
A 20 años de la muerte del icono del jazz, le rendimos su merecido tributo
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"Es eso lo que la música de Stan Getz nos permite contemplar: la crueldad fatídica que yace envuelta en el profundo bosque de nuestras almas", Haruki Murakami.
La descripción de una sensación universal carece de sentido absoluto; no existe necesidad de comentar lo evidentemente conocido, la consecuencia inevitable de una causa perfecta. Incluso prescindiendo de la experiencia, todos sabemos, intuimos, el dolor, el ardor, hasta el olor generado por un puñal clavándose profundo en la carne: el color violáceo de la sangre que brota cálida y marca la paradoja innegable de que sólo podemos percatarnos de su fluidez vital en los episodios que originan la muerte. No somos asesinos, no tenemos que serlo. Hay imágenes que nos trascienden. Vívidas, poderosas, preexisten; su independencia las hace perennes. No tenemos que ser asesinos como tampoco, ubicándonos en las antípodas de nuestra psicopatología, tenemos que ser expertos, siquiera melómanos aficionados para saber con certeza cuáles son las impresiones que se despliegan del sutil roce de una nota proveniente del saxo de Stan Getz en nuestros tímpanos. La eternidad de un sonido capaz de movilizarnos de manera violenta en la más extrema calma. Un sonido, El Sonido, que invita a la introspección, que obliga a girar los ojos para adentro -esa contemplación brutal arriba citada- y reflexionar, entregándonos, a un tiempo, a la forma más apetecida de la sociabilidad (cada uno sabrá personalizar los componentes más o menos snobs o trillados del cuadro cortazariano, woodyallenesco o como prefieran concebir al imaginario popularizado del jazz: una habitación en penumbras, una copa de vino, el humo de un cigarro que se consume solo, una expresión de placer altivo, los párpados cerrados...). Cuando escuchamos a Stan Getz somos mejores personas.
Intacto. Pasaron exactamente 20 años de la muerte de uno de los más grandes saxos tenores de la historia, de uno de los revolucionarios del jazz: aquel que supo dominar con delicadeza cada matiz de la suntuosa expresividad de un instrumento mágico y enérgico. Este espacio es ínfimo para detallar la inmensidad de su obra; desde sus comienzos en los años cuarenta, sus trabajos junto a leyendas como Woody Herman, Miles Davis, Dizzy Gillespie, Bill Evans, Chet Baker, Gerry Mulligan, Ella Fitzgerald; su revitalización del género con el inmenso Jazz Samba (junto a Charlie Byrd) y los posteriores trabajos de fusión con la bossa y el Getz/Gilberto como la condensación máxima. Getz, el cool jazz pacífico –valga la redundancia-, y sus incursiones en aquellos ritmos latinos, Getz esencial para recordarlo así, absorbiendo su sonido inmortal.
Bueno, Hot Tracks también es esto:






