Pornográfica: En una isla del Tigre se filmó el reality-show más caliente y bizarro de la Argentina.
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Gabriela se quita la bata blanca y se mete en el agua espumante del jacuzzi. Observa la cámara con todos los gestos de una verdadera actriz porno. Morena de gruesos labios, con aire a venezolana de telenovela, pero uruguaya, 22 años. Gabriela tiene una hija de 5 que no vive con ella.
Un fallo judicial se la entregó a la abuela materna en Montevideo.
La aventura acaba de empezar en un rincón de un hotel alojamiento pintado de rosado viejo, sobre una avenida del barrio porteño de Flores. Víctor Maytland, realizador de cine porno con veinticinco películas en su haber, quiso imaginar un comienzo glamoroso, o al menos un escenario medianamente confortable, para la que cree que será su obra cumbre. Durante la primera toma, apostado junto al camarógrafo, provoca a la diosa de su expedición con preguntas formuladas en el tono de un cura lascivo. Hombre de cincuenta y tantos, calva bien afeitada, fuerte y pronunciada mandíbula, ojos saltones, pantalones pinzados y camisa, le dice:
–¿Que buscás? ¿Cuál es tu fantasía? ¿A cuántos de tus compañeros pensás hacerles el amor?
Ella:
–Sexo, placer, lujuria. Los quiero a todos: hombres y mujeres.
Contemplo la escena refugiado allí donde me han autorizado a permanecer. Desde el baño de la suite, un cubículo de un metro cuadrado, puedo ver la cama cubierta por una manta de raso rosado, la alfombra raída, los sillones de cuerina. Gabriela, está casi a mi lado, el cuerpo desnudo, la sonrisa perpetua. Lleva en las manos un jabón rosado con forma de pene. Por supuesto, hace con él lo que se espera. De pronto, ingresa en escena Fernando, un paraguayo amigo del director, que alguna vez soñó con ser una estrella de fútbol. Se desplaza con el sigilo de una geisha. Muerto de timidez, antes de ingresar en la bañera se quita, con ademán torpe, el toallón que lo cubre. Gabriela deja caer sus preguntas de rutina con un tono teatral e insinuante:
–¿Qué te gusta mi amor? ¿Te gusta mi juguetito? –dice, y se pasa el jabón por el torso.
–Me gustás vos –contesta él.
Corte.
Unos minutos después, Fernando revelará que Gabriela sabía a jabón de tocador y escupirá la saliva jabonosa. Y Gabriela, batiéndose el pelo todavía húmedo, dirá que Fernando es un firme candidato a abandonar pronto la competencia que los ha reunido en éste, el primer reality-show porno de la Argentina.
El hotel oasis, donde por primera vez me encuentro con algunos de los integrantes del programa, es un sitio pensado para parejas de trampa. Un jardín pequeño pero tupido disimula la fachada. Es el mediodía de un jueves. En el interior, en una rara penumbra, el grupo –el productor Juan Carlos; Oscar y El Colo, dos de los dieciséis participantes de Expedición Sex– aguarda el momento en que subirá al primer piso, donde tres cuartos fueron reservados por la producción. Hablamos bajo, como en los fondos de los velorios, con esa discreción que piden la culpa, la tristeza o el secreto.
Subimos. Lentamente, cada uno de los participantes se acomoda en la suite de mayor categoría del hotel. Oscar es vendedor de ropa de cuero para turistas, ciclista fanático y swinger. Tiene poco más de 40 años. Se acuerda de su padre, un sindicalista que en la década del 50 escapó de los militares junto a seis delegados de ypf; se refugiaron en una isla, cuenta, porque desde siempre el Delta ha sido tierra protectora para los perseguidos, fueran sindicalistas, rufianes o jugadores clandestinos. En ese laberinto secreto se refugiaron, durante las décadas del 50, 60 y 70, desde militantes políticos hasta miembros de la comunidad gay que escaparon de las homófobas botas de sucesivas dictaduras.
