"Es cierto que soy consciente de la continuidad, de dónde está la cámara, de hacia dónde se dirige la escena, pero recién ahora esa conciencia se está convirtiendo en una virtud. Durante mucho tiempo fue un defecto"
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Para entonces ya era un pequeño actor profesional, con trabajos en radio y televisión, doblaje de comerciales y alguna fugaz aparición en cine. La noche del 5 de enero de 1970 comprobó que a veces los padres se parecen bastante poco a los Reyes Magos.
-En esa época, mis viejos no venían bien, tenían problemas económicos importantes, muchas dificultades para conseguir laburo -Ricardo viene de una familia de actores, con todo lo bueno y lo malo que esto implica.- Supongo que mi viejo era el encargado de los regalos de Reyes: se apareció a las once de la noche con un gatito que, sin duda, había levantado en un terreno baldío. En cuanto se abrió la puerta y vi al gato, sentí que era uno de los mejores regalos posibles. Sólo que mi mamá no estuvo muy de acuerdo y volaron el gato, mi viejo, todos juntos… Se armó un despelote bastante grande, así que le dije a mi viejo:
"-Me parece que te tenés que separar.
"-¿Estás seguro?
"-Sí, estoy seguro. No seas boludo.
"-Puede ser -me dijo, cerró la puerta y se fue de casa.
-Vaya…
-Me parece que lo que estaban necesitando era que alguien los ayudara a tomar una decisión que tendrían que haber tomado ellos, y que no tomaban porque por alguna extraña razón se querían mucho. En ese momento no era nada común que la gente se separara: lo usual era soportar situaciones muy incómodas en pos de salvar el matrimonio.
Le tocó en suerte ser un chico precoz. Ricardo Darín (hijo) nació bien temprano, entre la 1 y las 2 de la madrugada del 16 de enero de 1957, el día más caluroso del siglo. Pesó, pequeña bestia, 4 kilos con 250 gramos: a su madre, la actriz René Roxana, le pusieron una mascarilla de oxígeno para ayudarla a emprender el agobiante esfuerzo final. René asegura que su hijo debutó como actor a los 22 meses, en el viejo Canal 7…
-Tomemos con pinzas lo que dice mi vieja -propone Ricardo, sonriente-, porque ella también dice que yo pedía caca a los seis meses. Las probabilidades de que eso haya ocurrido son muy escasas, pero no hay manera de sacárselo de la cabeza… (risas). Lo que pasa es que ella y mi papá tenían un programa de televisión, La mujer y su mundo vista por el abuelito, y necesitaban un chico para una escena. De ahí a que yo haya "actuado", hay un largo trecho…
-¿Cuál es tu primer recuerdo como actor?
-No sé exactamente qué edad tenía, pero era verdaderamente muy chico cuando actué en una novela por Radio El Mundo, con Alfredo Alcón y Norma Aleandro. Ellos hacían un matrimonio y yo era el hijo… Me impresionaban mucho los efectos de sonido: los ruiditos con las cajas, el arroz para hacer la lluvia… Después recuerdo haber ganado un concurso latinoamericano de doblaje en los laboratorios Alex. Entre los mayores ganó un locutor que se llamaba Leopoldo Costa; entre los menores gané yo. No era nada fácil encontrar un chico que hiciera doblaje: para los pibes era muy difícil meterse en los mismos tiempos, las mismas respiraciones de la imagen… Laburé muchísimo en doblaje, mientras aparecían cosas nuevas en televisión, en radio, alguna publicidad…
El niño darin era popular, pero con moderación. No era ni Shirley Temple ni Pablo Codevilla. De tanto en tanto, alguna vieja le veía cara conocida en el colectivo, pero no más que eso. Entre fines de los 60 y principios de los 70 pasó por La pandilla del tranvía, Estación Retiro y La mesa redonda de los niños prodigio, un programa conducido por Héctor Coire que, a la distancia, considera un bochorno.
-Había un pibe que se llamaba Surecchi, que tenía 12 años y era egiptólogo; Claudio María Domínguez hablaba sobre Homero y La Ilíada; estaba Daniel Melero, que ya era músico. Todos eran auténticos niños prodigio, excepto Pablo Codevilla y yo.
-¿Y ustedes qué hacían ahí?
-Hablábamos, qué sé yo. Nos habían elegido en un casting porque éramos actores profesionales, pero no parábamos de hacer cagadas, de decir barbaridades. Yo trataba de meter letra todo el tiempo, para que no se notara que de niño prodigio no tenía nada. Así fue como un día dije que en la Argentina había un 78 por ciento de analfabetismo. El conductor dijo:
"-¿Cómo?
"- Lo que escuchó. En la Argentina hay un 78 por ciento de analfabetismo.
"-¿Estás seguro?
"-Absolutamente seguro.
"-Caramba, caramba… -debe haber bajado 400 kilos en un segundo-. Ante el estupor de Coire, me di cuenta de que algo fallaba.
Entonces dije:
"-Perdón, perdón… El 7,8…
Hace ya bastante tiempo que ricardo Darín dejó de ser un chico, aunque cuando me anota su teléfono en un papel escribe "Ricardito", aunque su personaje de la telecomedia Mi cuñado se llamaba "Chiqui" Fornari. Debió luchar contra el estigma del eterno pendejo: millones de argentinos lo vieron crecer desde la pantalla del televisor, al igual que a Pablo Codevilla o a María del Carmen Valenzuela, actores de su generación a los que la gente todavía llama "Pablito" o "Mariquita". La suya es una de las caras que, sencillamente, siempre estuvo ahí. Ahora Ricardito tiene 43 años y es el padre de dos hijos, y el enorme protagonista de Nueve reinas y de El mismo amor, la misma lluvia. Todo el mundo -su hermana, su madre, un par de amigos, sus directores en el cine y en la tevé- dice que tiene un excelente sentido del humor, que se ríe mucho, que da gusto trabajar con él. Todo eso ya lo sé: está entre el puñado de cosas que todos sabemos sobre Darín. Intento, entonces, saber por qué se ríe. O de qué se ríe.
-Ricardo es francamente divertido, es la persona que más me ha hecho reír en la vida -confiesa su hermana, la actriz Alejandra Darín-. Desde chico, decidió ser el personaje del que siempre se espera algo gracioso. A veces utiliza el humor para alivianar situaciones difíciles, pesadas. Nosotros teníamos un perro al que amábamos, que se llamaba Pichipilú. Cuando se murió, yo lloré mucho, y todavía hoy me emociona mucho recordarlo. A medida que pasaban los años, Ricardo tomó la costumbre de sacar el tema de Pichipilú en cualquier conversación, sólo para divertirse haciéndome llorar. Tal vez utilizaba ese gesto para reflejar algo que a él también le pasaba, pero que no podía permitirse.
-Puede ser -concede Ricardo-. Es probable que, como dice Enrique Pinti, el sentido del humor tenga, siempre, raíces en el dolor, o en la necesidad de escaparle. No me gusta que algo me duela, lo cual no significa que no me duela. Está muy mal visto eso, como si fuera un gesto frívolo, cuando en realidad es todo lo contrario. Los que me conocen saben que, del mismo modo, también soy capaz de llorar por cualquier cosa. Los noticieros pueden hacerme llorar. Es probable que el llanto y la risa sean mecanismos de defensa… Si uno lo analiza técnicamente, el oficio consiste en disfrazarse de alguna manera, en dibujar personajes y situaciones que no son reales. Nunca lo había pensado así, pero ahora se me ocurre que a lo mejor con esa sensibilidad busco una manifestación absolutamente genuina. Como si fuera una letra propia, interior.
durante las dos charlas de dos horas que sostuvimos la primera, en el estudio donde se realizó la producción fotográfica que ilustra esta nota; la segunda, en su casa de la calle Bonpland-, Ricardo Darín expuso su sube y baja emocional. Lo he visto reírse a carcajadas cuando contaba algo gracioso; he visto cómo sus ojos se nublaban cuando hablaba de algo doloroso. Debe ser complicado vivir así todo el tiempo. Debe ser, según las circunstancias, sublime o insoportable.
-En realidad, cuando no estoy bien es cuando parezco, a los ojos de los que no me conocen, equilibrado. Los que me conocen saben que si no estoy riéndome o llorando, es porque no estoy ahí.
Florencia Bas, la esposa de Ricardo y la madre de sus hijos, sostiene que no hay peor Darín que el que aflora cuando no hay trabajo.
-Todo lo que tiene de seductor y divino, desaparece cuando no trabaja. Entonces se le apaga la vida, se deja llevar por la abulia y se convierte en ese marido que nadie quiere: un aparato con chancletas y control remoto.
