún descuido impropio en su escueta indumentaria.
Hasta que se dio cuenta: en el apuro del reemplazo, había salido a escena con zapatillas ("de goma", como se decía entonces) y no con las babuchas reglamentarias.
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Quien escribe estas líneas recuerda una situación entre angustiosa y cómica donde el calzado jugó un papel. En el Ateneo, Mecha Ortiz representaba "Ardéle, o la margarita del amor", de Jean Anouilh. Había un diálogo entre ella, asomada desde el descanso de una escalera, y Santiago Gómez Cou, debajo. Mecha vestía una bata de raso y calzaba chinelas; uno de sus pies asomaba entre balaustres.
La famosa actriz, con su habitual distracción, balanceaba ese pie y jugueteaba con la chinela respectiva, que amenazaba aterrizar en cualquier momento en la testa del actor. Los espectadores percibíamos la angustia de éste y sus disimulados esfuerzos por disuadir a la Ortiz de ese juego peligroso.
Hasta que, como era de temer, triunfó la ley de gravedad y Gómez Cou esquivó apenas el insólito objeto volador perfectamente identificado que se desplomaba sobre él. En ese momento, Mecha pareció despertar y al comprender lo sucedido no pudo contener la risa, mientras caía, misericordiosamente, el telón.
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