Netflix: en Criminal, un interrogatorio devela las pulsiones ocultas de cuatro países

David Tennant, conocido por Doctor Who y Jessica Jones, en la versión británica de Criminal, ya disponible en Netflix
David Tennant, conocido por Doctor Who y Jessica Jones, en la versión británica de Criminal, ya disponible en Netflix
Paula Vázquez Prieto
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26 de septiembre de 2019  • 11:35

La decisión de Netflix de afianzar sus series originales en la idiosincrasia de diferentes países donde conquista consumidores ha conducido a los creativos de la compañía a un ingenioso experimento. Tomar un género popular como policial, un formato estándar como el interrogatorio, un único escenario de dos habitaciones contiguas separadas por un inmenso vidrio espejado, y tres sospechosos de un delito sometidos a una exhaustiva entrevista por parte de un equipo de investigadores. Bajo esa premisa, los creadores Jim Field Smith y George Kay situaron la acción en cuatro países europeos -Inglaterra, España, Francia y Alemania-, en los que se recrean, con equipo de directores y guionistas de cada lugar, tres historias de la serie marco: Criminal.

En sus doce episodios, esta miniserie conserva la misma apariencia. Los créditos se presentan en letras de imprenta inmensas y prolijas, que encuentran en las dos i el marco rojo de su pertenencia. Ese es el límite del espacio que define a la propuesta: una habitación presidida por una enorme mesa, una cámara que graba todo lo que sucede, los micrófonos que registran los testimonios. Pero, del otro lado del espejo, están los que gobiernan ese interrogatorio desde las sombras, los que dirimen sus intervenciones en paralelo a las tensiones del acusado, los que funcionan como delegados del espectador, para modelar sus lealtades y empatía, para situarlo en la posición incómoda de seguir paso a paso las revelaciones y apostar minuto a minuto por la resolución.

El modelo tiene larga trayectoria, desde la exitosa La ley y el orden -en su longeva encarnación de Unidad de Víctimas Especiales, dedicada a los delitos sexuales, protagonizada por Mariska Hargitay-, gran parte de la acción de la británica Line of Duty, la terapéutica In Treatment, y sucesivas aplicaciones de ese económico formato de cámara, que concentra en una unidad de tiempo y espacio toda la tensión posible. Criminal toma esa fórmula al pie de la letra y usa los dos lados de ese espacio como vasos comunicantes de especulación: acusados e interrogadores se miran unos y otros a través del vidrio, y junto con la conversación son los detalles del entorno y los matices del sonido los que contribuyen a hacer efectiva la propuesta. Sin embargo, eso que puede parecer idéntico por las coordenadas a seguir a rajatabla, termina encontrando su distinción en cada lugar, en la historia que define a cada país, en cómo ese escenario único de diálogos punzantes resulta la caja de resonancia de toda una cultura.

Los tres episodios situados en Gran Bretaña son los más desnudos. Los que ponen al descubierto los engranajes del policial de procedimiento, y los que se concentran en la frialdad de sus ejecutores. Allí la jefa es la inspectora Natalie Hobbs (Katherine Kelly), quien cuando interroga digita la acción desde el dominio de sus emociones. La relación con uno de los miembros de su equipo, el estricto Paul Ottager (Nicholas Pinnock), apenas se vislumbra en incómodos comentarios con una colega, y es la tibia sintonía con otro de sus subordinados, Tony (Lee Ingleby), el hilo emocional que define la dinámica del grupo.

La versión inglesa es la que mejor pone en escena cómo la profesión y sus exigencias se devoran a los hombres y mujeres que la encarnan. Así, en virtud de conseguir un objetivo, se flexibilizan principios y se tientan lealtades, sumidos en ese confinado rol de agudos jueces de las debilidades humanas. No hay afuera de ese destacamento policial, e incluso el dominio de la máquina de café y las interacciones de pasillo se convierten en ese tirante discurrir de presiones y compromisos. Los casos transitan temáticas actuales como la trata de personas, la violencia doméstica y el abuso sexual, equilibrando el dilema entre la inocencia y la culpabilidad en el rostro de los acusados. Son notables las actuaciones de David Tennant y Hayley Atwell, concebidos en una puesta en escena que fragmenta sus cuerpos en planos desoladores.