Un día el público dejó de llamarlo "nene" y pasó a denominarlo "galancito". El viaje a ese nuevo territorio fue vertiginoso: arrancó en el 75, con un papel en la telenovela Ayer fue mentira, que protagonizaba Atilio Marinelli. Después llegaron las tiras de Alberto Migré: se peleó con Arnaldo André por el amor de Nora Cárpena en Los que estamos solos, fue el sobrino de Arturo Puig y el novio alternativo de Laura Bove y María Ibarreta en Pablo en nuestra piel y, de la mano de Migré, llegó a la temporada teatral de Mar del Plata con El tema es el amor.
-Lo vi en el teatro, en Art, y en cine, en El mismo amor, la misma lluvia, y en ambos casos me pareció espléndido, fabuloso, pero Ricardo ya era un buen actor hace veinticinco años, cuando trabajábamos juntos. Era indisciplinado, eso sí. Llegaba a la hora que quería, se reía mucho en las grabaciones, cuando se juntaba con Pablo Codevilla había que separarlos porque se ponían insoportables -reniega, paternal, Alberto Migré-, pero yo lo toleraba porque sabía que era bueno.
Gracias a su fama entre las chicas, lo convocaron para protagonizar las películas "del amor": Los éxitos del amor, La carpa del amor, La playa del amor y La discoteca del amor, financiadas por la compañía discográfica Microfón para promocionar a sus artistas. Para aprovechar el impacto de los filmes, un ejecutivo de la compañía le propuso que grabara un disco. Pusieron a su disposición un profesor de canto, pero no había caso. Hasta que al productor se le ocurrió que Darín recitara poemas con música de fondo, como lo hacía en los 60 Roberto Vicario, como lo hace hoy Omar Cerasuolo. Así fue como grabó el bizarrísimo De a dos.
-¿Te acordás de esa letra que decía "Las rodillas flacas, el mocasín gastado…"?
-Estuviste investigando, guacho… (risas) Eso fue un delirio, una truchada... Lo que pasa es que los tipos habían visto que cuando me llevaban al estreno de la película en Tucumán, Córdoba o Mendoza, las minitas gritaban y todo eso… Entonces pensaron que tenía que grabar un disco.
-¿Te divertiste haciéndolo, al menos?
-Es más triste: me copé, me encerraba en un bar y escribía todo lo que se me venía a la cabeza… Todo lo que grabé me da vergüenza, pero hay uno que se llama "Mamá, hoy soy otro", que no tiene desperdicio.
-Ese en el que le decís a tu vieja "No quiero que me trates como a un chico" (risas)…
-Claro, le paso una factura a través del disco.
-¿Y quién era la chica de "las rodillas flacas"?
-Se llamaba Martita, era mi novia. Estaba chocha, porque como casi todo el disco estaba elípticamente dedicado a ella, no reparó, digamos, en la calidad del producto, sino en la intención. Era una chica divina. Es divina, bah. Está casada con un alemán…
-¿Le vendieron el disco a alguien?
-En ningún lugar del país vendió nada, pero en Bahía Blanca vendió siete mil copias. Nadie sabe por qué.
El director de La playa del amor y La discoteca del amor fue Adolfo Aristarain. Cada mañana, antes de filmar La playa… el elenco se reunía con Aristarain para reescribir las secuencias del libro.
-Estábamos muy encorsetados. El decía: "ok, hay que promocionar unos cantantes, perfecto, pero hagámoslo de la mejor manera posible. No es necesario que un personaje diga: «Escuchemos este tema mientras tomamos una copa»". Entonces hicimos lo que se pudo. Estábamos obligados a respetar un tonito como de comedia. El famoso "paso de comedia argentino", que yo tanto odio…
-¿En qué consiste?
-Los actores tienen un gesto como de que están haciendo una comedia. Se mueven raro, como si fueran muñecos. Es algo así como la liviandad. Yo he escuchado a directores, tanto en cine como en televisión, que me decían "no, livianito, livianito, que no pese"… Y yo: "Bueno, pero resulta que a este personaje se le murió la madre y…". "Sí, sí, pero eso no es lo importante."
