
Hombre a medias: por qué no hay que dejar pasar esta cruda e impactante historia del creador de Bebé Reno
La miniserie de 6 episodios, escrita, dirigida y protagonizada por Richard Gadd, se encuentra disponible en HBO Max
8 minutos de lectura'

Hombre a medias (Half Man, Estados Unidos/2026). Dirección y guion: Richard Gadd. Elenco: Richard Gadd, Jamie Bell, Mitchell Robertson, Stuart Campbell. Cantidad de episodios: 6. Disponible en: HBO Max. Nuestra opinión: muy buena.
La vida del escocés Richard Gadd dio un vuelco importante en 2024. Ese fue el año en el que Netflix estrenó Bebé reno, la miniserie que se transformó muy pronto en un éxito global a pesar de abordar un tema espinoso: el acoso que sufre el joven camarero de un bar perseguido por una mujer obsesionada con él. La historia de esa atrapante ficción está basada en una experiencia personal de Gadd que tuvo para él un significado especial porque ya había sido, unos años antes, víctima de abuso sexual por parte de un hombre cuando recién empezaba a forjar su carrera como actor y guionista en el mundo de la televisión británica. Y antes de llegar al streaming había sido el eje de un monólogo teatral que estrenó en el prestigioso festival de Edimburgo y que recientemente tuvo su versión argentina, adaptada y dirigida por Luis Romero y protagonizada por Nazareno Casero.
Lo más interesante de Bebé Reno es que, sin dejar de considerar al protagonista como un damnificado, se ocupa también de las contradicciones que puede generarle el trauma. No es complicidad lo que señala, obviamente, sino un grado de pasividad y desconcierto que facilita el objetivo de los agresores. Y ese es también uno de los grandes focos de Hombre a medias, la serie de seis intensos episodios -disponibles en HBO Max-, protagonizada por Gadd (en un rol muy exigente para el que transformó radicalmente su cuerpo trabajando arduamente durante meses en el gimnasio) y Jamie Bell (el mismo que deslumbró a los 14 años con su protagónico en otra historia dramática de esas donde abundan las heridas, la del exitoso film Billy Elliot).
Sorpresivamente, Hombre a medias consiguió una única nominación para los Emmy que se entregarán el próximo 14 de septiembre: la del propio Gadd como mejor actor de reparto. Quedaron afuera la serie, el guion y Bell, cuyo trabajo como coprotagonista había sido señalado como uno de sus grandes méritos. La omisión llamó especialmente la atención porque Bebé Reno había arrasado en estos mismos premios en 2024, cuando ganó seis estatuillas, incluidas las de mejor miniserie, actor y guion para Gadd.
El creador evitó cualquier reproche a los votantes y prefirió aprovechar su nominación para destacar precisamente a Bell. Aseguró que sin su interpretación “valiente, visceral y profundamente matizada” él no habría podido construir la suya y dijo que trabajar a su lado fue “uno de los grandes momentos” de su carrera.
La prensa estadounidense fue menos diplomática: varios medios incluyeron a Hombre a medias y a Bell entre los grandes olvidados de las nominaciones. Los Angeles Times aportó incluso un dato revelador: algunos votantes consultados por el diario encontraron tan desagradable su descarnado retrato de la violencia, la ira masculina y el trauma que ni siquiera consiguieron terminar el primer episodio.
Una relación nada convencional
Hombre a medias cuenta con crudeza y sin esquivar la violencia (física y psicológica) los pormenores de una relación entre dos hombres que se transforman en “hermanos” de una manera poco convencional: crecen en el mismo entorno familiar porque sus dos madres también tienen un vínculo que han preferido mantener en cierto nivel de opacidad. Las dos mujeres viven juntas mientras dos jóvenes muy diferentes (un intimidante macho alfa como Ruben, el personaje de Gadd, y Niall, un chico más sensible e introvertido que sufre a diario un bullying agotador en la escuela, el de Bell) van tejiendo entre ellos una sociedad perversa y cargada de ambigüedades.

El entorno es un barrio obrero de Glasgow, y el cenit del conflicto se produce el día del casamiento de Niall. La serie empieza y termina con diferentes momentos de una misma escena, una disputa fatal, y atravesada por las vibraciones confusas de una dependencia enfermiza, en un establo cercano al lugar donde estaba llevándose a cabo la boda. La pareja de Niall es un hombre, Alby, al que Ruben le propinó años antes una brutal paliza que le dejó marcas imborrables en el cuerpo y la psiquis.
Gadd tiene una trayectoria importante como comediante. De hecho, el humor negro es uno de los vectores de Monkey See Monkey Do, otro monólogo de 2016 en el que dio cuenta de su experiencia de abuso en la industria televisiva y de cómo intentó reafirmar una imagen hipermasculina de sí mismo a través del fisicoculturismo, transformado en respuesta patológica más que sanadora.

