Girlboss: el diablo nos viste a la moda, por Internet

Britt Robertson es la protagonista de esta nueva serie, producida por Charlize Theron
Britt Robertson es la protagonista de esta nueva serie, producida por Charlize Theron Crédito: Netflix
La nueva serie de Netflix está basada en la historia de Sophia Amoruso, una millenial que ganó 100 millones de dólares vendiendo ropa por la Web
Sol Santoro
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24 de abril de 2017  • 11:44

Girlboss, la nueva serie de Netflix que estrenó su primera temporada completa el viernes pasado, está ligeramente basada en el best seller casi homónimo #Girlboss. El libro autobiográfico escrito por Sophia Amoruso cuenta la meteórica carrera de una veinteañera que pasa entre portazos de un trabajo aburrido a otro, justo un segundo antes de encontrar la clave del éxito.

Sueño americano atravesado por irreverencia marca millennial, Sophia empezó vendiendo ropa vintage por eBay (en 2006 abrió su propia tienda online) y llegó a los rankings de Forbes en 2014 luego de facturar más de 100 millones de dólares de ganancias en un año.

La creadora, showrunner y productora ejecutiva de la serie, Kay Cannon ( Pitch Perfect), es acompañada en la producción no solo por Amoruso sino también por la actriz Charlize Theron . Protagonizada por Britt Robertson ( Tomorrowland), esta ficción recrea muy libremente en 13 capítulos de media hora, el ascenso de un personaje tan afortunado como difícilmente querible.

Una protagonista que se hace difícil querer

La historia de Sophia no es la del esfuerzo y la carrera perfecta, de esas con protagonistas que soportan cabizbajos los maltratos de sus superiores solo para encontrarse con la redención al final del recorrido. Sophia es más bien despreciable en muchos de sus aspectos. Ni siquiera su casi novio Shane entiende bien qué es lo que le gusta ella.

Con un aviso de desalojo en la puerta de su departamento, pierde un trabajo por el que no hacía ningún esfuerzo, y mientras revuelve desperdicios y camina con desenfado por San Francisco, su impredecible deambular la lleva a un negocio de ropa usada. Por nueve dólares compra una campera de cuero que, ella sabe, vale muchísimo más. En la penumbra de su desordenado hogar, con una alfombra robada de fondo y alguna herramienta de edición fotográfica, modela el primero de sus productos. Publicada en eBay, la campera no tarda nada en superar los 600 dólares y, como una suerte de superheroína de la moda, tiene ahí mismo su instante fundacional.

Los cambios en su cuenta bancaria no modifican su actitud y la serie trabaja permanentemente en una zona incómoda, en la cual hay una protagonista que no genera mayor empatía con sus espectadores ni le interesa hacerlo. Es una persona que encuentra una vacante en el mundo de los negocios digitales, y cuyo talento para encontrar prendas valiosas no la convierte necesariamente (¿por qué habría de hacerlo?) en mejor persona ni en la portadora de mensajes inspiradores.

Ambientada algo más de una década atrás, el salto al pasado se construye entre referencias a viejas tecnologías, redes sociales como MySpace, bastante de Britney Spears y mucho en el modo de hablar.

Britt Robertson como Sophia Amoruso, creadora del sitio de moda Nasty Gal
Britt Robertson como Sophia Amoruso, creadora del sitio de moda Nasty Gal Crédito: Netflix

Robertson, una catarata de energía

Si el trabajo de Robertson, con toda su interminable energía, es de lo más valioso de la serie, no es menor el equipo que la rodea. La narración, que de a ratos se desarma a la par de la protagonista y se encuentra con sus mayores dificultades, le ofrece espacios algo escasos a personajes que, al final de la temporada, todavía tienen mucho por explorar, explicar o aportar.

Annie (Ellie Reed) es la amiga siempre presente. Más de las que entienden y escuchan que de las que son comprendidas; poco se sabe de su vida extra-Sophia, pero su relación con Dax (Alphonso McAuley), un bartender que mucho sabe de números y negocios, es fundamental en varios momentos. El padre de la protagonista, trae una cara muy conocida en el mundo de las series: Dean Norris (Hank en Breaking Bad). Protector, exigente y distante, acompaña a su hija como puede (la madre se fué hace mucho tiempo), y representa todo ese mundo adulto donde los sueños van a morir y sobre el que tanto vocifera Sophia. Es la ley, la norma, el que tiene los papeles en regla y es el visto bueno que tanto le gustaría tener a ella –y el que no le será sencillo conseguir–.

Además, Norm Macdonald (Saturday Night Live) es un jefe algo inapropiado, RuPaul interpreta a un vecino arroja-verdades, Jim Rash (el inolvidable decano de Community) a un vendedor de ropa usada bastante extraño y Melanie Lynskey (Rose en Two and a Half Men) es una protectora ortodoxa del vintage que seguirá de cerca y sin demasiada alegría la carrera ascendente de Nasty Gal, considerando irrespetuoso y maligno intervenir la ropa antigua.

Como una New Girl que no genera demasiada ternura, pateando puertas, hurtando de vez en cuando y con un gran talento para generar tendencias en el mundo de la moda, Sophia le grita al mundo que tiene lo necesario para ser un éxito. De la heladera vacía a la cama regada de dólares, se desliza escapando a todas las formas que le marquen el terreno –ya sea un seguro médico o la palabra novio para describir a la relación que tiene con Shane–, y en el medio, por supuesto, quedan mirando desorientados aquellos que quieren entenderla.

¿La gran apuesta?

Sophia encontró una forma de convertir algo que le encanta en algo que, además, se convirtió en una idea millonaria (fuera de la ficción, Nasty Gal tuvo algunas dificultades en los últimos años pero sigue vigente). Y la temporada reproduce la vorágine de una vida que cambia por completo en muy poco tiempo. A veces desprolija, siempre a toda velocidad.

En los 13 episodios hay una estructura que va de menor a mayor, los capítulos más flojos están al comienzo y al final parece ir ordenándose. Algunos hilos sueltos del principio encuentran su razón de ser a medida que avanza el emprendimiento digital, y otros quedan pendientes, esperando una próxima vuelta, un espacio para desarrollar algunos de los potenciales que se plantean.

Cuando finaliza esta primera temporada, queda presentada una ficción que, como le pasó a su protagonista, se encuentra ante la urgencia de decidir en que quiere convertirse. Sin regreso anunciado, a Girlboss le toca ahora apostar fuerte, conquistar y ganar su propia pantalla.

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