Charlamos tendidos en la cama, mientras Gaby juguetea con El Colo, diseñador de ropa y masajista que superó la barrera de los 30. La puerta se abre y entra El Polaco, que de inmediato despliega su show de pibe fiestero, cantante de heavy metal y habitué de bailantas. Lo recibe Thays, una enfermera que tiene dos hijos y las más impresionantes redondeces (dos, también) que se verán a lo largo de la aventura: "¡Hola, saludá a Las Mellizas!", le dice mientras se las abraza. Sonríe con una candidez que me recuerda a mi tía Ivonne cuando, en la cocina de la casa de mis abuelos, ensayaba un strip-tease de comedia sólo para matar el aburrimiento en una aldea campesina.
En silencio, y de la mano, entra una parejita recién iniciada en el swinger: Jeanette y Axel son bastante tímidos, vienen de un pueblo cercano a Mercedes y tienen una hija de 2 años a la que extrañan. Hace pocos meses comenzaron a incluir a un tercero en su cama. Axel es un gordito morocho de pelo corto, desempleado y ex repartidor de La Serenísima. Me confiesa, sin preámbulos, que es un sexópata desde la infancia. "¿Viste que en una familia siempre hay uno que mira? Bueno, ése era yo." Jeanette es menuda, lleva el pelo atado y las mejillas pintadas como una muñeca de porcelana. Se esmera en contar que es una ama de casa, "una señora desde las 8 de la mañana hasta las 12 de la noche". Nada dice de sus madrugadas ni del primer amanecer.
Ninguno de ellos parece ser muy consciente de las consecuencias que podrá tener su aparición televisiva. La negación de los riesgos parece ser un requisito indispensable para ser un chico o una chica porno.
Todos hablan de manera impostada, como si estuvieran en un juego de rol o como si fuesen parte de una puesta teatral escolar que intenta dramatizar historias eróticas. Quizá por eso les cuesta entender cuánto hay de verdadero deseo en esos coqueteos iniciales. De todos modos, cada uno a su turno se sacará la ropa de calle –la remera Lacoste, la calza, el jean desteñido, la camisa, la musculosa, el slip, las medias gastadas– y por primera vez quedará desnudo frente a las cámaras.
Todavía tengo prohibido acercarme demasiado. Es un privilegio reservado a Alfredo Srur, el fotógrafo oficial de Maytland. Alfredo insistió hasta que le abrieron las puertas del porno argentino y le permitieron capturar en imágenes esa extraña atmósfera de camaradería y sordidez bizarra que se respira en el backstage de una película porno. Se merece el apodo que ya se ha ganado: El Pornógrafo.
La acción comienza en un par de cuartos del hotel Oasis. Merodeo, como un fisgón, cerca de la puerta entreabierta. Un espejo devuelve la imagen de una mujer frenética que se contorsiona como una serpiente, montada sobre el cuerpo de un hombre tendido en una cama. Se trata de Jeanette y Axel. La cámara los captura en su primera aparición en tevé; inauguran el sexo explícito en un reality-show realmente condicionado. No puedo evitar recordar la frase que El Pornógrafo pronuncia cada vez que uno de sus colegas desprecia su aproximación al porno argentino: "A mí el sexo me da tristeza".
Durante el fin de semana, llueve en Buenos Aires. Está previsto que el martes a las 5 de la madrugada salgamos rumbo a la isla San Miguel, en el delta del Tigre. Pienso, tal vez por angustia o por miedo, que la filmación se suspenderá. El Pornógrafo me quita toda esperanza.
–Hace demasiado tiempo que Víctor espera todo esto. Si llega a nevar, se va a mandar una película como las de la Coca Sarli.
