
George Clooney, Matt Damon, Jeffrey Wright
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Guerra naftera
Un drama sin concesiones sobre los entretelones de la corrupción del petróleo: la adicción de fondo del poder global.
George Clooney tiene su propia opinión sobre Syriana, la papa caliente que produjo y en la que actúa en el papel de Bob Barnes, un agente de la CIA atrapado en los tentáculos tóxicos de Big Oil: "Nos va a meter en muchos problemas". Ojalá que sí. ¿Para qué arrojar una granada política en el cine si uno no busca carbonizar la tierra? Syriana, escrita y dirigida en un brote de provocación por Stephen Gaghan, empieza con la velocidad arrasadora de un thriller, la fuerza del relato periodístico crudo y el golpe emocional de un drama que le pone un rostro humano a las estadísticas tétricas. La corrupción global del petróleo caló hondo en nuestras vidas, desde el contubernio de intereses de la Casa Blanca y de las empresas en el Golfo Pérsico hasta el apriete financiero que todos sentimos al cargar nafta. Sin dar ninguna lección tediosa de civismo, este film beligerante es incendiario. Y nadie se salva. Uno lo ve con la sensación alborozada de que una película puede marcar una diferencia.
La primera sorpresa es Clooney. De barba e inflado por los catorce kilos que subió para protagonizar a Barnes, nos ofrece un soldado que usó y fue usado en la guerra de la CIA contra el terrorismo en Oriente Medio. Estamos frente a un hombre que lucha para que su hijo vaya a la universidad y que puede ordenar el asesinato del príncipe Nasir (el soberbio Alexander Siddig) por favorecer a China y no a los Estados Unidos en un acuerdo petrolero, presenciar torturas donde le arrancan las uñas a ex agentes y, al mismo tiempo, asombrarse cuando la firma lo hace pasar por un pelele. Es la mejor actuación de Clooney hasta la fecha: hipnótica, hechizante y devastadora.
See No Evil, las memorias escritas por el ex funcionario de la CIA Robert Baer en 2002, sirve como punto de partida del film. Como lo hizo en su guión de Traffic, galardonado con un Oscar –la exposición del narcotráfico con toques de documental a cargo del director Steven Soderbergh que Syriana viene a emular–, Gaghan arma una trama de historias interconectadas. La actuación de Matt Damon en el papel del analista energético Bryan Woodman, dispuesto a utilizar la muerte accidental de su hijo en la casa del príncipe Nasir para rédito propio, es un latigazo. Para el abogado de Washington Bennett Holiday (el brillante Jeffrey Wright), el éxito significa ayudar a su jefe (Christopher Plummer, con una arrogancia aristócrata en su punto justo) a concretar una fusión entre dos compañías petroleras de Texas, la gigantesca Connex y la más pequeña Killen, dirigida por Jimmy Pope (Chris Cooper).
Gaghan combina un guión potente con imágenes que desgarran el corazón, como la de una madrassa en la que un trabajador inmigrante paquistaní (Mazhar Munir) –tanto él como su padre son despedidos por Connex después del acuerdo de Nasir con los chinos– es adoctrinado persuasivamente en el fundamentalismo islámico. Syriana es una pieza compleja que exige atención, se niega a congraciar y constantemente tira bolas con efecto (cuando Barnes trata de encontrar su centro moral y Holiday pierde el suyo). Es el tipo de películas que Hollywood sentenció a muerte. La clase de filmes que importan.