En Hombre a medias esa fijación por parecer un “hombre fuerte” está reflejada en Ruben, torturado por los recuerdos de un padre alcohólico y también abusivo. Su reacción para lidiar con el peso de esa memoria infausta es transformarse en una especie de hooligan al servicio de Niall, pero siempre manteniéndolo bajo su indiscutible dominación. En esa relación hay un tangible componente homoerótico y a la vez un despliegue concreto de todo aquello que la teoría pone de manifiesto cuando hablamos de masculinidad tóxica.
La masculinidad hegemónica
En 1995, cuando hablar de masculinidad tóxica no estaba tan en boga como ahora, la socióloga australiana Raewyn Connell editó Masculinities, un libro en el que trabajó al detalle un concepto muy similar, el de “masculinidad hegemónica”. Connell habla en ese largo ensayo de “múltiples masculinidades jerarquizadas (hegemónica, subordinada, cómplice y marginada)”, pero pone la lupa sobre la hegemónica, el modelo con mayor aceptación social, cuyo ideal suele asociarse con la fortaleza física y emocional, la autosuficiencia extrema, la competitividad, el dominio sobre otros hombres y sobre las mujeres, el rechazo de comportamientos considerados “femeninos” y el presunto “control” de las emociones. Todas y cada una de esas temáticas están desarrolladas en Hombre a medias.

La masculinidad hegemónica, sostiene Connell, funciona como un modelo aspiracional que pocos hombres alcanzan completamente. De ahí las frustraciones y sus derivaciones, muchas veces trágicas como las que se observan en la serie. “La masculinidad dominante se define muchas veces por oposición: no ser mujer, no ser homosexual, no parecer débil”, explica la autora. Y eso es lo que está implícito tanto en Ruben como en Niall, en la superficie un intelectual completamente alejado del temperamento salvaje de su hermano postizo pero en el fondo un voluntario secuaz. Las figuras de la víctima y el victimario en esa relación tortuosa se difuminan. Se contaminan mutuamente.
Ruben no domina solo por la fuerza. También representa una forma reconocible de autoridad masculina. Niall le teme, pero también necesita su validación. Carga con la vergüenza de su deseo reprimido y ni siquiera puede liberarse del todo cuando el contexto empieza a transformarse a partir de asumir sus preferencias sexuales. Por otro lado, la masculinidad agresiva de Ruben no es abstracta. Nace en un mundo de escasez simbólica y material donde el cuerpo, la intimidación y la lealtad funcionan como capitales. El desarrollo intelectual de Niall es para él una provocación, un motivo de envidia.

“Pensé en tomar a dos hombres rotos en su etapa adulta y viajar a su infancia, en una sociedad menos tolerante, para mostrar todos esos comportamientos aprendidos: la represión y el trauma -ha declarado Gadd sobre esta miniserie producida por HBO y la BBC-. La idea era contextualizar cómo llegaron a esa masculinidad fracturada en el presente. Eso bastó para encender la chispa. Para explorar la violencia masculina hay que mostrar hasta dónde es capaz de llegar. De lo contrario se le resta verdad a un tema tan relevante. Yo me niego a subestimar al público. Creo firmemente que es mucho más inteligente de lo que suelen creer muchos artistas”.
Con esas premisas, Gadd armó un relato con constantes saltos temporales que condensan las miserias del pasado para explicar los sobresaltos y las ruinas de un presente en ebullición permanente. Así como Niall persigue el sueño de su infancia de convertirse en escritor, una aspiración que cultiva al reimaginar a su padre -un camarero que escribía en sus tiempos libres y murió muy joven- como un talento literario frustrado, Ruben proclama a los cuatro vientos que es su “maldita musa”, algo que puede sonar extorsivo (y lo es) y exagerado (y no lo es tanto). Porque al fin y al cabo, ambos son también artífices de sus propias desgracias y derrotas, más allá de las circunstancias que fueron determinantes en sus biografías. Ruben necesita esclavizar a alguien para sentirse satisfecho y Niall es presa de una retorcida devoción por su verdugo.
El día de la fatídica boda que es inicio y epílogo de la historia, Ruben le pregunta a Niall si lo ama: “Es lo único que he sentido en mi vida”, le responde alguien que ha vivido el amor y el odio no como emociones opuestas, sino como expresiones diferentes de una misma dependencia afectiva. Lo que en definitiva vemos en Hombre a medias son dos caras de una misma moneda.