Maytland no perdió el tiempo durante esa espera. Es el director de cine porno más prolífico de nuestro país. Bastante antes de dedicarse a la edición de revistas del género, entre ellas El chanchito nacional, tuvo su primera aproximación al cine durante los días en que fue asistente de Fernando Solanas y Octavio Getino en La hora de los hornos (1968), uno de los films decisivos del cine político argentino. Hoy chapotea en otras aguas. Quedó atrapado en las extravagancias de Ed Wood, el realizador de films espantosos de bajísimo presupuesto, a quien admira. Ed Wood, al que cierta crítica internacional entronizó como el autor de la peor película de la historia (Plan 9 From Outer Space), es aquel bizarro director cuya obra fue reactualizada por la película homónima de Tim Burton. Mucho de ese estilo decadente y berreta está en las películas de Mayt- land, desde El pitilín colorado y Los Pinjapiedras hasta Las tortugas Pinjas, títulos que pueden encontrarse en el sector triple x de los videoclubes.
En la madrugada del día d, la oficina de la calle Brasil que sirve como búnker al realizador está repleta. Buena parte del equipo sigue reunido desde la noche anterior. Están eufóricos: se acerca el momento que tanto esperaron. Han cenado juntos y matan el tiempo jugando al truco o a la canasta. Héctor y Fiamma, los únicos dos actores porno profesionales, son fetiches de Maytland y trabajaron en varias de sus producciones. Ella es parte del star system del porno autóctono. Se rumorea con malicia que el premio está preparado para ellos.
Thor es mendocino, desocupado. Vino a Buenos Aires a buscar trabajo. Una de las chicas me susurra al oído que este aficionado a los ménage à trois se escapó de un seminario dictado por un grupo católico de derecha. Le digo que su apodo es el del dios de las nubes y el trueno. Lo ignora. Me cuenta su primera fiestita: él estaba borracho de Fernet Cola; ella, la reina de la bailanta, lo supo llevar.
–Cargá las banderas y no nos olvidemos una máscara de Freddy, que de última, si empeora el tiempo, hacemos La casa embrujada o Pesadilla –ordena Maytland.
No es un chiste. Las banderas son unos estandartes negros con cruces rojas, ya utilizados en el Drácula que protagonizó Carlos Calvo. Con los pabellones del conde, carpas, mesas y sillas de camping, salimos rumbo al Tigre en dos autos y una combi. El equipaje incluye: forros de todo tipo y color; gel, crema y vaselina; frutas diversas (uvas, manzanas, ananás, bananas, naranjas, pomelos, que serán parte del decorado) y un stock de ropa interior erótica aportado por un anunciante.
Amanece en el puerto de el tigre. Salimos en una lancha colectiva rodeados de varios isleños, un grupo de turistas alemanes y otro de maestras de una de las escuelas del Delta. Las docentes van concentradas en sus carpetas. En cada uno de los muelles suben chicos de guardapolvo. Miran con ojos extrañados a la banda de expedicionarios. Cuando se bajan en uno de los islotes, espían a Gaby, que nunca abandona su desfachatez impostada de hot line.
Unos minutos después, asoma la silueta de la isla San Miguel. Lentamente, entre las ramas de los sauces, aparece una vieja casa de madera, un club de pesca que funciona como recreo y que debe haber tenido su esplendor en los años 50, aunque ahora está entrando en decadencia. El escenario está lejos de la atmósfera seductora de una isla paradisíaca. No hay ni habrá cocoteros, tragos largos, ni guirnaldas de flores. Apenas unas modestas mesas de camping semitapadas por el agua. La posada está a cargo de un matrimonio que hace diez años escapó del centro porteño y pelea contra las crecidas y la escasez. En poco tiempo el grupo los bautizará: él es El Renegado; ella, El Angel.
