Shakespeare en el Romanticismo musical francés
A medida que el Romanticismo se afirma cada vez más en principios inalienables de libertad -libertad de vida, de pensamiento y de creación- se renueva la presencia de William Shakespeare (1564-1616) para mostrar de qué manera era posible conciliar la reflexión intelectual más profunda y abismal con la fantasía más exaltada, o la tragedia con el humor. Y todo ello a través de un lenguaje en el que las figuras de dicción se engarzaban con una especie de sortilegio.
Así se explica que Shakespeare ascienda a un primer plano absoluto en la cultura europea de las últimas décadas del setecientos, cuando los iracundos del Sturm und Drang (Tormenta e Impulso) lo convierten en modelo carismático. Convertido en ídolo de las juventudes rebeldes e iconoclastas, la literatura y la música encontraban en sus dramas, truculentos al decir de Voltaire, pero profundamente sabios y armoniosos, sus más apasionantes fuentes de inspiración. La visión profunda y comprensiva de los conflictos y emociones de la naturaleza humana, que fue la gran herencia dejada por Shakespeare, se convertía ahora en la fuente de juvencia del arte occidental. Luego, Victor Hugo mediante, Shakespeare ganaba desde la década de 1820 el corazón del París romántico.
Así accedió el teatro de Shakespeare al escenario de la ópera y el ballet y al terreno del sinfonismo poemático. Y así llegó ese milagro de inspiración, de juventud, de genialidad incomparable que es su Romeo y Julieta, la tragedia que, escrita cerca de los treinta años, le dio al autor su primero y definitivo triunfo sobre Marlowe, el otro grande de su tiempo. Por eso, hay consenso en admitir que ésta fue su primera obra maestra y que hasta ella Shakespeare era uno de los tantos. Desde ella, fue Shakespeare.
En el Romanticismo musical francés, fue el compositor Charles Gounod quien, tras afirmarse con Fausto, su primer triunfo, alcanza con el poeta inglés su decisiva inserción entre los grandes a través de su Romeo y Julieta. Es que con ellos (Goethe y Shakespeare), pasó a ocupar un lugar único dentro del panorama francés, entre otras razones porque las dos obras lograban ubicarse en el punto exacto de intersección entre la poética del compositor y la realidad histórica de Francia. Gounod se presentaba como el espejo de un fenómeno cultural que mezclaba una forma de clasicismo con el gusto por los arquetipos literarios de incomparable linaje.
Desde el punto de vista sonoro, la ópera de Gounod repite la experiencia de Fausto, en la medida en que el autor enfatiza el trazado de la frase musical asimétrica, que obedece celosa y prolijamente a la prosodia francesa. También vuelve a destacar un tipo de instrumentación pastosa y acude a progresiones cromáticas y a una armonía espléndida de alteraciones. Y todo ello para lograr esa sensualidad que es su marca de fábrica.
Una vez más, Gounod crea con Romeo y Julieta un drama romántico, pero fundamentalmente un drama social sobre la intolerancia y la incomprensión, a través de pasajes creíbles, conmovedores, a los que la música acompaña hasta en sus más tenues suspiros.
En 1887 (20 de agosto), veinte años después de su estreno en París (1867), Buenos Aires conoció la ópera de Gounod en el Teatro Politeama Argentino. Al Colón actual llegó en el año de su apertura, 1910.





