El año en que la política se transformó en ficción

Gracias al "efecto Trump" en las primarias de los EE.UU. y a una hábil estrategia en redes, el regreso, mañana, de House of Cards, promete ser más que buena TV
Hernán Ferreiros
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3 de marzo de 2016  

Frank Underwood (Kevin Spacey) en plena campaña por la reelección
Frank Underwood (Kevin Spacey) en plena campaña por la reelección Fuente: LA NACION - Crédito: D. Giesbrecht/Netflix

Anteayer, tras el discurso de Mauricio Macri en el Congreso, en la cuenta de Twitter de House of Cards apareció, en castellano, el mensaje: "Ahora es mi turno, Mauricio Macri. PD: Gracias por la intérprete. FU". El tuit, además, tenía un link a un mensaje de FU (puede querer decir tanto "Frank Underwood" o "Fuck You", un buen gag), que era, a la vez, una promo de la serie y un aviso de campaña del personaje que, recordemos, aspira a ser elegido presidente de los Estados Unidos.

Unos días antes, la misma cuenta había hecho otra referencia a la política argentina, cuando felicitó al hoy senador Federico Pinedo por "la presidencia más perfecta de la historia de la democracia" (un chiste robado a Twitter) y lo invitaba a apoyar a Underwood el 4M, es decir, mañana, el día del estreno de la cuarta temporada de la serie.

El 20 de enero de 2015, es decir, una semana antes del estreno de la tercera temporada y -más importante- un día después de que se encontrara el cadáver de Alberto Nisman, en la cuenta de Twitter @Frank_Underwood (cuyo responsable afirma no estar afiliado al programa), se pudo leer un tuit para la entonces presidenta Cristina Fernández que decía (esta vez en inglés) "si no le importa, yo estoy trabajando este lado de la calle", en una clara alusión a la calle que vincula a la política con el crimen.

Además de una campaña promocional ingeniosa, estos tuits son una confirmación del camino insinuado por la tercera temporada de la serie, que empezó a estrechar los vínculos entre esta ficción y la realidad (o, al menos, lo que se imagina como la realidad de los pasillos del poder).

Otro hecho curioso que refuerza esta intención es el reciente agregado de un retrato de Underwood (es decir, del actor Kevin Spacey en ese rol) a la galería de presidentes del Museo Smithsoniano de Washington, en lugar del retrato de George Washington, nada menos. Frank Underwood es el primer presidente de ficción que se cuela entre sus pares de verdad (un poco como hará Donald Trump si gana las elecciones norteamericanas). En el caso de Underwood, hay una explicación racional: el retrato de Washington debe ser restaurado y, mientras tanto, entre la promo y la broma, Underwood ocupará su lugar. En definitiva, el punto de toda esta campaña es asimilar la trama de la serie al proceso electoral que viven los Estados Unidos.

En sus primeras dos temporadas, House of Cards fue una cruza de Ricardo III con una telenovela mexicana: había un enorme disfrute en la implacable y monolítica crueldad de los personajes, en la psicopatía que los enfocaba en su objetivo y desactivaba su capacidad para empatizar con cualquier rasgo humano. Los momentos más memorables no se desprendían de la representación del proceso político sino de las puñaladas por la espalda y las vueltas de tuerca de insospechada maldad en las que recaía la trama.

En su tercer año, la serie bajó los decibeles del sexo y el homicidio para concentrarse en la política, como una suerte de The West Wing si el ecuánime presidente Bartlet que componía Martin Sheen hubiera sido poseído por el demonio. Al mismo tiempo, House of Cards exhibe el reverso exacto del persistente optimismo y fe digna de Frank Capra en la naturaleza humana de aquella recordada ficción de Aaron Sorkin: nos insiste con que el poder no es accesible a quien no esté dispuesto extremar el cinismo y el pragmatismo sin escrúpulos.