El desayuno es escaso. Las carpas donde se instalarán los participantes quedan arrumbadas a un costado de la galería. En una alacena se guardan las frutas que dentro de algunas horas serán parte del decorado. Mientras tanto, los miembros de la troupe atraviesan un pasillo mugroso con puertas desvencijadas y se instalan en sus cuartos destartalados. Los dos baños están en pésimas condiciones. Los cuartos están llenos de cuchetas. Ocupo una que me ha guardado especialmente Gabriela. Junto a Thays y Mayra (morena, de San Antonio de Padua, hija mayor de una familia numerosa), Gabriela se encargará de mí, jugando a seducirme. Se hará costumbre: quienes están fuera de la competencia –cuyo premio es un enigmático e improbable viaje a Jamaica– serán sometidos a un acoso cotidiano. Camarógrafos y productores vivirán corriendo la cintura para evitar las manos de algunas de las chicas, que gozan con los nervios y la turbación de los hombres.
En una de las habitaciones, Gaby y Mayra acomodan las camas, ordenan los bolsos y colocan una pantalla de papel de diario en un velador destartalado, para atenuar la luz hiriente del foco.
–Ya vas a ver los masajes que te hago –me provoca Mayra.
Gaby quiere saber si me gustan los tríos.
–Dame, mi amor, dame esa espaldita que te hago unos masajitos –insiste Mayra, provocadora.
Tendido en el camastro, me siento como una maja desnuda. Me río. Ellas sueltan una carcajada. Y finalmente loqueo, ma-ri-co-neo, en el sentido más quebrador de muñecas. Pues sí, amigas mías: entre tanto macho expedicionario y erecto… ¡hay un gay a bordo!
–No importa –me dice Gaby–. ¿A quién querés que te entregue?
Esta por comenzar el juego. no hay ambiente selvático ni playa, de modo que Maytland habilitó como escenario un sector de la galería. Frente a las cámaras, los muchachos son protagonistas de una vieja tradición en las cofradías masculinas: deben conseguir una erección en tiempo record. Seis mujeres, burlonas, cuchichean maldades sobre las formas masculinas y ríen cual alumnas de colegio de monjas. Se arrodillan frente a cada participante, lo masturban. Cada tanto, se huelen las manos haciendo caritas de asco y lanzan risitas provocadoras. Uno a uno, de pie, los ojos vendados y los pantalones caídos, los hombres fracasan. Cuando se vence el tiempo, Maytland hace sonar una corneta de plástico. Siento vergüenza, y creo que algunos de ellos también, aunque nadie se atreverá a aceptarlo. Sólo Thor y El Polaco logran pasar la prueba. El Polaco es, a los ojos de Maytland, el más contundente.
–¡Corónenlo! –ordena, y pone fin a la competencia.
Fiamma y Thays le colocan una corona de cotillón. Parece el Rey León de Disney. En el mismo lugar donde hace un rato los hombres fueron masturbados, un productor coloca una silla. Cada una de las chicas deberá sentarse –los ojos vendados, las manos quietas a los costados– y será estimulada por los varones. Tienen un minuto y medio para alcanzar el orgasmo. Con excepción de la experimentada Fiamma y de Thays, incapaz de retroceder, las chicas no tienen ganas de dejarse manosear brutalmente mientras fingen un orgasmo imposible. Jeanette explica que es muy chiquita. Mayra se resiste. Gaby no se queja. Ninguna de ellas puede igualar los alaridos de Fiamma. Cuando se vence el tiempo, vuelve a aullar la corneta del director.
Maytland sabe ser bizarro. Y perverso.
Al mediodia, caminamos por los restos podridos del muelle que alguna vez unió San Miguel con las costas de El Indio, la isla vecina. Una supuesta azafata ecuatoriana y un par de rubios generosamente tatuados integran la caravana: son los comodines que Maytland ha traído por si alguno de los protagonistas desiste. De pronto, nos tambaleamos.
–¡Dios mío! –dice la ecuatoriana, mientras estira la mano para aferrarse a El Pornógrafo. La madera cede: se hunden en el agua. Ella desespera: gorgotea; se hunde, vuelve a gorgotear. A El Pornógrafo se le moja el equipo fotográfico, todo lo que materialmente le importa. Sale del agua de un salto, como impulsado por un resorte subacuático, y corre por el muelle de regreso al recreo. Su día ha terminado. Nada conseguirá devolverle el humor. El Angel le presta un secador de pelo. El Pornógrafo lo empuña contra sus objetos como si fuese un arma amenazante.
