
Historia de una pasión verde, amarilla y roja
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Es difícil abordar el reggae como fenómeno musical sin mencionar sus componentes estéticos (dreadlocks, la omnipresencia de la trifecta cromática verde, amarillo y rojo) y espirituales (el rastafarismo). Esta complicación se da porque, aun tratándose del género más tangible del folclore jamaiquino, ambos factores están presentes en los grupos que abordan su música en cualquier rincón del mundo. En menor o mayor grado, (casi) cualquier banda de reggae, sea de la latitud que fuere, hará referencias a Babylon, Zion o Jah, y con el detalle capilar correspondiente.
Y si bien no todo artista reggae profesa obligatoriamente el rastafarismo, la asociación entre ambos radica en su lugar de nacimiento. Tanto el género como la religión monoteísta basada en Jah y los cuatro volúmenes del Holy Piby de Robert Athlyi Rogers surgieron de Jamaica, pero fue su llegada a Inglaterra de la mano de Bob Marley y Peter Tosh (y la posterior relectura y expansión del género que hicieron los músicos británicos) la que propulsó la expansión planetaria del reggae más allá de la isla. El nacimiento de una variante menos comprometida tanto política como espiritualmente, el lovers rock, sería la clave para este proceso.
La selección de los colores rojo, verde y dorado tampoco es casual, y su uso no está librado al azar y es, a su modo, una declaración de principios. Conocidos como "colores etíopes", son un símbolo de unidad tanto en Africa como en América, y la elección hace homenaje a Etiopía, país que, salvo por un breve período de tiempo durante el gobierno de Mussolini, logró escapar a la colonización europea en el continente negro. De igual manera, los dreadlocks, elemento archirecurrente en asociación con el reggae, también está asociado a los rastafari, si bien hay pruebas de su existencia en pueblos históricos en África y Asia.
Con todo esto dicho, disociar al reggae de su distintivo tricolor, o de las mal llamadas "rastas" es una tarea inútil al hablar del género en Argentina. La única excepción posible sería (por obvias razones) Luca Prodan, uno de los encargados de abrirle la puerta al género a principios de los ’80. Puede también verse cierto paralelismo con otro ritmo de la isla, el ska. Ambos llegaban al país en cuentagotas, dependiendo de amigos de amigos que viajasen al exterior y trajeran discos importados con las novedades de afuera, o bien bajo la circulación de cassettes comprados en las cuevas, que pasaban de mano en mano, evangelizando fieles. Pero, a diferencia de los rude boys, el público reggae creció exponencialmente con el pasar de los años que le valió ganar un peso propio, hasta llegar a un presente tan rico y ambivalente, en el que conviven el dub acuoso de Nairobi con el romanticismo ATP de Dread Mar I.
Pero, si se trata de rastrear la semilla del reggae en Argentina, hay que ir lejos en el tiempo. ¿Hacia los debuts homónimos de Los Pericos, La Zimbabwe o Todos Tus Muertos? No. ¿Al "Reggae de paz y amor" de Divididos por la felicidad? Tampoco. En 1971, el orquestador Fernando Monsegur viajó a Jamaica con su mujer, y se trajo varios discos de edición artesanal. Le mostró uno de ellos a Donald, quien quedó tan fascinado con este ritmo por entonces desconocido, que decidió grabar una canción en esta tónica. Así fue como el autor de "Tiritando" picó la primera piedra con el inocentón "Scaba Badi Bidu", una canción de un género del que por entonces se sabía tan poco, que fue catalogada como "regay" por la RCA Victor cuando lo publicó (para pruebas, ver la imagen estática del video de abajo). Harían falta unos cuantos años para que al género jamaiquino por excelencia se lo comprendiese como correspondía...
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