Streaming: El nombre de la rosa, convertida en "una de asesinatos medievales"

John Turturro es el protagonista de esta producción francoitaliana que adapta la célebre novela de Umberto Eco
John Turturro es el protagonista de esta producción francoitaliana que adapta la célebre novela de Umberto Eco Crédito: Starzplay
Hernán Ferreirós
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18 de mayo de 2020  • 10:32

El nombre de la rosa (Italia-Alemania/2020). Dirigida por Giacomo Batiatto. Con John Turturro, Damian Hardung, Rupert Everett, Tchéky Karyo, James Cosmo y Greta Scarano. Disponible en: Starzplay. Nuestra opinión: regular.

Umberto Eco explicó que decidió ubicar su novela El nombre de la rosa en el siglo XIV porque sentía que los problemas e inquietudes de esa época anticiparon los de nuestro presente. Considerando que en aquel entonces la expansión de la peste negra provocó una pandemia, el autor, que falleció en 2016 , nunca supo cuánta razón había tenido. Eco se refería, en realidad, a una incertidumbre más general que vinculaba al período posmoderno y su cuestionamiento a los llamados "grandes relatos" que organizaban el mundo con el momento del medioevo, en que empezaban a resquebrajarse el poder de la iglesia, el principio de autoridad y la fe religiosa como consecuencia de la revalorización de la razón.

Este conflicto entre la fe y la razón es uno de los ejes del libro, una novela filosófica e histórica pero también detectivesca. Sus protagonistas son el fraile franciscano William de Baskerville (su nombre viene de El sabueso de los Baskerville , una de las novelas de Sherlock Holmes) y su discípulo Adso (que rima con Watson). Este dúo debe resolver una serie de crímenes que suceden en una abadía benedictina pronta a ser la sede de un encuentro entre los representantes de dos potentísimos rivales: el papa Juan XXII y el rey Luis IV de Baviera, quien intentó disputar el poder de la iglesia católica. La abadía tiene una biblioteca laberíntica, al cuidado del monje ciego Jorge de Burgos (suena similar a Jorge Luis Borges), que oculta secretos por los que hay quien es capaz de matar.

Aun con los homicidios, los venenos, las puertas secretas y otros recursos de la literatura popular, éste es también un sofisticado texto autorreflexivo: un libro que trata sobre libros. Un poco a la manera del marqués de Sade, en su novela de 600 páginas Eco nos engancha con el anzuelo del crimen para luego arrastrarnos por largos monólogos filosóficos, en su caso principalmente acerca del nominalismo (la escuela de pensamiento que considera que no existen "universales" sino que son producto de una abstracción mental tras la experiencia de las cosas particulares y que el universal solo existe en, digamos, el nombre de la cosa) y el realismo escolástico (que considera que los universales sí existen y son parte de la naturaleza, porque de otro modo toda teoría del conocimiento estaría viciada). Este debate atraviesa la historia de la filosofía y llega hasta el presente en la obra de autores como Daniel Dennett y en las teorías sobre la inteligencia artificial.

Como se ve, la novela no es una reliquia de y sobre el pasado, sino que está razonablemente viva. Sin embargo, esta nueva adaptación en una miniserie televisiva se niega a aceptarlo. La primera versión fílmica, realizada en 1986 por Jean Jacques Annaud, hizo lo único que una película de una duración razonable podía hacer: despachó en unos pocos diálogos toda historiografía, la teología y la filosofía y se concentró en las partes jugosas de asesinatos. Aunque precisamente por esto fue desestimada (incluso por Eco), hoy es un film de culto con uno de los mejores roles de Sean Connery, más humor del que cualquiera imaginaría que se podría encontrar aquí y una extraordinaria representación de la edad media .

Esta transposición a la TV dispone de ocho episodios y, sin embargo, insiste con una aproximación similar (menos el humor): es mucho más una adaptación de la película que de la novela, engordada hasta los 400 minutos con innecesarias escenas de batallas sangrientas, un prolongado romance de Adso con una campesina y, lo más inaudito de todo, la hija de un hereje masacrado por la Iglesia convertida en una amazona vengadora, para que no falte el personaje femenino empoderado y así tildar al menos un casillero que permita pasar el juicio moral de las redes sociales. Muy poco hay, sin embargo, de todo lo que la película dejó afuera. Es curioso que alguien entre en el gasto de obtener los derechos de adaptación de este título para luego descartar el 80% del texto y quedarse con algo similar a lo que se encontraría en cualquier otra novela con escenas de caballería medievales y asesinatos misteriosos (claro que ninguna de esas otras novelas vendió 50 millones de ejemplares pero entonces, nuevamente, ¿no habría que confiar más en el texto que alcanzó semejante logro?).

John Turturro se entregó de lleno a esta coproducción internacional encabezada por la RAI y recibe créditos de productor y coguionista. Su rol, sin embargo, palidece ante la comparación con Connery (cuya identificación con James Bond le otorga una capa adicional de ironía a su personaje). En la interpretación que hace Turturro de este fraile medieval inglés se cuela el pendenciero ítalonorteamericano de Brooklyn que tan bien suele encarnar y eso no le hace ningún favor. La puesta en escena es, por lo menos, torpe y confusa (sobre todo cuando se le da por mezclar presente y pasado) y su mayor atributo es la cantidad de dinero invertido en la producción, mayormente desarrollada en Cinecittá. Al juzgar por los resultados, tal vez haya que resignarse a que El nombre de la rosa pertenece al gueto de las novelas "infilmables" y dejarla ya en paz.

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