–¿Qué estamos haciendo acá, chabón? –pregunta, menos voyeur que nunca.
En medio de la noche, suena una versión desafinada de "You Can Leave Your Hat On", el tema de Joe Cocker que popularizó el film Nueve semanas y media. Las chicas entregan su versión paródica mientras juguetean con Nelson, uno de los hombres que no intervienen en la competencia. Es el dueño de un velero donde se filmarán algunas escenas de la película. Le quitan la remera. Lo hacen girar.
–Bueno, chicas, no vayan tan rápido –dice él.
–Que mueva la colita… –le piden.
Nelson se da vuelta. Muestra el culo como los militantes antiglobalizacion se lo muestran a la policía. Cebadas con el forzado desenfado, Gaby, Mayra y Fiamma llevan las manos al cierre del jean. El pide que lo dejen: lo hará solo. Se baja los boxers de tela. Fiamma lo manosea. Hay risas y carcajadas en el vagón de este viaje de egresados picante, un peldaño más arriba de Porky’s.
La idea les ha encantado. Los muchachos hacen su strip-tease hasta quedar desnudos. Fotos. Flashes. Aplausos. Una vez terminada la ceremonia con sus partenaires, las mujeres traen casi a la fuerza a Juan Carlos, el productor.
–No chicas, paren, paren… esperen, no quiero –dice. Pero lo tiran al piso y le bajan los pantalones. Se enfurece. Hace fuerza, se las saca de encima y se pone de pie. Se acomoda el pelo, largo y con claritos, despeinado por las muchachas.
–Esto es trabajo, chicas –no pierde su postura profesional–. Cuando hay que joder se jode; ahora, no –dice, y se va dando un portazo.
Con el correr de los días, la vida en la isla se vuelve difícil. Las mujeres consiguen que la producción les instale un calentador en la ducha. Se bañan juntas, de a dos o de a tres, para aprovechar el agua tibia y escasa. Es posible que el encierro dure más de lo esperado. Sobreviene una firme sensación de angustia y claustrofobia. Maytland tiene razón: la escena se parece más a Gran hermano que a Expedición Robinson. No hay reality-show, inclusive el porno, que no sea en sí mismo una cárcel.
Srur está deprimido. Decidimos regresar a Buenos Aires lo antes posible.
Antes de que nos recoja la lancha que pasa a las 7 de la tarde, compartimos un buen vino que traficamos desde el Tigre, porque rige la ley seca para los participantes. No es la única prohibición: no se pueden mantener relaciones sexuales fuera del guión de Maytland. Pero el juego es romper las reglas. De manera que, minutos antes de partir, en el cuarto contiguo al nuestro se desata la fiesta. Entre pobres camastros –como los de los regimientos– y paredes descascaradas, los cuerpos se agitan formando figuras inverosímiles. Están la impetuosa Fiamma, la única salida del corazón de la industria; Thor, Jeanette y Axel. Es una escena fuera de programa, de alguna manera, íntima. Nos retiramos en silencio. Mientras la lancha parte, sin que medien las despedidas, los cuerpos seguirán agitándose, ahora devorados por las cámaras hambrientas y el foco de luz cegadora que les apunta.
Cuando volvamos, nada será igual.
Durante los dias que siguieron a nuestra partida, me contarán a mi regreso, las cosas fueron subiendo de tono. La crecida del río comenzó a ceder y la acción se trasladó a la playa de El Indio. En el camino, comenzaron a quedar participantes. El primero fue Fernando; nunca consiguió relajarse y lograr la erección esperada.
En esa oportunidad, me dirán, ellos aguardaron en el muelle. Ellas se reunieron en la cocina para votar. Fernando sintió un enorme alivio cuando Maytland pronunció su nombre.