Un juego peligroso

Entonces, he ahí a Frank Underwood, presidente femicida y depositario de la inquietante seducción de un asesino serial (de hecho, en su acento y en el modo en que mira a la cámara hay algo del Hannibal Lecter que hablaba con la agente Sterling en El silencio de los inocentes). Hay, también, una diferencia de rango entre ambas series: HoC narra la saga del ascenso al poder de su protagonista, mientras que The West Wing fue, ante todo, una discusión acerca de los problemas de su tiempo (1999-2006).

El personaje de Kevin Spacey es tan manipulador e inhumano que la comparación con Donald Trump -probable ganador de la nominación republicana a la presidencia- es irresistible. Aunque tal cosa es sostenida en reportajes por los autores y actores de House of Cards, sutilmente desde las promociones de la serie y por los espectadores progres, no está claro que el juego perjudique al millonario empresario devenido político.

Sus seguidores convierten el paralelo de psicopatías en una exaltación de la determinación -cuanto más implacable mejor- de hacer o decir lo que nadie más se atreve. Sin embargo, si bien el millonario, como Underwood, es un realpolitiker radical, éste es el único rasgo estratégico que tienen en común. Trump es un populista autoritario, con la sutileza gestual de Mussolini y la densidad intelectual de Biff Tannen, el energúmeno de Volver al futuro. El secreto de su éxito es que se trata de un oligarca que se muestra como un self made man, un hombre que llegó a ser poderoso por su propio talento y que ataca al poder espurio (porque sería prestado, comprado o heredado, pero nunca ganado) que domina a su país: el de las corporaciones, las elites intelectuales de la costa este y la prensa.

Trump dice que financia su campaña política con su propio dinero (un devastador informe de John Oliver mostró que no es cierto) y, por lo tanto, llegaría al gobierno sin compromisos que lo sometan a los eternos ganadores del sistema. Este aspecto de su discurso es atractivo porque es parcialmente cierto: en efecto, todos los candidatos reciben escandalosas cantidades de dinero de compañías que van a reclamar su parte del poder si ganan y, por lo tanto, siempre quedará un abanico de problemas que ni siquiera se podrán mencionar.

Su peor enemigo

Aunque el diagnóstico de Trump de esos problemas sea errado, y sus soluciones, delirantes e inviables, no quiere decir que no es un muy eficaz manipulador de masas. Underwood, en cambio, es un manipulador de individuos. Su fuerte no es la antipolítica, sino lo peor de la política: la rosca. Al punto de que la tercera temporada de la serie lo encuentra como presidente sin un voto propio, tras dar un silencioso golpe de estado de un solo hombre. A Trump (cuyo latiguillo en su reality televisivo era "Estás despedido", no el más apropiado para quien pretende ser crear empleos) no le gustan las palabras grandes ni las ideas complejas porque cree que basta la fuerza. Underwood, en cambio, es Maquiavelo, un ajedrecista capaz de vencer en un duelo de intelectos a todos sus rivales. Ésta es la base de su atractivo y también su mayor debilidad.

Frank Underwood está diseñado genéticamente para ganar: tiene la inteligencia, la voluntad, el poder y la suerte. Ningún adversario está a su altura. Ni siquiera cuando el personaje cumplió sus deseos y llegó a la presidencia consiguió convertirse, él mismo, en su peor enemigo. Ésta es la falla fundamental de la serie: la estatura de un protagonista se mide contra la de sus rivales, y Underwood no tiene ninguno. Al menos hasta ahora.

Los trece episodios de esta cuarta temporada que estarán disponibles mañana en Netflix marcan una vuelta a las fuentes. No sólo habrá nuevos personajes (a cargo de Ellen Burstyn, Cecily Tyson y Neve Campbell) y se reincorporará a la acción su esbirro Doug Stamper, sino que -como al inicio- Underwood vuelve a perseguir el poder: empieza su campaña para ser (re)elegido a la presidencia y, en esa ruta, aparece un escollo acaso insalvable: Claire Underwood, su mujer, tan implacable como él, una oblicua Hillary Clinton para un oblicuo Donald Trump.

Desde el 4M podremos comparar la campaña de FU con la de Donald Trump. Seguramente, los hechos más sorprendentes provendrán de la serie, pero los más inverosímiles, de la realidad.

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