Sobre lo que el viento lleva y trae
Un poco de alquimia, otro de cambios de ánimo, dramatismo y caballos
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Nada como un día de invierno para detenerse un rato en el viento, esa masa de aire en movimiento y vinculado con la poesía de la libertad y sinónimo del cambio perpetuo. Incómodo huésped de los climas fríos, está considerado un elemento universal de la alquimia. Magos de todos los colores conjuran y desafían al viento, que también es celebrado por los autores más melancólicos.
Las antiguas y enigmáticas kenningar de la literatura islandesa hablan del viento desde el año 100 de nuestra era. Jorge Luis Borges, en su Historia de la eternidad, cuenta: "Esas metáforas fueron revitalizadas por Snorri Sturluson, arqueólogo, historiador y poeta, hasta que fue decapitado en 1241. Fue quien devela las claves de estas kenningar: el viento es el hermano del fuego. También menciona que donde se lee viento de guerra es necesario interpretar ataque".
En otras latitudes, el viento siempre es tema de conversación. Se dice que el Foehn, considerado el viento de los brujos, tiene su origen en las altas cumbres de los Alpes. Su presencia provoca en la gente cambios de actitud e incrementa la tendencia hacia la depresión. Hay efectos similares cuando sopla el siroco, bien conocido en toda la zona del Mediterráneo. En California, Estados Unidos, le atribuyen también el cambio de ánimo de los nativos a los vientos de Santa Ana. Mientras que los lugareños de las montañas Rocosas culpan al ulular del chinook que, asegura su folklore, incide en el equilibrio anímico de las personas que lo experimentan. En el sur de Francia, llaman al viento enloquecedor vent d´Espagne. En Chile y en la Argentina, mientras tanto, es sabido sobre el poder del zonda y la sensación que trae consigo el pampero.
Los estudiosos del viento, que los hay, se animan a considerar al khamsin como el más cruel de todos: suele soplar y resoplar durante más de 40 días en casi toda la extensión que ocupa Egipto. Afirmó el filósofo y psicoanalista francés Gaston Bachelard que oírlo es más dramático que verlo. Directo y preciso, Victor Hugo lo define como una víbora.
Un escritor de libros de viajes y aventuras, Marcel Griaule, además antropólogo y etnólogo, en su obra Juegos y diversiones abisinios comenta que en la actual Etiopía está prohibido silbar de noche porque "así se atrae a las serpientes y a los demonios". Y el poeta William Blake define el viento como "un balido, ladrido, mugido, rugido. Son olas que azotan la ribera del cielo".
Por su parte, el francés Jacques Collin de Plancy asegura que cuando Dios se decidió a crear el caballo, llamó al viento del mediodía y le dijo: Quiero sacar de tu seno un nuevo ser, condénsate y despójate de tu fluidez. Y fue obedecido. Entonces tomó un puñado de aire en movimiento... y apareció el caballo. Otro poeta, Saint Pol Roux, escribió que el alma que lo ama se anima, además, a los cuatro vientos del cielo. Para muchos soñadores, los cuatro puntos cardinales son sobre todo las cuatro patrias de los grandes vientos.
Basta jugar con un abanico, como manifiesta el profesor universitario alemán Willy Hellpach en su libro Geopsique , para reconocer la suma delicadeza de ese sentido frontal que la vida ordinaria olvida. Todas las grandes fuerzas del universo suscitan formas de valor.
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