–¿Por que no dijiste que te querías ir?
–Es que no quería ser cobarde.
El no quería ser cobarde, ellas no querían dejar a nadie de lado. Thays se sentía culpable; Fernando la había rescatado cuando estuvo a punto de ahogarse, el día en que se tiraron al agua de puro aburridos.
Mayra también sentía remordimiento: había comenzado a enamorarse del paraguayo. Ella abandonará la isla poco después de que una gripe inoportuna le quite resto para afrontar la sucesión de maratones sexuales.
En algún momento de todo esto, Mayra y Fernando fueron los primeros en convertirse en novios. Con el correr de los días, a pesar del desenfreno, otros sentimientos fueron surgiendo entre los expedicionarios.
–Expedición Sex fue una perfecta montaña rusa. Subían el ánimo con los juegos, lo bajaban cuando tenían que votar a alguien. Volvían a subir con un juego divertido, volvían a bajar. Los juegos levantaban la moral y las votaciones la destruían –dijo Maytland.
Supe después que las orgías tuvieron su momento culminante en la playa, cuando el sol caía a pleno. Los hombres que quedaban hicieron su escena a la manera de Full Monty, sobre la arena, puestos a disputarse el triunfo. Ellas realizaron su propio strip-tease.
En el medio de la bacanal hubo quienes no soportaron el desenfreno creciente de las escenas. Jeanette y Axel se quebraron cuando ella no resistió la angustia de verlo con otra. Habían mantenido siempre un acuerdo según el cual la pareja sólo podía incorporar hombres. Del nudo de personas que se tocaba en la ribera, ella salió llorando. El abandonó a los pocos minutos.
Esa noche, dijeron, necesitaban una velada más íntima. Los acompañaron Héctor y Fiamma. Fatalmente, hubo intercambio de parejas y se conformó una alianza que continuaría hasta el final.
Aquel día, los que quedaron en la playa eran los que habían llegado solos. Gaby estuvo cada vez más cerca de Oscar; Thays, con su nuevo talismán, el Colo. Cada vez que pasaba un barco, Thays bamboleaba las tetas. Hacían originales piruetas tapándose entre ellos de las lanchas colectivas que podían verlos desde el agua. Se cubrían con los cuerpos de los productores, o con toallones. Enfrente, del otro lado del río, una pareja de ancianos fisgones, cómodamente sentados en reposeras, miraba con binoculares desde su muelle.
Aunque llegue a pensar que no lo haría, regreso a la isla dos días después de mi partida. Arribamos con Srur a la hora de la siesta. En la galería de la casa, hablamos con Fernando y El Polaco; nos reímos. También nos acompañan Mayra y, por supuesto, los caseros. Un pescador llega con tres bogas gigantescas para la cena. Fernando recuerda a su primo, el futbolista. El no se fracturó, viste, él terminó en un club de Portugal, con un bmw descapotable. El Polaco me cuenta su vida, llena de noches largas, y recita entusiasmado una lista de cabarets del barrio de San Martín y aledaños. Todos hablan con una parsimonia que desconocía en ellos; entonces comprendo: están aquí porque ya han sido eliminados.
Nos tomamos un par de cervezas; Mayra prefiere un whiscola. Recién cuando se cansa de charlar con nosotros, El Renegado accede a llevarnos en su lancha hasta la isla vecina. Llegamos al nuevo set de filmación cuando oscurece. No es tan tarde, pero durante el otoño la noche parece llegar antes en el Delta.
Hay una casa, que también vivió tiempos mejores, ahora en ruinas. Hay tres bungalós con los que el paso de los años tampoco tuvo la menor piedad. En los fondos, entre todo tipo de maleza, murió hace décadas un barco abandonado.
Gabriela llora. Thor, tan abatido como ella, la consuela. En la última votación ha sido eliminado Héctor, uno de los favoritos. Fiamma, su mujer, se brotó. Se puso como una leona en el momento en que las mujeres lo dejaron afuera.
