Retrato de una pasión rockera: los Redondos
La población santafecina de San Carlos volvió a vivir la invasión de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota para experimentar mucho más que un recital de rock: la posibilidad de que en los márgenes también se escriba la cultura de esta parte del milenio.
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SAN CARLOS CENTRO, Santa Fe.- No hay explicación que valga. Es necesario vivirlo para sentir qué significa seguir, un fin de semana, a los Redondos. La cosa parece ser así. Se vive o no. Se siente o no. Los chicos están bien; llegan desde cualquier punto del país para ver a su banda, esa que puede estar en cualquier lado o en ninguno.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota están siempre un paso más allá. Y llegan antes. Y no necesitan hacer grandes campañas publicitarias ni aparecer en la MTV, ni estar en algún puesto top. Van a contramano del marketing y, sin embargo, son un gran negocio.
San Carlos tiene casi 10.000 habitantes. En un fin de semana recibe igual cantidad de visitantes. Y con el par de hoteles que hay en el pueblo no alcanza, claro, y entonces aparecen otras formas de hospedaje.
Los lugareños que tienen una habitación de más, la alquilan. Los gimnasios y galpones se llenan de incómodas colchonetas para que los ricoteros puedan pasar la noche -al menos- bajo techo. Los que llegan en auto deciden dormir allí y otros, muchos, en la plaza.
El del público de los Redondos es un caso único, tal vez sólo comprendido por los míticos dead heads que seguían a todos lados a los Grateful Dead.
La cosa es llegar
Muchos llegan a dedo de donde sea. Buenos Aires, La Plata, Rosario, Córdoba, Mendoza, Misiones... Las provincias tienen sus representantes aquí. Un congreso rockero que revoluciona a un pueblo tranquilo, donde el cielo es más grande. Letoile es la disco del lugar. No hace mucho juego con San Carlos. Parece más bien porteña en su estructura y más aún cuando aparecen los rayos láser. Pero eso es lo de menos. En este caso, como cada vez que los Redondos actúan, lo importante es todo eso que pasa con la gente desde la música.
Aquí se comprueba que el rock es una forma de ver el mundo. Y la mejor protección para este fenómeno es mantenerse en los márgenes. Entre los chicos está todo bien. Y hay quienes llegaron varios días antes. Y el viernes, día del primer concierto, ya es bastante la gente que se instala en la plaza desde muy temprano.
El pueblo es muy limpio y, por lo general, todos cuidan de que siga así. Muchos grupos se conocen de otros conciertos. Van a todas partes detrás de la banda. Se sientan en el césped y recuerdan otros viajes mientras toman mate, cerveza, gaseosa o vino. O todo a la vez. Se toma mucho. Se comparte igual.
Y mientras ellos hacen tiempo para que llegue la hora del show, los lugareños tienen dos actitudes: se acercan a conversar con los chicos (principalmente se animan las mujeres) o se reúnen en la confitería del Club Argentino, frente a la plaza, y observan detrás del vidrio (los hombres). Las quejas son pocas y tienen más que ver con el aspecto desprolijo de lo que ven. No terminan de entender qué es lo que pasa.
"Vamos las bandas"
Los visitantes se pasan el día tirados en el césped y escuchando a los Redondos. El primer show está cerca, y lo importante es estar allí. Y no todos tienen su entrada para ese día. No importa. Se quedarán en las calles, cerca de la disco (una cuadra antes hay un vallado y sólo se pasa con la entrada) para bailar y cantar. Como si ese espíritu fuese poco, los días son increíbles. Ni una nube, y el sol, que da de lleno sobre San Carlos, sube la temperatura: tres días de verano con casi 30 grados.
Para el sábado ya llegaron todos. Ahora sí, la plaza está cubierta de remeras del grupo. No falta nadie. A dedo o en micros alquilados, desde la madrugada, a no para de llegar gente. Los locales ya están resignados ante esta pasión que invade su privacidad.