La española es la que menos interactúa con el presente regional y deja la emoción para los cambios de ánimo de sus interrogadores. María (Emma Suárez) es quien comanda la acción, y lo hace desde fuera y dentro de la escena, poniendo el cuerpo en las entrevistas sin necesidad de accesorios más que su coraje y su seguridad. Es la versión con menos referencias políticas, la que más desborda las coordenadas espaciales fantaseando con una escapada a un spa o con los recuerdos de un viaje a París en el que los personajes dejan entrever las inseguridades de su vida privada.

El color local está dado sobre todo por el excéntrico personaje que interpreta Carmen Machi, quien cifra sus triunfos en la vida en el pedigrí de su perra dálmata. La presencia en escena de Machi recuerda los trazos del esperpento español de Valle-Inclán, con sus labios enrojecidos por el labial bermellón y la furia contenida. Los juegos de poder con sus interrogadores son menos tensos que patéticos, por ese tono que asume la disputa en sintonía con el grotesco. Sin embargo, el episodio más logrado es el protagonizado por Inma Cuesta, acusada de una muerte por negligencia, cuya presencia en escena es tan impactante como devastadora.

Los episodios ambientados en Berlín son los que mejor exponen su anclaje histórico: las cuentas no saldadas entre Este y Oeste luego de la reunificación alemana. En dos de sus tres episodios el pasado deambula sobre la historia, ya sean los tiempos de la caída del Muro de Berlín o los inicios del romance entre un inmigrante turco y la hija de un empresario millonario. Además, el equipo alemán se encuentra bajo evaluación: la oficial Nadine Keller (Eva Meckbach), quien transita los últimos meses de su embarazo, resulta para el equipo la entrada de un objeto extraño, aguda observadora que no solo escudriña a los acusados sino también a sus inseguros colegas. Su más encendido antagonista es el inspector Karl Schultz (Sylvester Groth), quien reclama su autoridad perdida y vela por sus propios secretos.

En la sala de acusados aparecen nombres de primera línea como Nina Hoss, la recurrente protagonista del cine de Christian Petzold ( Barbara, Ave Fénix), y Christian Berkel, notable actor de películas como Elle u Operación Valkiria, quien da vida a un implacable abogado del poder que negocia libertades y sentimientos con la misma falta de escrúpulos. La figura de los abogados defensores es clave en todas las versiones de la serie, siempre opacas presencias que en algunas ocasiones cobran inesperado protagonismo como una vuelta de tuerca del mismo argumento. La puesta en escena es más escurridiza cuando el abogado destila cierta inquietud, por ello las miradas cobran relevancia al igual que la ubicación estratégica dentro del marco rojo que señala el perímetro de acción.

Por último, la versión francesa comienza con un hecho que todavía reverbera en la memoria contemporánea: el atentado terrorista en la discoteca Bataclan a fines de 2015. La inclusión como contexto de un interrogatorio permite no solo traer al presente un hecho social traumático sino reflexionar sobre el eco de aquella violencia, el lugar de las víctimas y los sentimientos de los sobrevivientes. Es notable la interpretación de Sara Giraudeau en la recreación de aquel episodio desde una memoria que conjuga los retazos de la experiencia con el velo del tratamiento mediático.

Los otros acusados estrella son Nathalie Baye y Jérémie Renier, que animan con sus interpretaciones las deudas rituales de la propuesta. Ese es tal vez el mayor desafío de la serie: seguir funcionando pese a la familiaridad del espectador con sus coordenadas, tanto en la puesta visual y el uso del sonido, como en las estrategias narrativas de intercambiar inocencia aparente por potencial culpabilidad. Conocida la fórmula, el placer, como en cualquier género codificado, está en el margen de innovación dentro de las evidentes limitaciones. Y Criminal consigue hacer de la idiosincrasia de cada país un punto a su favor, situando con inteligencia los casos en el seno de escenarios locales e importantes tradiciones, leyendo política e historia con astucia, y descubriendo en la dinámica de ese mundo cerrado de preguntas y respuestas los misterios que nutren al mundo.

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