La casa de la calle bonpland donde vive Ricardo Darín cuando no vive con Florencia -la condición de "novio de mi esposa" tiene su encanto, ya hablaremos de eso- está herméticamente aislada de los ruidos que llegan del exterior. Mientras conversábamos, en la calle chocaron dos colectivos -no hubo víctimas, sí unos cuantos vidrios rotos- y nosotros ni nos enteramos. Parece el ambiente ideal para estudiar un libro. Sobre una mesa ratona de vidrio reposa el guión de La fuga, la próxima película de Eduardo Mignogna, en la que compartirá cartel con Inés Estévez y Gerardo Romano. Darín interpretará a Santaló, un jugador de póker romántico que se fuga de una prisión. Ayer se reunió con el director. Esta mañana lo visitó un maquillador español que trabajó con Cary Grant, Dustin Hoffman, Gene Hackman, etcétera… El tipo estuvo una hora y media contándole anécdotas y recién después se largaron a pensar en cómo será el rostro de Santaló. Mañana lo visitará un prestidigitador, aunque Darín no está del todo seguro de que un buen jugador de póker deba hacer demasiada ostentación de su habilidad con la baraja. Mientras todo el país habla de su actuación en Nueve reinas, mientras los que saben dicen que la película orillará un millón de espectadores, Darín empieza a embalarse con un nuevo personaje, un nuevo rodaje, una nueva película.
-Le estoy tomando el gustito al cine. Ahora parece que Ricardito, si le dan tiempo, lo resuelve bien… -dice, exultante.
Hay en sus palabras algo de vendetta. Darín siente que siempre contó con el respeto de sus colegas, los actores. Y que los periodistas, en cambio, de cuando en cuando tienen la deferencia de descubrir que no es ningún boludo.
-Nunca encontré las razones exactas de cierta resistencia hacia mi trabajo por parte del periodismo. Hace poco leí una nota muy generosa, exagerada diría, en la que un periodista fundamentaba por qué le parecía que yo era un buen actor. Para que su concepto quedara claro, el tipo describió los prejuicios que había tenido conmigo: "Ex galancito, estrella de la tevé, ex pareja de Susana Giménez, simpático profesional. Los antecedentes de Ricardo Darín parecen una acumulación de contrariedades: una persona así no puede ser un gran actor". [Se refiere a un comentario escrito por Gustavo Noriega y publicado en la revista El Amante.] Si te ponés a pensar, ¿qué carajo tiene que ver? A nadie se le hubiera ocurrido decir que Monzón no podía ser un buen boxeador si era el novio de Susana… Por eso no quiero creerme demasiado lo que se dice ahora sobre mí, aunque suene pedante. No está tan mal ser una promesa permanente, es mejor que ser un actor consagrado, porque si no te pueden cortar las piernas, como al Diego en el 94. La verdad es que no me parece tan anormal lo que me pasa. Trabajo, oportunidades, confianza…
Una vez no le tuvieron nada de confianza. Entonces fue un pésimo wing derecho. Soñaba con parecerse al Loco Raúl Bernao, habilísimo puntero del Independiente del 67-70, o con trasladar a su sector la magia del Negro Oscar Ortiz, wing izquierdo que brilló en el San Lorenzo de Los Matadores, en el River de Labruna y en la Selección campeona del 78. Lo que le salió, en cambio, fue un remedo del Piojo López, un tipo cuya velocidad era directamente proporcional a su torpeza. Hablamos de su desempeño en el Equipo de los Galancitos: se supone que Darín debería reírse de su frustración futbolística, tomársela con humor. Las pelotas.
-Mi falta de habilidad estaba fomentada por la falta de confianza de mis compañeros. Cuando me llegaba la pelota, yo no la quería: tocaba de primera o tiraba un pelotazo, pero nunca encaraba. La falta de confianza te anula, te petrifica.
El Equipo de los Galancitos era un combinado de actores jóvenes que jugaba partidos a beneficio de entidades de bien público en canchas de todo el país. Además de Darín estaban Raúl Taibo, Carlos Calvo, Carlos Olivieri, Darío Grandinetti, Adrián Facha Martel y Pablo Codevilla; el director técnico era Luis Tasca. Juntaban miles de personas en cada partido. Llegaron a creerse el Ajax.
