Esa irresistible tentación de viajar hacia el futuro o hacia el pasado
El estreno de Viajerosen Netflix se suma a una larga lista de series y películas y confirma que los viajes en el tiempo, con sus paradojas y desafíos, nunca pasan de moda
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Con más de media docena títulos en el aire, se puede afirmar que el viaje en el tiempo es oficialmente la nueva tendencia de la televisión. Este año llegaron nuevas temporadas de tres series exitosas del rubro: Outlander, basada en las novelas de Diana Gabaldon en la que una enfermera de la Segunda Guerra Mundial se ve transportada a la Escocia del siglo XVIII donde termina casada con un guerrero de las Highlands; 12 monos, una expansión de la gran película de Terry Gilliam (a su vez inspirada en el incomparable mediometraje de Chris Marker La Jetée) que se inicia como el film, con la llegada de un sobreviviente de un futuro postapocalíptico con la misión de impedir que se libere un virus mortal, pero que, tras unos pocos episodios, ya logra vuelo propio; y El ministerio del tiempo, serie española que retoma el frecuentado tópico de la policía temporal, aquí integrada por un grupo variopinto reclutado en diferentes siglos y cuya misión es asegurarse de que nada altere la historia tal como la conocemos.
Un tema similar tiene la recientemente estrenada -en los Estados Unidos- Timeless, en la que un comando de viajeros temporales debe impedir que un agente rebelde cambie el pasado. 11.22.63, adaptación estrenada este año por Space de la novela de Stephen King, no es enteramente distinta, sólo más específica: sigue a un viajero del tiempo que intentará cambiar un evento de la historia, el asesinato de Kennedy. Legends of Tomorrow, agrupa a varios superhéroes menores de DC Comics en torno al "maestro del tiempo" Rip Hunter, que intenta impedir que el supervillano Vandal Savage (uno de los más persistentes del universo DC, incidentalmente creado por novelista de culto Alfred Bester) conquiste al mundo en el futuro.
La nueva incorporación en este inflamado catálogo es el desembarco en Netflix de Viajeros, serie canadiense capitaneada por Brad Wright, quien ya había sido uno de los iniciadores de la franquicia Stargate. Netflix estrenará la temporada completa, que aún se está emitiendo linealmente en Canadá.
En Viajeros, el futuro ya no sirve: es un páramo habitado por unos pocos sobrevivientes. Sin embargo, cuentan con una tecnología que acaso les permita cambiar las cosas: pueden enviar al pasado una conciencia y sobreimprimirla -como si fuera una nueva versión de un sistema operativo- a la de otra persona que viva en la época elegida (en la serie es más o menos la nuestra, un poco más avanzada). Para no cometer un homicidio con cada viaje, se selecciona a un "receptor" que esté a punto de morir de todos modos. La serie no explica cómo el hecho de proyectar una nueva conciencia sobre una persona moribunda repara el trauma que provocó la muerte en primer lugar, pero todo no se puede.
Los viajeros (en los cuerpos e identidades de un agente del FBI, una empleada de limpieza con problema mentales, una madre soltera con una historia de violencia doméstica, un adicto a las drogas y un deportista adolescente) no saben demasiado de nuestro tiempo: en el futuro apenas cuentan con retazos de información rescatados de las redes sociales. Como era esperable, Facebook sobrevive al género humano. En cada episodio, los protagonistas deben completar una misión (por ejemplo, evitar la explosión de un cargamento de antimateria) para romper la cadena de eventos que llevaron al Apocalipsis. Se puede argumentar que la sola presencia de los viajeros del futuro prolongando las vidas de personas fallecidas en su línea temporal original es suficiente para que el futuro no sea el mismo que abandonaron, tal como explicita el célebre cuento de Ray Bradbury "El sonido del trueno" (o su espantosa versión fílmica), en el que la muerte de un insecto en la prehistoria tiene consecuencias catastróficas para el porvenir. La serie tampoco se ocupa de despejar este problema y, en general, se concentra mucho más en las dificultades que tiene este equipo tan heterogéneo para completar sus misiones que en resolver la paradojas que derrama su planteo.

Esta incapacidad para hacerse cargo de modo consistente de las reglas que el relato se impone a sí mismo es una constante en la ficciones que deciden lanzarse a manipular el tiempo. El viaje temporal es un tópico cautivante porque resuena en una fantasía común, tematizada en la película Peggy Sue, su pasado la espera (1986) de Francis Coppola: la de volver atrás y reparar la propia vida, la de revivir ese momento del pasado en el que, con el conocimiento que se tiene desde el presente, se actuaría distinto y todo cambiaría para bien. Por otro lado, también es un dispositivo narrativo desafiante porque presenta un acertijo que espera una solución: el de las paradojas de las estructuras recursivas, las que se pliegan sobre sí mismas. Esta forma abre la puerta a gran cantidad de posibilidades narrativas pero también a gran cantidad de problemas.
