Korn
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El séptimo álbum de Korn es un trabajo heterodoxo y aplastante
Hoy el ñu metal suena como un chiste viejo. Y aquí está Korn, virtual padre de la criatura, tratando de escaparle a la caída del imperio. Previo a la salida del disco, el frente interno tampoco resultaba alentador. La partida por motivos religiosos de Head –uno de los guitarristas– y la caducidad del histórico contrato con Sony le pusieron más incertidumbre al esperado séptimo trabajo de la banda. Los resultados son polémicos y aplastantes. Polémicos por la participación del combo The Matrix –conocido por sus trabajos con Avril Lavigne y Hillary Duff– en la producción y colaborando en la autoría de varios temas. Aplastantes porque la histórica estridencia epiléptica de Korn fue enriquecida con esteroides ciber industriales. El bajo y la batería suenan más gordos y oscuros, las guitarras adquieren una densidad opresiva y Jonathan Davis atiende las melodías de los estribillos con más atención que nunca. Las influencias de NIN, Orgy y el último Depeche Mode son claras (u oscuras, para ser más precisos). "Twisted Transistor" (el corte), "Hypocrites", "Liar", "Love Song", "Throw Me Away" y la balada taciturna "Tearjerker" sostienen ese camino. Pero, raspando la superficie, las estructuras resultan –casi– las mismas de siempre, la voz de Davis por momentos sigue incomodando y –más allá de los esfuerzos– faltan cambios más profundos. Las vueltas de tuerca, en este caso, derivan en un giro en falso.