-Poníamos como única condición que no nos enfrentaran equipos con jugadores profesionales, federados… Por eso, si jugábamos contra los periodistas de Neuquén, por ejemplo, les pedíamos que nos mostraran sus credenciales, pero eso, en la Argentina, no es garantía de nada (risas). Así hemos descubierto periodistas que le pegaban tres dedos con las dos piernas. Y adonde fuéramos, las chicas nos querían, pero los tipos querían ganarle a "los putitos de la televisión". En cada partido que jugábamos, los árbitros nos bombeaban. Entonces contratamos a un árbitro, a quien casi terminamos matando, porque, como viajaba con nosotros en el micro, no había forma de hacerle entender que queríamos que fuera ecuánime, no que cobrara a favor nuestro. Sus fallos eran muy graciosos, terminábamos no haciéndole caso…
Mientras preparaba esta nota, había imaginado varias veces cómo preguntarle acerca de la famosa "camioneta" que lo colocó en la tapa de Crónica hace ya nueve años. Temía que afectase el tono de la charla, casi hasta arruinarla. Temía que Darín se pusiera a la defensiva y que se desvaneciera para siempre cualquier posibilidad de que me contara algo interesante. Lo que de ninguna manera esperaba es que el propio Darín sacara el tema.
-Se cometieron muchas injusticias conmigo. Me adjudicaron falsedades, me jodieron. Con el caso de la camioneta, a nadie le interesó averiguar la verdad. Me pasé varios años jugando a beneficio de diferentes entidades, y de pronto aparecí los diarios. Dijeron: "Ricos y famosos se valen de una excepción aduanera para discapacitados, para comprar autos importados", y me acusaron, igual que a otro pelotudo que sí lo hizo para ahorrarse diez lucas.
-¿Y cuál era la verdad?
-La verdad es que compré una camioneta en una concesionaria oficial, la más grande del país, y que nunca supe que había ingresado de la mano de un discapacitado. Estoy procesado, la causa se llama Darín, Ricardo, y otros s/contrabando calificado, estuve diez días seguidos en la tapa de Crónica. Para salir de la ciudad, tengo que pedir permiso. Soy el único que fui en cana por el tema de los autos. Todavía la Justicia no pudo averiguar a qué me dedico, si integro una banda de contrabandistas o si trabajo de actor. Todo porque dije la verdad. Mis abogados me recomendaban que dijera que me habían prestado la camioneta, como hicieron otros tipos que así consiguieron ser exonerados. Yo no quise mentir. ¿Por qué iba a mentir si la compré con el sudor de mi frente, si me rompí el culo, si la pagué en cuotas? Pero bueno, algún día se sabrá por qué pasó esto.
No hay quien no sepa que ricardo Darín está podrido de que le pregunten acerca de su viejo romance con Susana Giménez. Es razonable. Al fin y al cabo, hace trece años que la pareja no existe más. Todo lo que quieras. Si lo tuvieras enfrente, ¿resistirías la tentación?
-No te enojes, pero me resulta imposible relacionarte con Susana…
-(Se ríe) ¿Por qué?
-Qué sé yo… No parece que tengan mucho que ver…
-En realidad hay un montón de parejas de gente anónima con las que nadie se hace ese tipo de planteos. En nuestro caso, llegaron a hacer encuestas callejeras. La gente opinaba: "El es medio pelotudo", "Ella es demasiado grande para él", "El es muy joven para ella", "El tiene los dientes muy salidos", ese tipo de boludeces. Está bien… Lo que pasa es que para mí ella jamás fue "Susana Giménez". Era Susana, una mina con la que jugaba al truco. Ella sólo dejaba de ser Susana Giménez cuando jugaba al truco (risas). No, en serio, quizá se sentía cómoda conmigo, liberada de esa carga… Los dos estábamos muy solos y nos enamoramos; es así… Y tal vez nuestra pareja duró tantos años porque nos unía que a todo el mundo le molestara. Quién sabe…
Otra vez le tuvieron confianza. Entonces fue un buen actor. En 1982, Diana Alvarez ideó un programa unitario. Nosotros y los miedos tenía un planteo revolucionario para la televisión de la época: hablar de las cosas que le pasaban a la gente. En el elenco estaban Miguel Angel Solá, Aldo Barbero, Rodolfo Ranni, Olga Zubarry, Graciela Dufau, Ana María Picchio y Cristina Murta. Darín supone que Diana Alvarez se enfrentó a los directivos de Canal 9, que defendió con uñas y dientes su inclusión en el elenco. Hasta ese momento, sus compañeros tenían chapa de actores serios y, para la consideración pública, él era apenas un galancito. De acuerdo con las necesidades de cada guión, los actores se rotaban en los papeles protagónicos.