La paradoja más célebre de los viajes en el tiempo se suele parafrasear del siguiente modo: "¿Qué pasa si viajo al pasado y mato a mi abuelo?". El problema es evidente: si mato a mi abuelo dejo de existir, pero si dejo de existir no puedo matar a mi abuelo, por lo tanto, existo y puedo ir pasado y matar a mi abuelo, pero... Causa y consecuencia se confunden y una cosa y su negación terminan coexistiendo. Otro bucle similar, llamado "paradoja ontológica", se da cuando, al intercambiar causa y consecuencia por un viaje al pasado, algo carece de origen. Por ejemplo, un científico de un futuro lejano, cuando el viaje en el tiempo es algo habitual, envía una máquina del tiempo al presente, haciendo que las máquinas del tiempo y el viaje temporal empiecen a existir, pero sin que esa tecnología tenga un origen, sin que nadie la haya inventado.
Una respuesta posible, volviendo al ejemplo del desafortunado abuelo, es que en el momento del asesinato la historia se bifurque y comience una nueva línea narrativa paralela en la que el hombre que mata a su abuelo nunca nació, aunque vive como un adulto llegado de la línea temporal original, donde su abuelo nunca fue asesinado. Claro que en ese caso no existe el bucle y no hay paradoja. Es mucho más interesante cuando se da el pliegue del tiempo sobre sí mismo y la ficción se vale de armas que les son propias para exprimir el problema.
El escritor norteamericano Robert Heinlein fue uno de quienes mejor lo hicieron, en particular, en un cuento célebre llamado "Todos ustedes zombis", que usa la paradoja ontológica y es, a la vez, una suerte de inversión del problema del abuelo: presenta a un personaje que, en sucesivos viajes al futuro y al pasado, se convierte en su propio padre y ¡su propia madre! La película Predestinación (2014) de los hermanos Spierig es una adaptación fiel del relato. Terminator 2 (1991), de James Cameron, también usa competentemente esta paradoja al revelar los restos del Terminator de la primera parte como el inicio de la tecnología necesaria para crear a los Terminators. Del mismo modo, Escape del planeta de los simios (1973), plantea que el origen de la raza de monos inteligentes está en dos monos inteligentes que viajaron al pasado.
Otro problema interesante que se desprende del viaje en el tiempo es el del libre albedrío. El conocimiento de un hecho del futuro (por ejemplo, un viajero temporal va tres horas al pasado y le dice a su amigo que esa noche cenará ravioles) puede hacer que se tome la decisión de actuar para que ese hecho no se produzca (con ese conocimiento y para demostrar que es artífice de su propio destino, el amigo se cocina una milanesa), pero en ese caso corresponde preguntarse cómo se dio ese futuro del que proviene el viajero ¿Es posible tomar esa decisión? En la reciente La llegada de Denis Villeneuve, los personajes (¡alerta spoiler!) adquieren un lenguaje que les permite conocer el porvenir, y en consecuencia actúan, "como obedeciendo las indicaciones de una obra teatral" dice la novela original, para asegurarse que ese futuro se cumpla. La más reciente temporada de 12 monos aborda declaradamente el problema del libre albedrío al preguntarse de qué modo conocer el futuro determina lo que se hace en el presente.
Dado que las paradojas temporales implican una fractura en la razón, acaso el humor, que también opera con una lógica dislocada, sea el género más efectivo para enfrentarlas. En efecto, dos de los mejores y más satisfactorios relatos de viajes en el tiempo son comedias: Volver al futuro (1995) de Robert Zemeckis, en la que, como todos saben, un adolescente de los 80 vuelve a los años 50 y su llegada provoca una disrupción temporal que pone en riesgo su existencia, y El día de la marmota (1993, aquí conocida como Hechizo de tiempo), de Harold Ramis, en la que Bill Murray queda atrapado en un loop temporal que lo hace revivir indefinidamente el mismo día, aunque aprendiendo en el proceso.
La televisión todavía nos debe historias del viajes en el tiempo así de competentes. Con algunas excepciones, el rubro suele ser una excusa para visitar el pasado y repasar la historia, con un nivel de inventiva tal que, aunque todos los personajes vengan del futuro, quienes más fácilmente anticipan qué sucederá son los espectadores.
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