Hierro: un espacio cerrado y oculto que se revela a partir de un crimen

La serie española, protagonizada por Candela Peña, Darío Grandinetti y Juan Carlos Vellido, está disponible a través de Movistar Play
La serie española, protagonizada por Candela Peña, Darío Grandinetti y Juan Carlos Vellido, está disponible a través de Movistar Play Fuente: Archivo
Marcelo Stiletano
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14 de junio de 2019  • 17:03

Hierro (España/2019). Dirección: Jorge Coira. Autores: Alfonso Blanco y Pepe Coira. Fotografía: José Luis Bernal. Edición: Gaspar Broullón, Jorge Coira y Diana Toucedo. Música: Elba Fernández y Xavi Font. Dirección artística: Marc Pou. Elenco: Candela Peña, Darío Grandinetti, Juan Carlos Vellido, Kimberley Tell, Luifer Rodríguez, Yiza Guimaré, Mari Carmen Sánchez, Maykol Hernández, Antonio San Juan. Disponible en Movistar Play. Nuestra opinión: muy buena

Las primeras imágenes son imponentes. El paisaje deslumbra. La cámara vuela sobre una cinta asfáltica que serpentea entre laderas rocosas. La ruta escénica confluye en una pequeña población sobre la costa. Al fondo, la inmensidad del Atlántico. Alrededor, una superficie montañosa: los volcanes de El Hierro, la isla más pequeña del archipiélago de las Canarias.

La imagen podría funcionar a la perfección como portada de un documental turístico. Al fin y al cabo, el Hierro es un destino buscado y codiciado por amantes de la aventura, el senderismo y la naturaleza todavía no invadida por el negocio de los viajes de descanso. Pero también puede tener un efecto dramático muy eficaz. Hierro es a la vez el título una miniserie española que trata de honrar los recursos clásicos del thriller y muchas veces lo consigue. Con un agregado decisivo: el color local del relato no hace, como suele ocurrir en estos casos, un mero aporte costumbrista.

Trailer de la serie Hierro - Fuente: YouTube

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Por el contrario, la escenografía insular que reaparece todo el tiempo para recordarnos con la insistencia adecuada cuál es el entorno de la trama funciona muy bien en un sentido más simbólico. Los personajes viven en un entorno aislado, todos se conocen entre sí y sus vidas no parecen tener secretos. Sin embargo, el asesinato que dispara la acción en el comienzo deja a la vista todo lo que ocultan. Lo que no dicen y sobre todo lo que no pueden decir.

Esto es lo que comprueba el espectador a través de los ojos de la única extraña en esta historia, una goda (así llaman los residentes a quienes llegan a la isla desde el resto de España) que para complicar todavía más las cosas es la nueva titular del juzgado local. Lo primero que la magistrada se ve forzada a hacer es investigar una muerte que alborota a toda la pequeña población, porque la víctima estaba por casarse con la hija de un hombre poderoso y temible, encargado de llevar adelante negocios oscuros ligados al narcotráfico. Esa persona también llegó en su momento como extraño. En su acento se mezclan el gracejo local y algunas expresiones claramente ajenas a esa idiosincrasia.

Con astucia, la trama llevará a que estos dos personajes terminen conectados, y hasta necesitándose el uno al otro en medio de la investigación. Vamos descubriendo a la vez bien de a poco las vidas de ambos, marcadas por los conflictos familiares, el desapego afectivo y la desconfianza. Mientras tanto, la investigación avanza entre el empecinamiento de la comunidad local por mantener su invariable cerrazón y la necesidad de abrir algunas de esas compuertas para llegar a la revelación de la verdad sobre el crimen. Tal vez el único defecto de esta serie tenga que ver con la necesidad de estirar las revelaciones al tiempo exigido por el relato, ocho episodios de casi una hora de duración en cada caso. Con una extensión menor, Hierro habría ganado en consistencia y eficacia narrativa.

Con todo, en Hierro la tensión nunca decae y cada personaje (hasta el más pequeño) tiene cosas valiosas para decir. Entre ellos sobresalen sus dos protagonistas: Candela Peña asume en plenitud la autoridad que corresponde a su papel y al mismo tiempo se muestra como una mujer común atormentada por sus propios dilemas y frustraciones personales. A su lado, Darío Grandinetti persiste en el camino virtuoso de sus últimos y grandes personajes que le entregó al cine y la TV. Con una presencia escénica portentosa transmite con gestos mínimos y las palabras justas un aire enigmático y misterioso. Cada vez que aparece domina el cuadro sin necesidad del más mínimo énfasis, como se espera en estos casos de los mejores intérpretes. Casi podría decirse que el rostro y la imagen corporal de Grandinetti son parte de un paisaje que a la vez resulta áspero, fascinante y monumental.

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