Sinfonía, de Luciano Berio: un fascinante collage sonoro
Sinfonía, de Luciano Berio / Director: Tito Ceccherini / Obras: Mi parti, de Witold Lutoslawski; Asyla, de Thomas Adès; Sinfonía, de Luciano Berio / Intérpretes: Orquesta Estable del Teatro Colón / Nonsense Ensamble Vocal de Solistas / Colón contemporáneo / En el Teatro Colón / Nuestra opinión: muy buena

Luego de su complejo paso por el Teatro Argentino de La Plata, el director Tito Ceccherini dirigió con gran expresividad la orquesta estable del Teatro Colón y el Nonsense Ensamble Vocal, en un tour de force coronado por la Sinfonía de Berio.
El concierto abrió con la obra Mi parti (1976), del compositor polaco Witold Lutoslawski. Con gran meticulosidad, la sección de vientos expuso y elaboró las frases propias de las sucesivas secciones que articulan el único movimiento de esta pieza, a la par que la orquesta delineó los materiales sonoros que robustecieron la calidad de las diversas texturas. Con considerable expresión en los pianissimos y quizá más contención en los fortes, la orquesta no dejó evidenciar las distintas capas que conforman la obra, como una suerte de ensamble de ensambles. La obra como un todo fue robusta y puso en eje la expresividad del rol de la melodía en una obra de intensa calidad armónica.
Thomas Adès compuso en 1997 Asyla, que en sus cuatro partes se asemeja a una sinfonía, sólo que el tercer movimiento está reemplazado por una composición en secciones inspirada rudimentariamente en la música tecno. Sin dudas, ésta es una obra desafiante y estimulante por sus yuxtaposiciones y transformaciones rítmicas. La regularidad de las voces individuales define por secciones enteras los tempi simultáneos, lo que pudo ser percibido claramente bajo las precisas indicaciones del director. Fue particularmente notable el desempeño de las secciones de vientos y percusión.
El cierre fue de la mano de Berio, con su magnífica Sinfonía para orquesta y ocho voces. El ensamble argentino Nonsense entró en escena, bajo un efusivo aplauso de reconocimiento por su trayectoria, para interpretar con enorme musicalidad y pericia las secciones recitadas y cantadas, y los sonidos no convencionales. La atemporalidad de esta obra no surge sólo de las citas de las que el compositor echó mano para realizar su collage, tanto en el texto como en las melodías, sino por la excelente y sutil factura de su partitura en cuanto a instrumentación y material temático. El amalgamamiento de las voces amplificadas y la orquesta se ponía en jaque cuando la dinámica escalaba al forte, cuando se evidenciaban el paneo de las voces y el teclado solapando la tarea de los cantantes.
El cenit de la calidad en la interpretación fue el tercer movimiento, en el que el concertino tuvo un desempeño impecable. La tarea de los intérpretes y el director estuvo a la altura de esta obra, que ya es un bastión de la música del siglo XX.
No queda más que quitarse el sombrero ante el director y decir, como bien se expresa en el texto al final del tercer movimiento de Berio, "thank you, Mr. Tito Ceccherini".
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