Los dos bandos –cada uno liderado por dos mujeres– libran ahora la batalla final. Por un lado, la actriz porno consagrada; por el otro, la actriz porno incipiente. La parejita de tímidos del comienzo está con Fiamma; el resto, con Gabriela.
Todo empieza a parecerse al reality más convencional. En el afán por triunfar, afloran las peores miserias. En la discusión más terrible, Fiamma le enrostra a Gaby que no haya podio quedarse con su hija. Fiamma, que también es madre soltera, sí puede ver a la suya.
Me pregunto dónde había quedado el sexo en todo esto.
–Después de varios días, los hombres ya no tienen erecciones –me dice Fiamma.
–Las erecciones ya no importan, la trama es lo que vale –me dice Maytland.
Las libertades del libertinaje, esenciales en el porno, se han esfumado con la competencia por el poder y por el dudoso viaje.
En el último de los juegos, los tres hombres sobrevivientes deben pintar sobre el cuerpo de las tres mujeres. A esta altura, las amigas Fiamma y Jeanette ya han sido eliminadas.
Thays me abraza y me cuenta sus intervenciones como enfermera, su amor por El Colo, su amistad con El Polaco. Luego me relata la historia de la remera de Kiss que lleva puesta. Se la regaló a El Polaco, consumida por la culpa de haberlo votado. Thays quiere mucho a la remera y a Kiss. En su cumpleaños de 15, me cuenta, no bailó un vals, sino un tema de Kiss.
Ahora, dice, se muere de ganas por escuchar a la banda de su vida. Pero la verdad es que la banda de sonido de Expedición Sex es otra. En la posada hay una colección de boleros y otra de pagode, pero predomina el pagode. Ese ritmo del norte brasileño me hace recordar a Porto de Moz, un pueblo diezmado por la pobreza en la costa de un río hermano del Amazonas, el Xingú.
En El Indio tampoco hay luz. Pronto nos iluminarán los reflectores. Se ha montado una carpa para la última cena: una comilona para los cuatro finalistas, regada con champagne.
–Será atendida por los que perdieron –me cuenta Maytland al oído.
–Perverso, el nono, ¿no? –le digo.
Maytland suelta una carcajada. Se le hinchan los ojos.
Al final atiende la mesa un productor al que no he visto nunca, ataviado con minishort, campera roja y moñito. Un rubiecito lampiño, con formas renacentistas, que parece estar preparado y feliz con el cambio de planes: se ha traído el atuendo completo.
Durante la comida, Gaby se comporta como la conductora de un programa. Detrás de cámara, el equipo hace bromas sobre su vocación de nueva Mirtha.
Más tarde, volvemos a la posada en la lancha de El Renegado. Hay luna llena. La mayoría se va a dormir temprano. Gaby, El Pornógrafo, Nelson y yo salimos a navegar en el velero. Mientras intento mear por la popa, Gaby no puede con su genio y me toma una foto.
Al día siguiente nos reuniremos para el almuerzo, por una vez abundante. Como un rito final, todos los comensales serán vitoreados, uno tras otro. Aun así, la mayoría de ellos se ven heridos.
A un costado de esa larga mesa de comensales, Maytland hace su consideración finales:
–Esta gente vive siendo condenada: como laburantes, como madres. Después de esto, muchos de ellos pueden ser despedidos de sus empleos; muchas madres pueden perder a sus hijos. Ellos rompieron el miedo que se les imponía. Además, de algo estoy seguro: hicimos que el porno fuera vida, que el porno fuera una realidad. Esto supera la pornografía barata de los realities que suelen verse en la televisión argentina. Me sorprende una idea tras las dos semanas de Expedición Sex: de alguna manera, todos somos actores porno.
En la lancha de regreso a casa, la angustia del final se vuelve oscura como las aguas, como el propio día que ha vuelto a ponerse gris y tormentoso. Escapamos, ahora sí, de la sudestada.




