
Sepia y radiante, del álbum familiar al San Martín
Fotos de boda en la galería del teatro
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Con la voz quebrada por la emoción, María Margarita Sciarone de Hansen dice: "Mi marido cumpliría hoy 91 años. Nos casamos el 20 de marzo de 1937".
Está parada precisamente ante una imagen de su casamiento que integra la exposición La fotografía de boda, 1860-1960, de la colección del historiador Abel Alexander, en la Fotogalería del Teatro San Martín (Corrientes 1530). Ella es de Saladillo, Buenos Aires, y su presencia en la muestra se debe a un encadenamiento de casualidades. Un domingo, una de sus nietas hojeaba una revista donde se anunciaba la exhibición y reconoció a sus abuelos en una de las fotos que ilustraba la nota. De inmediato, le llevó la publicación a María Margarita que comprobó que se trataba de un retrato de su casamiento.
Buscó el original y lo encontró entre sus pertenencias. Asombrada decidió ponerse en contacto con Alexander, que le explicó que la foto integraba un lote comprado en un mercado de pulgas, adonde las había llevado un cartonero que las encontró en la calle. Atando cabos descubrieron que la copia era de la madre de Margarita y que, luego de su fallecimiento, la recibió una hermana de Buenos Aires, que eventualmente la tiró a la basura junto con otras fotos antiguas.
Igual que éste, muchos retratos fueron rescatados del olvido por Alexander, presidente de la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía. Su pasión de coleccionista viene de cierta tradición familiar: su tatarabuelo fue Adolfo Alexander, un daguerrotipista de Hamburgo que, en 1851, después de haber dado muerte en un duelo a un miembro de la realeza de su país, emigró a América latina. Ejerció su oficio en Chile y Mendoza y, en 1861, instaló de manera definitiva su estudio en Buenos Aires.
Cambia, todo cambia
A esa época se remonta la imagen más antigua que integra la muestra, una tarjeta de visita que permite observar con claridad a una pareja que, 140 años atrás, posó ante el objetivo.
La colección, que seguirá expuesta hasta fin de febrero, documenta cambios de costumbres y valores. En las imágenes más viejas los maridos aparecen sentados en primer plano y las mujeres ocupan un lugar secundario, de pie, un paso atrás. La pose permite deducir el lugar social que ocupaba cada sexo, aunque su rigidez se debe a otra razón: los cónyuges eran sujetados por la cintura y por la nuca con unos ganchos sostenidos en trípodes que les permitían permanecer inmóviles durante el largo tiempo de exposición necesario para imprimir las imágenes.
"El inicio de una familia era un momento muy trascendente, por eso las fotos de la boda eran las más importantes en la vida de una pareja. Casi siempre los novios iban directamente de la iglesia al estudio fotográfico. Muchos viajaban desde el interior hasta Buenos Aires para retratarse con los profesionales más célebres: Florencio Bixio, Saverio Stoppani, Eduardo Della Croce y Miguel de Santis, entre otros, aunque también existían excelentes fotógrafos en las provincias", explica Alexander.
"Los fotógrafos aplicaban todos sus conocimientos técnicos y sus concepciones estéticas, ya que se trataba de un trabajo donde estaba en juego el prestigio de cada estudio", agrega.
Hasta la década del veinte, las fotografías se tomaban en habitaciones de cristal ubicadas en las terrazas de los estudios, que permitían el aprovechamiento de la luz natural. Allí se armaban espléndidas escenografías, con telones pintados, muebles lujosos y ramos de flores. Con el paso del tiempo, la iluminación eléctrica y las cámaras portátiles permitieron trasladar el retrato a la casa de los novios.
Algunos retoques
En tradiciones que se remontan a la Grecia clásica y el Imperio Romano, la vestimenta blanca representó la pureza. Sorprende entonces descubrir, en algunas fotos de principios del siglo XX, varias novias de negro. "Hay tres hipótesis al respecto -refiere Alexander-. La primera es que la boda se realizó en un momento de luto familiar; la segunda es que se trató de una costumbre de los inmigrantes del sur de Italia, y la tercera se basa en motivos económicos: el traje de novia era muy caro y se usaba una sola vez en la vida, por lo que algunas familias utilizaban vestidos de fiesta oscuros con un tul blanco."
Mucho antes de la computadora, los negativos se retocaban para que los recién casados lucieran radiantes. Este trabajo solía estar en manos femeninas, generalmente las mujeres y las hijas de los fotógrafos que, armadas de finos pinceles y mucha paciencia, hacían desaparecer granos, cicatrices, papadas, arrugas y otras imperfecciones.
La conservación de las fotos antiguas es azarosa. Al deterioro que provocan los años se suma la desatención de muchos de sus propietarios, que las tiran a la basura. "Cuídenlas -enfatiza Alexander-. Piensen que no son de ustedes, que las poseen temporalmente y se las tienen que entregar a las próximas generaciones. Estas imágenes constituyen el patrimonio de una familia, su árbol genealógico. Es bueno colocarles en la parte de atrás, con lápiz, el nombre de los retratados y, algún día, dejárselas a un pariente interesado en preservarlas."



