
Sicarios muy respetables
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Gentilezas así son de agradecer. Pocos hay en este mundo que se muevan tan sinceros. Lo usual es que estas faenas se hagan sin levantar perdiz alguna. Pero como los hermanos Rodríguez no hay. Son sicarios y dan gusto. Un ejemplo. Son paraguayos finos, cultos y la tienen clara. Lo suyo es limpiar de enemigos la ciudad. Tienen el refugio en San Martín, en donde se ejercitan y mejoran su arsenal. Ante el llamado, el pacto es rápido. Un pedido de exterminio puntual, y allí salen a cumplir el contrato. "¿Cuánto me cobran por la bruja?" Así los encaró un cliente al paso, desde su cabina, mientras aguardaban frente a una barrera.
Según sean los sujetos que envíen a otra vida, así será lo que cobren. Al volver, Luis conducirá el vehículo mientras Juan Carlos revisará el fajo por si hubo alguna trampa en lo pactado. Luego un cigarrillo y del casete se elevará la voz de Rubén Blades cantando El vicario. Les gusta el tema. Y les gusta lo que hacen. Lo saben un trabajo sucio pero no les da asco. Y menos, culpa.
–La sociedad nos necesita.
Uno viene por el Bajo, alza la cabeza y le estalla el balazo visual de este anuncio. Camioneta medio rara y sin tipos en el interior. Y uno se queda tieso. ¿En dónde estarán? Y mira tras de sí. Es que aquí las tres malditas palabras valen por mucho más que mil fotos. Primera reacción: salir corriendo. Segunda: pegarse a la pared para eludir la balacera que por lógica debe sobrevenir a frase tan cargada. Tercera: darse al análisis para superar el jabete. Que la foto es el mensaje verbal. Que la camioneta desaparece. Que lo único que se ve es Matamos por encargo. Y todo así, en democrática exposición. Impune. Como si dijera Reparto de sifones, Cerrajero de urgencia o Tintorería Sol Manchar.
Hay killers muy educados. Y los Rodríguez lo son. Y perfeccionistas. Ahora mismo (esto va en serio, es más que sic, juro que es así) acaban de salir de un simposio en el Sheraton donde escucharon al máximo gurú de su profesión. Se llama Robert Currigan y vino a dar un seminario que les permitirá aumentar el número de víctimas. Y de pronto me viene una carretilla de información que me permite, ahora sí, desdramatizar una foto que nos tenía a ustedes y a mí para el infarto. Sucede que los Rodríguez se ocupan de fumigar y liquidar plagas urbanas (al menos, las zoológicas). Su ranking perturbador es éste: primero, cucarachas; segundo, ratas; tercero, hormigas. Pero hay otras. Ya en amable conversación sobre tan amable asunto, recojo unas sutiles variaciones que porteños y bonaerenses deberían (si no pegar en la pared, junto al almanaque) al menos aprender. El vecindario rateril que roe nuestra higiene es de tres clases: una, la ratus ratus (la de techo); dos, la novergicus ratus (de origen noruego, que frecuenta cloacas, madrigueras), y tres, el músculus (ratón de morondanga adicto al queso de alacena).
Las hormigas porteñas son capítulo aparte. Se las llama las carpinteras negras y ojo con ellas. Los precios para hacer el trabajo (que más o menos así es como se le pide en la jerga mafiosa a los sicarios) está en relación con el tipo de animal y su cantidad. Preguntados sobre cuánto saldría (dada la proximidad del Bicentenario) una fumigación patriótica de los dos Congresos, reconocieron que llevaría tiempo pues, dado el espacio y sus alturas y bajuras, allí habría que vérselas tanto con las ratus ratus como con las novergicus ratus. Mi grosera referencia a que tal vez unas se inclinaran más por el Senado y las otras por Diputados, concluyó en anécdota:
–Le cuento. Hace poco, al ir a fumigar a Colonia, un gendarme de los que cuida el Buquebús preguntó cuánto le cobraríamos por ocuparnos de la Rosada. Y lo paré. No nos comprometa, le dije. Nosotros somos paraguayos.
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