Será que la rebeldía que le dio vida al movimiento rockero está bien resguardada. Y algunas líneas de "Luzbelito", el nuevo álbum de la banda, tal vez sean un buen ejemplo: "Le prohibieron la manzana/ sólo entonces la mordió/ la manzana no importaba/ sólo la prohibición".
Para quienes alimentan sus fantasías con los gestos violentos del rock, éste es un trago amargo. Tan amargo que los chicos no paran de divertirse.
No es cuestión de explicar. Hay que animarse a probar estos Redonditos de Ricota. Darse la oportunidad de disfrutar porque sí. O porque, como dice la inscripción de una remera, éste es el "pasado, presente y futuro de una pasión rockera".
Ese rock visceral e independiente
SAN CARLOS CENTRO, Santa Fe.- El rock de Los Redondos es duro, tan duro como ser un joven argentino durante los años difíciles de la convertibilidad y del desempleo. Suena como un aullido feroz en la noche. Como un pedido de auxilio. Pero no leve y pop como el "¡Help!" de Los Beatles. Nada de eso. Es más profundo, más visceral, más cercano a lo que siente la gente de la calle.
Aquí, allá y en todas partes, los adolescentes, que hoy por hoy son el grueso del público de la banda platense, padecen los mismos problemas, las mismas penurias que, allá lejos y hace tiempo, llevó a otros adolescentes, agobiados por la ominosa oscuridad de los 70, a acompañar el "No future" como un emblema generacional y a abandonarse a los excesos del punk.
Ese fue el clima que se vivió durante la serie de recitales que el grupo ofreció aquí a fin de presentar su último álbum, "Luzbelito", y que congregó a lo más granado de las tribus ricoteras del país en un encuentro ritual sólo para iniciados. Todo fue pasión, desenfreno, fanatismo.
Yfue así, sencillamente, porque los fanáticos de Los Redondos son una legión fervorosa y fiel capaz de seguir a sus ídolos adonde quiera que vayan. Inclusive a una pequeña localidad del fin del mundo, como sin dudas lo es San Carlos Centro, que un poco por cábala, un poco por snobismo, la banda eligió, de un tiempo a esta parte, como base de lanzamiento.
A lo largo de dos horas, Los Redondos no sólo mostraron, en cuentagotas, lo más nuevo de su producción. También hicieron una recorrida rápida por lo mejor de su repertorio.
Fieles a su estilo, Los Redondos no hicieron las cosas fáciles. Nadie esperaba que fuera así. Nadie se sorprendió de que hubiera que esperar un buen rato para que se dignen a tocar "¡Cruz diablo!", a la sazón el primero de los temas de "Luzbelito" que la banda interpretó durante el recital.
Pero valió la pena. En vivo, la música cobra una intensidad que, pese al esfuerzo que ponen en sus grabaciones, es distinta a la de sus discos. La proximidad del público, su aliento incesante, parece dotar de una energía y un vigor especial a la voz del Indio Solari y a la guitarra de Skay Beilinson, arietes de las huestes ricoteras, que hacen que su rock cobre una dimensión desconocida.
Así, "Rock yugular", "Fanfarria del cabrío", "Juguetes perdidos" y "Luzbelito y las sirenas", los de por sí fuertes temas del flamante álbum sonaron compactos, contundentes, y se revelaron dignos de ser incluidos en una antología del mejor rock redondo.
Mechados con las novedades aparecieron viejos éxitos como "Queso ruso", "Ladrón de mi cerebro" o "El pibe de los astilleros". El recital, sobre todo, dejó en claro que sigue siendo el único grupo de rock independiente, bien a la vieja usanza, que se atreve a ensayar una crítica social inteligente y creíble de la Argentina actual y que llega al corazón de los jóvenes porque no promete nada, ni pide nada a cambio. Porque sus aspiraciones comienzan y terminan en una noche de fiesta.