-Para mí fue muy importante un capítulo en el que hice de drogadicto. Se esperaba que hiciera una especie de ameba pululante [Para dar una idea del "drogadicto ameba" al que Ricardo se refiere, propongo ver Los drogadictos, de Enrique Carreras] y no hice eso, sino una persona de verdad. Ahí me empezaron a mirar de otra manera, a respetarme un poco más. Recuerdo que en la semana me subí a un taxi. El tachero me miraba por el espejito.
"-Sos vos, ¿no?
"-Sí, soy yo.
"-¿Te puedo decir algo? Con todo respeto…
"-Sí, dale…
"-Para mí, vos eras un boludo… El otro día te vi hacer del pibe drogadicto y… no sos ningún boludo vos, ¿no?
-cual es tu metodo para aproximarte a un personaje?
-Si te dijera que no investigo, estaría diciendo una verdad a medias. No soy de esos actores que cuando tienen que interpretar a un tipo que estuvo seis meses en un neuropsiquiátrico, se internan seis meses en un neuropsiquiátrico. Esto no significa que no investigue de otra forma, o que no intente aproximarme a algunos datos bá- sicos que me sirven como pilares para la construcción de un personaje. Trato de descubrir la sensibilidad, la vibración de ese personaje. Mi primer acercamiento no es físico sino interior, lo primero que hago es buscarlo dentro de mí. A veces lo encuentro y a veces le pifio. A veces, mientras lo estoy haciendo descubro que estoy guitarreando, que no funciona, y otras, las más felices, siento desde el principio que entré en la cinta transportadora, que capté la vibración del personaje. Ahí es cuando más disfruto de ser actor, pero jamás me llevo el personaje a mi casa.
-¿Le temés al "efecto Johnny Weismüller"?
-Cuando estoy tratando una temática pesada, por ahí me cuesta un poco desembarazarme del tema, se convierte en un motivo recurrente de charla, pero al personaje me lo saco cuando terminó la jornada. Recomiendo hacer eso. Por un lado, dejarte puesto al personaje es altamente tóxico, te puede hacer muy mal; por el otro, también es, en cierto modo, traicionar la esencia del oficio. Uno no debe convertirse en otra persona, uno debe jugar a otra persona durante el tiempo que le demande ese trabajo. En tren de ser absolutamente honesto, yo no soy muy amigo de las caracterizaciones, pero debo reconocer que algunos personajes precisan cierta manifestación externa de su comportamiento, o de su evolución a través del tiempo. En el caso de Nueve reinas, por ejemplo, acepté la sugerencia de Fabián Bielinsky de usar una barba candado. A pesar de que renegué bastante, admito que Fabián tenía razón. Esa imagen nos ayudó a sacarnos el cuco de que mi personaje terminara siendo confundido con el chanta querible, porteño, el Chiqui Fornari que yo hacía en Mi cuñado.
Nueve reinas es uno de los grandes filmes del cine argentino, uno de esos casos en los que el gusto de la crítica coincide en todo con el gusto del público. Ricardo Darín es Marcos, un timador callejero. Cada vez que llegaste a creerlo un tipo simpático, Marcos muestra su cara más negra y descubrís que es el más siniestro de los hijos de puta. Para referirse a la actuación de Darín en Nueve reinas, la mayor parte de los críticos utilizó el adjetivo "consagratoria".
-El aporte de Ricardo se traduce en un pensamiento muy profundo sobre su personaje -explica Fabián Bielinsky, el director de Nueve reinas-. No es que acepta su laburo como si fuera a regla mento. Conté en él a un aliado de hierro, a un tipo que tenía las mismas ganas, el mismo compromiso con el proyecto que yo. Muchas de las cosas que componen el marco de la película tienen que ver con su aporte, incluidas algunas líneas de texto sugeridas por él, que eran superiores a lo que estaba escrito, o eran diferentes, pero a él le servían más para calzarse al personaje. Los dos sabíamos que al principio Marcos iba a transitar una zona que podía ser reconocida por el espectador como la del chanta argentino que Ricardo interpretaba en Mi cuñado. Lo interesante es que él arrancó desde ahí, pero después siguió de largo y se metió con aspectos infinitamente más siniestros y repugnantes. Marcos no tiene un crescendo, una progresión, es mucho más sutil que eso. Se instala en su aspecto simpático, en esa chantería admirada por la gente; de pronto, abre una compuerta y aparece una zona amoral, jodidísima… Como si pasara una brisa, un viento con olor a mierda que te permite ver el fondo del personaje. Darín es -concluye Bielinsky- un animal de cine, un actor con una profunda idea de lo cinematográfico. No lo digo sólo por su idea de la continuidad, sino por la expresión de la energía actoral hacia la cámara, hacia el ángulo, hacia la zona en que debe ser expresada. La esencia de un gran actor de cine radica en tener en cuenta el hecho cinematográfico por encima del puro hecho actoral. Y Ricardo es un gran actor de cine.
