Streaming: Devs plantea ambiciosos interrogantes sobre nuestra realidad

En Devs, Nick Offerman interpreta a un oscuro gurú tecnológico
En Devs, Nick Offerman interpreta a un oscuro gurú tecnológico Crédito: Prensa FOX
Hernán Ferreirós
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28 de agosto de 2020  • 17:08

Devs (Estados Unidos/2020) Creador: Alex Garland. Elenco: Sonoya Mizuno, Nick Offerman, Jin Ha, Alison Pill y Karl Glusman. Disponible en: Fox Premium, los viernes, a las 22, y en Flow. Nuestra opinión: muy buena.

Devs es la primera serie escrita y dirigida por Alex Garland, novelista y realizador británico, entre cuyos créditos recientes se encuentran Aniquilación (disponible en Netflix) y Ex-Machina (disponible en Claro Video). Como casi todo el resto de su obra, éste es un relato de ciencia ficción en el que la ciencia se cruza con la fantasía pero también con dilemas de orden filosófico, psicológico o moral decididamente reales. Ex-Machina trata sobre la creación de una inteligencia artificial y se pregunta qué define nuestra humanidad. Devs, que transcurre en el ambiente de las nuevas empresas de tecnología (y no muestra mucha estima por multimillonarios mesiánicos al estilo de Elon Musk), es la abreviatura en inglés para "desarrollo": en qué consiste ese nuevo desarrollo es el principal misterio aquí planteado. A la vez, si se considera la grafía latina del término, puede ser leído como "deus", lo que revela que este título conforma un díptico con Ex-Machina: más ambiciosa que la película, la miniserie trata sobre la creación de un dios y su pregunta es acerca de la naturaleza misma de la realidad.

Trailer de Devs

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Es evidente que Garland se deja fascinar por problemas existenciales de gran escala, ésos que redefinen nuestro entendimiento del mundo, e intenta transmitirnos esa fascinación. Devs se ocupa específicamente, y pone gran esmero en explicarlo, del determinismo causal. Esta noción, a la vez científica y filosófica, establece que el origen del universo puso en marcha una cadena de causas y efectos -que no pueden variar porque están fijados por las leyes naturales- que establecen, desde ese comienzo y de modo inmodificable, todo lo que sucede y sucederá, como una hilera de fichas de dominó en la que la primera pieza cae y tumba a la que sigue.

Esto se aplica no solo a objetos gigantescos, como galaxias o planetas, sino a cada átomo, incluidos los que forman nuestros cerebros: cada cosa que hacemos y pensamos también está determinada desde el Big Bang. No existen ni el azar ni las alternativas: cada pensamiento es el único que podemos tener y no podemos elegir nada más que lo que elegimos. La intuición de que si quisiéramos podríamos hacerlo, es decir, de que existe el libre albedrío, no es más que una ilusión, un placebo psicológico. Esta no es una idea esotérica del tipo "guau, ¿y si toda nuestra vida fuera el sueño de una libélula?" sino una conceptualización sólida que cuenta con consenso en la comunidad científica y también, desde luego, con sus detractores. Pero es posible que tal sea la configuración real del universo y defina nuestro lugar en él: apenas partes móviles que cumplen un rol establecido en un mecanismo sobre el que no tenemos agencia alguna.

Esta idea violentamente opuesta a nuestra experiencia cotidiana es, cuando terminamos de digerirla, a la vez alucinante y aterradora. La serie quiere abrir los ojos de sus espectadores a esa posibilidad tan radical, pero debe compensar su densidad conceptual con una narrativa absorbente y ahí su potencia se diluye. Tras un primer episodio (de un total de ocho) cautivante, que plantea problemas y misterios, el relato entra en un letargo: se mete en la investigación de un asesinato, flirtea con el espionaje internacional y cae en el cliché de la corporación malévola que silencia a quienes husmean en sus secretos. Todo esto lo hace con baja inventiva, con el mismo desgano que experimentan los personajes que saben que sus vidas van por carriles predeterminados, como si el guion también lo fuera. Los dos capítulos finales recuperan la energía pero, a la vez, inevitablemente, abandonan la consistencia con la que se venía exponiendo el problema central para que haya mayor sorpresa y un cierre.

Una muy buena interpretación de Nick Offerman, en un personaje muy distinto al de Parks & Recreation que lo hizo famoso, es decisiva para atravesar esa cuenca del medio. También lo son el excelente diseño sonoro (a cargo del exPortishead Geoff Barrow) y, sobre todo, el superlativo y documentado diseño de producción (el imponente escenario principal, un gigantesco cubo flotante, replica un objeto matemático conocido como esponja de Menger). La curiosidad de la serie (y de Garland) por la ciencia y la filosofía más alucinatorias, rupturistas y paradojales, aquellas que cuestionan los fundamentos mismos de lo que damos por sentado, es muy ponderable. La perseverancia de cada espectador será proporcional a cuánto la compartan.

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