Muchos barrios de buenos aires tienen sus muros decorados con tres palitos cruzados que parecen una ramita sin hojas.
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Muchos barrios de buenos aires tienen sus muros decorados con tres palitos cruzados que parecen una ramita sin hojas. El isotipo pertenece a Arbol, grupo de Haedo –localidad del oeste del conurbano bonarense– que de a poco invadió el centro y que, con una modesta pero prolija producción independiente, atrajo la atención del talentoso cuarteto mexicano Café Tacuba, primero, y del productor discográfico Gustavo Santaolalla, después. Resultado: Arbol es el segundo lanzamiento argentino de Surco, el sello que Santaolalla dirige para la compañía Universal.
El 15 de marzo saldrá el segundo debut de Arbol, titulado Arbol. Lo de "segundo debut" tiene una explicación: se trata de casi las mismas canciones que integraron el primer cd independiente del grupo, pero esta vez producidas por el ex Arco Iris y grabadas en Los Angeles.
¿Y qué es Arbol? Una vez superada la tentación de hacer chistes estúpidos e inevitables acerca de las raíces folklóricas del quinteto y las ramificaciones de su música, se puede decir que se trata de, tal cual se autodefinen sus integrantes, un "power trío hardcore" más dos cantantes que hacen armonías vocales y tocan violín, charango, percusiones varias, armónica, erque, flauta traversa y demás instrumentos poco frecuentes para los géneros más duros del rock.
Arbol mezcla ritmos y busca la ambigüedad. Un ejemplo: "Rosita", un tema de instrumentación folklórica y melodía de canción de cuna, cuya letra dice cosas feas de gente que apesta y perros que muerden abuelas. Otro ejemplo: "Juanas", dos minutos afiebrados de base funk que, cuando llegan al estribillo, estallan azuzados por un violín que parece entrar en un saloon del Lejano Oeste en el momento en que vuelan las sillas y las botellas.
"La idea de la banda fue buscar siempre lo ambiguo, tratar de que pueda interpretarse algo más que lo que se escucha en primera instancia", dice Eduardo Schmidt, cantante, compositor y miembro fundador del grupo. Como prueba, un chiste: "Cuando escribimos «Gente», nos reíamos pensando en hacer la clásica «Yuta, hija de puta»." La letra brama: "Fachos de mierda. Curas y milicos llenan tu cabeza de mierda. ¡Mienten!" "Pero", cuenta Schmidt, "es una canción que les encanta a los más rockeros; creen que es una canción de protesta. Y se sorprenden cuando aparece un tema con cuerdas".
A diferencia de bandas como los Caballeros de la Quema o Divididos, Arbol no hace del oeste bonaerense una bandera. Pablo Romero (cantante y percusionista) explica: "Nacimos en el Oeste –Ramos Mejía, Castelar, Ituzaingó–, hicimos los primeros conciertos en Haedo, pero no creo que la música sea distinta porque haya nacido ahí. Hacemos lo que nos gusta. Las canciones tienen de todo y son para todos. El disco abarca muchas cosas, va y viene, y nos gusta jugar con eso de no ser de un solo lugar".
El bajista Sebastián Bianchini proviene del jazz y es de pocas palabras. Sólo se interesa por aclarar que Arbol no adhiere a ninguna causa rockera (chiste estúpido inevitable: Arbol no es una banda del palo). "Es hardcore en lo musical, pero no es rockera en cuanto a los prejuicios del rock. Hacemos las canciones para que las escuchen todos."
Schmidt trata de dejar todo en claro: "En un momento de tu vida, cuando dejás de lado esos prejuicios que todos tenemos cuando somos pendejos, descubrís un montón de música buenísima. Yo sé que hay gente a la que le gusta Arbol y que no sabe que el grupo está integrado por músicos que vienen del jazz, de la música clásica y de la música contemporánea". Cuando hablan de su público, los muchachos de Arbol –promedio de edad: 25 años– se refieren a las doscientas personas que, desde 1994, los siguen por los pequeños pubs de Buenos Aires. Ahora, la expectativa es sumar fans a fuerza de conciertos, giras y promoción en la Argentina, el resto de América latina y los Estados Unidos. Vuelo directo: de Haedo al Primer Mundo.
En el camino, la banda sufrió algunas transformaciones. En 1997 cambió de baterista y de bajista; del Arbol original quedan Schmidt, Romero y el guitarrista Hernán Bruckner. En lo que podría ser visto como el necesario paso del grupo de amigos al profesionalismo, Arbol renovó su base con la idea de llegar a Los Angeles en las mejores condiciones para registrar este disco. "Grabamos con Joe Chiccarelli, un tipo que laburó con Frank Zappa y Beck, y no podíamos tener ninguna duda. Fue un momento de mierda que por suerte ya pasó. Ahora el grupo es el mismo, pero suena mejor", dice Schmidt. "En un año, la banda creció muchísimo."
Y concluye: "Nos tomamos esto muy en serio. Quisimos hacer el mejor disco y las mejores canciones, y queremos ser los que mejor toquen esas canciones. No para competir, sino para tratar de sacar lo mejor de nosotros mismos. Santaolalla nos dijo que se moría por escuchar el tercer disco de Arbol. Eso quiere decir que cree en nos- otros y que este disco es sólo la semilla de algo que tiene que crecer. Y, por suerte, todavía no sentimos que hayamos llegado a lo más alto que podemos llegar". Bueno, la semilla… Si el chiste lo hace él…