Cuando le traslado los elogios de Bielinsky, Darín pone algunos reparos.
-Es cierto que soy consciente de la continuidad, de dónde está la cámara, de hacia dónde se dirige la escena, pero recién ahora esa conciencia se está convirtiendo en una virtud. Durante mucho tiempo fue un defecto.
-Estabas demasiado pendiente…
-Sí, estaba tan pendiente que terminaba desconcentrándome de mi personaje. Antes de empezar el rodaje de El mismo amor, la misma lluvia, [Juan José] Campanella me dijo:
"-Me contaron que sos un gran continuista y que estás muy pendiente de todos los detalles.
"-Puede ser, sí.
"-Olvidáte de todo, porque el continuista es mejor que vos. O-cupáte de actuar, nada más…
"-¿Cómo hago?
"-Tranquilo. Vas a poder…
"Así fue como logré cierto equilibrio y pude soltarme como actor. Está bien que esté atento a lo que ocurre a mi alrededor, pero no puedo olvidarse nunca de que mi tarea más importante es darle vida al personaje, que de todo lo demás se encargan otros.
La agenda de darin no es de esas grises, chatas y chotas agendas electrónicas. La agenda de Darín es analógica y hermosa: tiene formidables fotos de músicos de jazz. Ahí adentro están Max Roach, Lionel Hampton, Chet Baker. Ahí adentro está Monk. Para Darín, la agenda es un objeto preciado. No sólo porque le gusta el jazz -lo disfruta, aunque no es un conocedor-, no sólo porque lleva adentro una graciosa foto de su padre con un turbante árabe: la agenda es un objeto preciado porque cada vez que anota algo o consulta su lista de compromisos, Darín se acuerda de la persona que se la regaló. La agenda le habla de Florencia.
Se conocieron hace catorce años. Ella estudiaba traductorado de inglés; él actuaba en la comedia musical Sugar -una versión teatral de la comedia Una Eva y dos Adanes-, en el teatro Lola Membrives, con su novia Susana Giménez y Arturo Puig. Ella caminaba por Corrientes en busca de un cajero automático; él comía despreocupado una porción de muzzarella en la pizzería Banchero. Ella se quedó enganchada con la mirada de él, que atravesaba la vidriera; él se quedó enganchado con ella. Florencia llegó a la esquina de Talcahuano y retrocedió sobre sus pasos para mirarlo de nuevo. Ahí lo reconoció, se dijo qué idiota, qué papelonera, qué hago mirando a Ricardo Darín. El no le dio tiempo a pensar: saltó como un resorte de su asiento y se dedicó a seguirla. La alcanzó, se acercó a hablarle, pero no le salió una palabra. Los dos rieron. Florencia se fue. El tenía 30 años; ella, 18. A la noche, ella le contó a su mejor amiga el episodio. Con su amiga elaboró la estrategia. Al día siguiente, a la misma hora, estuvieron en Corrientes y Talcahuano, se sentaron a tomar un café en el bar que está al lado de Banchero. El se acercó a la mesa y le dijo:
-¿Bailamos?
Funcionó. Ella le dio su teléfono, él la llamó y esa misma noche volvieron a verse.
-A mí no me gustaba el personaje público "Ricardo Darín" -observa Florencia-. No me gustaban ni su pose de chico canchero, ni su noviazgo con Susana Giménez. Ni siquiera me gustaba él físicamente, hasta que lo vi y me enamoré, primero de sus ojos y su risa; después, de su intelecto y su humor. En un principio me dije: "Soy una pelotuda, ¿cómo voy a salir con Ricardo Darín?". Después descubrí que él era seductor y simpático, que me hacía reír, qué éramos parecidos y disfrutábamos de las mismas cosas.
-¿Y no te incomodaba que él tuviese una novia tan célebre?






