
Rivadavia y la dote que se hundió en el río
La popularidad en tiempo de los próceres
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Lo decían sus contemporáneos. Bernardino Rivadavia no figuró entre los agraciados con el don de la belleza exterior. Seguramente tampoco ayudaron sus gruesos labios y la combinación de su gran abdomen con las piernas delgadas. Sus enemigos lo llamaban Sapo de Diluvio. También lo apodaron el Mulato (por los labios gruesos) e incluso Napoleón, por caminar con sus manos en la espalda. Pero el hombre es como el oso. Bernardino solía estar rodeado de mujeres en las tertulias. No sólo eso. Mariquita Sánchez de Thompson comentó que una de sus amigas, Justa Foguet, estaba fascinada con Bernardino. El hombre tenía sus fans.
Pero el corazón de Bernardino apuntaba hacia otro lado: se enamoró de Juanita del Pino, nacida en Montevideo e hija del finado virrey. En 1809, Rivadavia pidió su mano a la madre, la exquisita Rafaela de Vera y Mujica. Justamente ese era el problema: era muy exquisita y no estaba para nada convencida de entregar a Juanita a este hombre que no amasaba fortuna. Pero Rivadavia empleó la dialéctica -chamuyo le decimos los rioplatenses- e impresionó a doña Rafaela, quien era conocida como la virreina vieja , no por sus 56 años, sino para diferenciarla de la que ocupaba el cargo (en esta caso, Inés Gaztambide de Cisneros). Rivadavia le dijo a su suegra que compraría un barco para dedicarse al comercio ultramarino, actividad que había enriquecido a varios en nuestras costas. Con las ganancias de un par de viajes podría sumar otro barco a la flota y así continuaría hasta convertirse en un poderoso comerciante naviero.
Doña Rafaela se convenció. Fue entonces cuando Bernardino le aclaró que para comprar el barco iba a necesitar que le adelantara la suma de la dote. ¡Porque en aquellos tiempos, señores, compañeros, camaradas, los suegros nos mejoraban el patrimonio cuando nos llevábamos a la hija! El novio logró que doña Rafaela le entregara 5000 pesos a cuenta.
En aquellas semanas, el gobierno nombró martillero a Rivadavia para rematar la fragata Juan Federico, un barco semidestruido que había sido decomisado. Al iniciarse la subasta, el vecino Nicolás de Achával hizo la primera oferta, que fue superada por Nicolás Ramallo, empleado por Rivadavia. Achával subió la cifra y una vez más el mismísimo representante del martillero replicó con una cantidad mayor. Frente al inconveniente de estar disputando con el propio rematador, Achával se retiró de la subasta y Rivadavia se adueñó del barcucho en mal estado.
Poco después, el 14 de agosto de 1809, Juana (23 años) y Bernardino (29) se casaron en la Catedral. Los padrinos fueron doña Rafaela y don Benito, el padre del novio. Mientras tanto, la Juan Federico seguía anclada en el puerto debido a reclamos de los viejos propietarios y a que Rivadavia no tenía suficiente dinero para arreglarla. Así estuvo por meses, hasta que el furioso temporal del 21 de enero de 1811 la depositó en el fondo del agua. Los sueños comerciales de Bernardino y la dote de su casamiento se fueron a pique esa mañana.




