
Miércoles, a las 22.30/ Telefé
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Sangre tibia
La nueva apuesta de Ideas del Sur intenta ser una especie de Blair Witch y termina naufragando entre clichés.
Dentro de la industria hollywoodense, el cine de terror de bajo presupuesto es aquel que se permite las mayores libertades. Desde el punto de vista argumental, es abiertamente subversivo: el monstruo es aquello que no puede reprimirse más, aquello que rompe la censura, ya sea de la conciencia o de las leyes cívicas, y se hace presente para destruir un orden idílico, generalmente sostenido por mentiras o crímenes. Desde el punto de vista técnico, suele ser el más innovador: con lo mínimo consigue efectos máximos. En general, las mejores películas del rubro se permiten lo que casi todos los otros géneros no: correr riesgos.
Ideas del Sur, la mayor proveedora de contenidos de Telefé, asumió un riesgo importante con Sangre fría : hacer una tira de terror en nuestro país cuando el género fue, con muy contadas excepciones, reiteradamente ignorado en la televisión local. Decidirse a salir del costumbrismo, el grotesco o el melodrama que domina las ficciones de nuestra tevé es muy loable. Sin embargo, pareciera que, luego de asumido tal riesgo, la productora hizo todo lo posible por librarse de él. El riesgo económico, en definitiva el que más importa a empresarios, se derivó al Estado: la gobernación de Neuquén puso el dinero necesario para la realización, a cambio de que se muestren los destinos turísticos de la provincia (la serie transcurre en Villa La Angostura). El riesgo estético, que debería estimular a los realizadores, se minimizó calcando ideas de películas exitosas del género, en particular y muy notoriamente, de El proyecto Blair Witch y Sé lo que hicieron el verano pasado , pero también de la slasher movie en general esas películas en las que un grupo, casi siempre de adolescentes malcriados, es diezmado de modo particularmente cruel y sanguinario por un asesino muy difícil de parar. Es cierto que las películas slasher se parecen mucho entre sí, pero las que valen la pena y perduran como Scream son las que hacen algo más que imitar lo que ya se vio.
Los creadores de Sangre fría eligen una aproximación conductista al género: parecen creer que, si reproducen más o menos los mismos estímulos, lograrán los mismos efectos. Acaso por eso se abuse del gran angular, el humo y el contraluz, o de los planos subjetivos del asesino que, oculto, acecha a su víctima (el truco de que esa mirada no es, en verdad, del asesino se usa, en promedio, un par de veces por episodio). Pero estos estímulos sólo funcionan si se hace algo más: si se construye al victimario y a su víctima, si se logra que los espectadores establezcan algún lazo con ellos. No queda nada para una historia. Con- trariamente a lo que sucede en los buenos exponentes del género, Sangre fría no transmite libertad, sino la constricción de tener que ceñirse a una estructura (el asesino acecha al grupo y mata a uno) y pasar por un obligado número de clichés. La historia es sólo la excusa que nos conduce de uno a otro. Los problemas narrativos y las incoherencias (una víctima grita y atrae ayuda, postergando su muerte, ¡pero omite decir que el asesino está en su placard!) revelan que la serie no tiene a su público en muy alta estima.
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